El semidesnudo señor de la ventana

[Por Carlos Alvahuante*]

Se quitó la corbata. Con la otra mano abrió la puerta del edificio. En las escaleras rumbo al primer piso se desabotonó la camisa. En el segundo piso dejó el cinturón como cáscara de serpiente entre los escalones. Para cuando llegó a su departamento, ubicado en el cuarto piso, ya no traía zapatos ni calcetines. Tampoco pantalones. Semidesnudo, entró en el departamento y cerró la puerta tras de sí.

En la recámara, abrió el clóset y comenzó a descolgar los trajes. Los fue apilando sobre su antebrazo izquierdo con todo y ganchos, tal como los iba sacando. Luego se dirigió hacia la ventana de la sala, aquella que daba hacia la calle. La abrió con algunos esfuerzos y miró hacia abajo. El primer traje que voló fue de color azul. Le siguió uno gris: el saco se desprendió del gancho en una de las piruetas, por lo que planeó con mayor libertad hasta caer sobre el puesto de periódicos de la esquina. Los trajes, de todos colores, se sucedieron en un desfile aéreo. Algunos peatones se detuvieron y echaron un vistazo hacia arriba, hacia la ventana desde donde un hombre, semidesnudo, les sonreía.

Lo siguiente que lanzó fue un sillón de color verde. La gente que estaba en la banqueta alcanzó a correr justo a tiempo. Unos cuantos automóviles frenaron. Los conductores asomaron la cabeza y levantaron las miradas: el hombre los saludó desde la ventana del cuarto piso con un movimiento alegre de la mano derecha. A continuación voló un horno de microondas, que cayó sobre el toldo de un vehículo compacto. Volaron también algunas enciclopedias: uno de los volúmenes rebotó sobre la cabeza de un perro.

Ilustración gentileza de Carolina Esparragoza

A estas alturas, la actividad peatonal se había detenido del todo. Las personas formaron un grupo compacto a una distancia prudente del edificio. No dejaban de señalar hacia arriba. Hubo quienes manifestaron su sorpresa con chiflidos y con gritos que apelaban a la semidesnuda madre del semidesnudo señor de la ventana.

La caída del refrigerador causó un verdadero escándalo entre los automovilistas. Aunque no fue nada comparado con el caos vial que generó el sofá verde de tres piezas. Fue necesaria la intervención de la policía.

Las sillas de madera del comedor se despedazaron al estrellarse contra el pavimento. El semidesnudo señor de la ventana realmente batalló con la lavadora. Cuando por fin consiguió darle el último empujón, ésta rompió la ventana y parte de la cornisa del vecino del segundo piso. Volaron trastes, volaron discos compactos, volaron cuadros y tazas. Voló el colchón y el equipo de sonido, así como la computadora y el portafolios.

El semidesnudo señor de la ventana, exhausto, se sentó en el piso de su ahora semidesnudo departamento sin prestarle atención a los aporreos y los gritos que se escuchaban del otro lado de la puerta de entrada. Echó una mirada a su alrededor y descubrió una flauta dulce bajo el lugar donde había estado el sofá verde todos estos años. Se estiró para tomarla. Le quitó el polvo y sopló a través de ella. Con ayuda de los dedos extrajo algunas notas. “Mar-ti-ni-llo-Mar-ti-ni-llo.” Sonrió al darse cuenta de que aún recordaba esa pieza. “¿Dón-de-es-tás-dón-de-es-tás?” Siempre había querido ser músico, y ahora parecía un buen momento para empezar.

*Carlos Alvahuante (1978) Hermosillo, Sonora, ha vivido gran parte de su vida en la Ciudad de México. Estudió el Diplomado en Creación Literaria en la Escuela de Escritores de la SOGEM y es licenciado en Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM. Ha escrito entre otros trabajos La ciénaga de los sueños, Toluca, Consejo Editorial de la Administración Pública Estatal, 2010; y participó en El abismo, asomos al terror hecho en México, Ediciones SM, 2012; y es un reconocido guionista, autor de 10:15 (Diez y Cuarto).

 

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