Ribeyro: un escritor que se fumaba sus libros

Flipbook 

Celina Salvatierra

Elegí el flipbook que ilustró durante un tiempo la idea de lo que pretendía ser  Narrativas Digitales  porque el personaje empuña un cigarro. Y no lo hace para amagar, lo enciende, lo fuma, exhala, y continúa, (como en todo flipbook interesante).

Sé que hace un día o dos fue el día del aire libre de tabaco. Lo sé.

Sé que en nuestros países unas de las decisiones más concensuadas /a pesar de los fumadores/ ha sido prohibir el cigarro en lugares cerrados. Como si no supieran que basta la prohibición para que se propague como un virus el incentivo (detrás, como fondo, las poco sutiles campañas). Por otro lado, el tabaco encierra en sí un placer, casi irremplazable,  el que muy bien señala y describe Ribeyro, un escritor peruano certeramente recomendado por la ensayista Vivian Abenshushan, un escritor que literalmente se fuma sus libros.

Ribeyro dice, que fumando, en tertulia, soñaba con ser escritor. Díganme si no es bonito, aunque siempre ocurra que, como cuando estamos fumando, alguien dice que hay que cuidar la salud (sin aclarar que debemos poner el mismo cuidado a la salud mental –que también debe ser alimentada con placeres–). En fin, llegué por medio de la recomendación ya mencionada y  a la asistencia de una amiga y periodista peruana a este ensayo, cuyas frases más célebres comparto a continuación, aunque la idea es que lo descarguen y se lo bajen de la entrada en Narrativas, porque seguro que les gustan otras afirmaciones distintas  a las seleccionadas por esta humilde fumadora.

Ribeyro dice:

[“Fumaba no solo cuando preparaba un examen sino cuando veía una película, cuando jugaba ajedrez, cuando abordaba a una guapa, cuando me paseaba solo por el malecón, cuando tenía un problema, cuando lo resolvía. Mis días estaban así recorridos por un tren de cigarrillos, que iba sucesivamente encendiendo y apagando y que tenían cada cual su propia significación y su propio valor.

Los escritores, por lo general, han sido y son grandes fumadores. Pero es curioso que no hayan escrito libros sobre el vicio del cigarrillo, como sí han escrito sobre el juego, la droga o el alcohol. ¿Dónde están el Dostoiewsky, el De Quincey o el Malcolm Lowry del cigarrillo? La primera referencia literaria al tabaco que conozco data del siglo XVII y figura en el Don Juan de Moliere. La obra arranca con esta frase: “Diga lo que diga Aristóteles y toda la filosofía, no hay nada comparable al tabaco… 

Los grandes novelistas del siglo XIX -Balzac, Dickens, Tolstoi- ignoraron por completo el problema del tabaquismo y ninguno de sus cientos de personajes, por lo que recuerdo, tuvieron algo que ver con el cigarrillo. Para encontrar referencias literarias a este vicio hay que llegar al siglo XX. En La montaña mágica, Thomas Mann pone en labios de su héroe, Hans Castorp, estas palabras: “No comprendo cómo se puede vivir sin fumar…Cuando me despierto me alegra saber que podré fumar durante el día y cuando como tengo el mismo presentimiento. Sí, puedo decir que como para fumar (…)

André Gide, que también murió octogenario y fumando: “Escribir es para mí un acto complementario al placer de fumar

Ocurrió que un día no pude ya comprar ni cigarrillos franceses -y en consecuencia leer mis cartas-, y tuve que cometer un acto vil: vender mis libros. Eran apenas doscientos o algo así, pero eran los que más quería, aquellos que arrastraba durante años por países, trenes y pensiones y que habían sobrevivido a todos los avatares de mi vida vagabunda. Yo había ido dejando por todo sitio abrigos, paraguas, zapatos y relojes, pero de estos libros nunca había querido desprenderme. Sus páginas anotadas, subrayadas o manchadas conservaban las huellas de mi aprendizaje literario y, en cierta forma, de mi itinerario espiritual. Todo consistió en comenzar. Un día me dije: “Este Valéry vale quizás un cartón de rubios americanos”, en lo que me equivoqué, pues el bouquiniste que lo aceptó me pagó apenas con qué comprar un par de cajetillas. Luego me deshice de mis Balzac, que se convertían automáticamente en sendos paquetes de Lucky. Mis poetas surrealistas me decepcionaron, pues no daban más que para un Players británico. Un Ciro Alegría dedicado, en el que puse muchas esperanzas, fue solo recibido porque le añadí de paso el teatro de Chejov. A Flaubert lo fui soltando a poquitos, lo que me permitió fumar durante una semana los primitivos Gauloises. Pero mi peor humillación fue cuando me animé a vender lo último que me quedaba: diez ejemplares de mi libro Los gallinazos sin plumas, que un buen amigo había tenido el coraje de editar en Lima. Cuando el librero vio la tosca edición en español, y de autor desconocido, estuvo a punto de tirármela por la cabeza. “Aquí no recibimos esto. Vaya a Gilbert, donde compran libros al peso”. Fue lo que hice. Volví al hotel con un paquete de Gitanes. Sentado en mi cama encendí un pitillo y quedé mirando mi estante vacío. Mis libros se habían hecho literalmente humo (…)

(…) Por estadísticas sabía que la profesión más adicta al tabaco era la de periodista. Y lo verifiqué, pues las salas de redacción, a cualquier hora del día o de la noche, eran espaciosos antros donde decenas de hombres tecleaban desesperadamente en sus máquinas de escribir, chupando sin descanso puros, pipas y pitillos de todas las marcas, en medio de una espesa bruma nicotínica, al punto que me pregunté si estaban reunidos allí para redactar las noticias o más bien para fumar”].

En lo que a mi respecta a quien escribe este post, la cuestión del tabaco adopta ribetes creativos: ya planté mis semilladas donadas por una amiga que fuma en chala (léase la hoja del choclo/elote/maíz) y las riego cada día y las miro, y las miro, y las imagino saliéndose de la tierra con forma de un verde fenomenal, saludando al sol de esta primavera mexicana, y dandome de sus bondades para fumar a gusto y más sano. También pensé en la opción de una pipa árabe de agua, que es mucho más interesante que estos paquetes con fotos horrorosas como oráculos de mal gusto.

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*Julio Ramón Ribeyro Zúñiga

(Lima, 1929 – 1994) Escritor peruano, figura destacada de la llamada Generación del 50 y uno de los mejores cuentistas de la literatura hispanoamericana del siglo XX.

Realizó sus estudios escolares en el Colegio Champagnat de Lima, para posteriormente ingresar a la Universidad Católica del Perú (1946), donde siguió estudios de Letras y Derecho. Abandonó los estudios jurídicos en 1952, cuando se encontraba en el último año de la carrera, al recibir una beca para estudiar periodismo en Madrid, adonde se trasladó en noviembre del mismo año.

En julio de 1953, y después de ganar un concurso de cuentos convocado por el Instituto de Cultura Hispánica, viajó a París para preparar una tesis sobre literatura francesa en la Universidad La Sorbona, pero de nuevo decidió abandonar los estudios y permanecer en Europa realizando trabajos eventuales, y alternando su estancia en Francia con breves temporadas en Alemania (1955-56, 1957-58) y Bélgica (1957).

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