Grandeza Boliviana y las posibilidades de transformación

Por Guido Gallardo*

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Cuando Washington Cucurto fue observado por la academia, su inclusión como objeto de estudio crítico-literario significó saldar una cuenta pendiente con la literatura periférica y un poco más “descuidada”. Saldar errores cometidos con los textos de Roberto Arlt y su reconocimiento tardío. Significó la posibilidad de visibilizar las expresiones poco convencionales del Jimmy Button de la literatura argentina. Despegarse de una imagen ombliguista y demostrar interés social hacia textos que hablan sobre la “negrada”, los inmigrantes, la villa y el lenguaje de la calle.

Sin embargo, la escritura de Cucurto –hoy, lejos de la obnubilación de la novedad-, desde la perspectiva de las representaciones sociales que construye y propone en sus textos, evidencia una clausura que impide la posibilidad de transformación. El personaje de Santiago Vega, por ejemplo, de El rey de la cumbia, es constituido desde cierta quietud, la repetición propia de una escena que se sucede interminablemente. No hay posibilidad de pensar la posibilidad en la vida de Vega, eso se demuestra en el itinerario de desplazamiento del personaje: Carrefour – casa – bailanta. Este se encuentra cooptado por la rutina, enjaulado y listo para ser exhibido ante la academia que impresionada ingresa a la bailanta sin necesidad de levantarse del sillón ni romper la cuarta pared.

Por el contrario, la propuesta de Bruno Morales en Grandeza Boliviana escapa de toda tentativa de aprehensión. Los desplazamientos de los inmigrantes bolivianos nos invitan a pensar en la posibilidad de cambio y de búsqueda permanente de la oportunidad.

Bruno Morales es el nombre con el que el argentino Sergio Di Nucci publicó Bolivia Construcciones (2006) y Grandeza Boliviana (2010). Dos textos que proponen una lectura (re)constructiva desde la misma suposición de que la identidad, y la boliviana en ambas oportunidades, es un estado permanente de composición.

Grandeza Boliviana, novela compuesta por noventa y seis  capítulos (96) –ninguno se extiende más de una hoja- trata acerca de los migrantes bolivianos en Buenos Aires, su colectividad, su vida en convivencia permanente con otros migrantes y las actuaciones individuales.

El texto de Morales, independientemente de la polémica que trajo consigo la acusación de plagio, la retirada de su premio La Nación-Sudamericana en el 2006 y la controversia por la posibilidad del derecho de réplica negada por los mismos medios que lo dieron como ganador; nos presenta una historia que enlaza distintas voces que directa e indirectamente nos cuentan el día a día de los inmigrantes bolivianos que llegan a la Argentina metropolitana.

Marcos, Quispe y el narrador, personajes centrales de Grandeza…, se constituyen como seres complejos que no se definen por tomar cerveza y chicha, por la música que escuchan, por los trabajos de albañilería que realizan, o por su relación con la mujer boliviana o con la argentina. La (re)construcción, no de su identidad boliviano-argentina colectiva que podría pensarse como un producto que reúne lo que hermana y lo que diferencia, sino de su actuación individual en tanto boliviano en Buenos Aires, se manifiesta en tanto los mismos personajes se presentan como seres actuantes que se saben y se piensan desde su singularidad. Dice el narrador: “Quispe me había explicado que el hombre piensa mejor, de modo más claro y profundo, cuando camina solo. Porque es más vulnerable, porque está desnudo.” (24). De esta manera, se rompe con aquel prejuicio de los inmigrantes movilizándose en masa, como nos muestra Cucurto, en rebaño, anestesiado por el alcohol y la bailanta. Además de afirmar la existencia del pensamiento reflexivo y filosófico en estos, capacidad que parece no existir en El rey de la cumbia.

Los personajes por los que transita la novela de Morales son seres prejuicios y prejuiciados, que escapan del hábitat ‘natural’ del Once desde donde se los muestra en El rey de la cumbia y de la bailanta como ambiente cultural, para habitar territorios como el parque Indoamericano donde se desarrolla la celebración por el día del Ekeko.

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Es el capítulo 10 el que nos relata el acontecimiento que festeja al dios de la abundancia, la fecundidad y la alegría, e inicia con una estrategia de apropiación recurrente en la literatura: el reconocimiento de lo nuevo por comparación con lo conocido. Así dice: “Solo en Potosí pude ver tantas paisanas y paisanos festejando el día del Ekeko como ese día en el parque que llaman “Indoamericano”.” (26) En esta oportunidad, la comparación se realiza para resaltar un aspecto positivo respecto a la festividad. Tanto así, que la continuación son enumeraciones descriptivas del sitio: puestos, comidas, euros, pesos, dólares, olores, espectáculos, etc. Parece que el homenajeado cumple con sus dotes.

Durante los siete capítulos en los que se extiende este episodio, Marcos, Quispe y el narrador presentan diferentes situaciones tragicómicas que sirven para exponer indirectamente críticas acerca de injusticias padecidas por los migrantes bolivianos, algunas de ellas son: la de una periodista (de un diario al que le recomiendan a Quispe no nombrar porque puede darle problemas) que llora porque la enviaron a cubrir ese evento. Otra es la falta de interés de un encargado de seguridad que se encuentran en la fiesta, ante una pelea. Este hecho está narrado a partir de una anécdota en la que Antonin, un cruceño que oficia de seguridad, se enfrentó a un tigre y cómo esa situación es de mayor relevancia que separar a dos collas que riñen. Luego, para demostrar su fuerza y autoridad, intenta dar por finalizado el entuerto; sin embargo, entre la multitud es golpeado y derribado, regresa a su sitio, se sienta y comenta: “-Estos cristianos no me dan miedo. Por mí, que se maten entre ellos.” (30) Una tercera que podemos mencionar es la situación de la obra que comienza con la presentación de unos payasos a los que ninguno reconoce como tales (se los confunden con promotores de Western Unión por los mamelucos amarillos que visten). Los actores, unos universitarios presentados como el futuro del país, se arrojan naranjas en un intento de número de acrobacia y, como no consiguen la atención de los presentes, suspenden e inician el número principal. Dice el narrador: “La obra era larga. Los actores hacían gestos, hablaban alto y repetían dos veces cada cosa que decían.” (32) En este, el capítulo 12 de la novela, se manifiesta la subestimación de los actores quienes ignoran que la atención y el silencio sacro que requieren del público no lo obtienen porque su representación es aburrida y para nada comprensible, y no porque “-Estos bolivianos están tan explotados que no pueden seguir el número de acrobacia.” (31).

Sergio Di Nucci

Como vemos, en ambos textos se manifiestan dos posturas opuestas acerca de la visión de la migración que nos ofrece la literatura argentina. Una, fetiche de intelectuales que suponen cubrir su cuota social porque leen un relato sobre la bailanta, ese espacio que enjaula y exhibe a sus especies autóctonas congelando sus vidas en una instantánea de antropología; y la otra, antecedida por la polémica, se propone demostrar, a partir del desplazamiento de los personajes por distintos territorios, que la vida de los inmigrantes latinoamericanos en nuestro país está complejizada por las distintas situaciones y actuaciones que estos mismos, en tanto sujetos individuales, deciden cometer.

Washington Cucurto se inscribió en la literatura argentina como la novedad mal hablada y mal escrita. Un flautista cumbiero que atrajo la mirada del público morboso al campo literario. Bruno Morales, en cambio, lo hace desde el trabajo mismo de la escritura, ofreciendo una manera de erigir la lectura sin atajos ni simplificaciones.

Grandeza Boliviana mantiene la construcción de la identidad de los sujetos latinoamericanos como una cuestión inconclusa, inclausurable; escapa de la mensurabilidad (del territorio, del cuerpo, de la identidad) que se proyectó como necesaria para la constitución del ser nacional y regional, tal como no las contó Facundo o la venezolana Doña Bárbara, y que se sostiene como una postura conservadora que da confianza y organiza el ‘caos’ con el que se concibe la diferencia.

El texto de Morales evidencia la posibilidad del ser constante, escapando de la obligatoriedad del deber ser con que la literatura y la academia tratan al inmigrante, al desplazado. Morales reivindica su escritura construida de voces e intertextualidad, de diálogos latinoamericanos que deconstruyen los relatos cristalizados que intentan explicar y encauzar a la diversidad.

Bibliografía

Cucurto, Washington. El rey de la cumbia. Disponible en: eloisacartonera.com.ar

Morales, Bruno. Grandeza Boliviana. – 1ª. Ed . – Buenos Aires: Eterna Cadencia Editora, 2010.

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*Guido Gallardo es auxiliar de la Cátedra Medotología de la Investigación Literaria en la carrera de Letras en la UNPSJB, y se desempeña como docente de nivel medio en Comodoro Rivadavia, Patagonia.

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