Lejos del centro

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Por Celina Salvatierra

@CelinaSalvatie

 

“Sé fiel hasta la muerte”.

El perseguidor.

A lo único a lo que parece serle fiel es a su trompeta, pero está sin ella. Sentado en el lobby de un hotel de la ciudad, esta ciudad perdida en el medio del mapa del sur, Roberto Fats Fernández, trompetista, 76 años, mítico y muy porteño, todavía se deja llevar por las invitaciones como ésta, que equivalen a pasar algunos días lejos de las comodidades de Buenos Aires, pero también recalca que es algo que le resulta cada vez más difícil de hacer. Lo dice desde un sólido mal genio que todavía no empieza a manifestarse en escena, pero que va brotando en cada respuesta: contesta con sujeto y predicado, marca con un punto final al borde de cada frase para que quien hace las consultas interprete, para que me vaya antes de que llegue el café que espera. Pero no llega. Entonces insisto -quizá lo único que quiero saber- es qué hace el Fats Fernández, uno de los mejores músicos de jazz argentinos, tocando a sus 76 a 1800 kilómetros de su casa, –con este frío y con viaje de por medio–tal como me lo ha hecho figurar él mismo.

-Se dio la oportunidad. Invitaron de El Club de la Música CR (Comodoro Rivadavia)- dice, como espantando sin ademán: acá estoy con Pablo Raposo- (punto).

Saludo al pianista y también a Romina Fuchs, vocalista, y finalmente agradezco y me voy.

Antes me habrá dicho que no tocará standars, que habrá más que eso, pero no adelantará mucho: no comentará, por ejemplo, que en el recorrido preparado estará Grisel, por lo que el tango de Mores llegará de sorpresa también para mí. Y la anécdota es que el Fats, antes y después, se habrá peleado con todo lo que se mueve y más, en un acto de queja constante contra los que no saben en cuerpo y alma quién es este músico gigante que viste de negro y que más que ninguna otra cosa espera frasear; como si con la modulación del canto de la trompeta espantara demonios.

Se enojará entonces con todo el que diga desde el micrófono, al presentarlo, que “tocó con Palito Ortega”. Pedirá que se deje de decir aquello y después dará marcha atrás recordando que fue decladado ciudadano ilustre del barrio que lo vio nacer: La Boca. No informará, en cambio, que tocó con Roy Eldridge, Lionel Hampton, Paquito D’Rivera, Osvaldo Fattoruso y el “Gato” Barbieri, entre otros ilustres. No explicará tampoco que espera silencio del otro lado, aunque lo exigirá en algún momento, como también pedirá los merecidos aplausos para Raposo y Fuchs. Aquellos premios recibidos en su carrera no serán enumerados, ni el detalle de la participación de Dizzy Gillespie en uno de sus discos. Eso, lo no dicho, florará en el aire del reducido salón del hotel en el que está tocando el Fats. Este músico singular, será sólo fiel a lo que pareciera serle fiel, y para eso seguirá pidiendo aplausos o silencios hasta obtener el mood necesario para frasear en trompeta. Ante esto, toda explicación del resultado logrado, a pesar de las notas cortas, corre el riesgo de parecer irreal.

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***

En la clínica que dictó en el Museo Ferroportuario por la tarde del mismo día había ido con mejor humor, al parecer, queriendo compartir su experiencia con aprendices y admiradores que le hicieron preguntas tales cómo “¿A qué edad empezó a tocar Ud?. ¿Cuál trompeta me recomienda comprar? ¿Cómo se mejora el sonido?¿Con cuál ojo es con el que no ve?”- Y otros detalles de sí mismo, y de la ejecución de ese instrumento de viento, a veces característico por su estridencia, pero completamente amansado aquí por el oído y afinación todavía perfecta del Fats Fernández.

-¿Qué es el hombre?- habrá preguntado en un momento inicial cuando recomendaba tocar con la trompeta mirando hacia arriba y no hacia abajo, para arrancarle mejores sonidos.

-Un animal de costumbres-se habrá respondido, recordando que un trompetista debe acordarse de cumplir con un sólo propósito: el de hacer sonar “este fierro” con tres botones, lo mejor posible. También comentará sobre Winton Marsalis y sus costumbres, así como quien habla de un amigo cercano. Después llegará en el mismo tono imperativo una sentencia contundente: el blues es lo mejor de la expresión del jazz, y le aclarará a un niño -de padre emocionado hasta las lágrimas- que, “la guitarra es un buen instrumento, pero si todo el mundo se va a dedicar a tocar la guitarra, nadie tocaría la trompeta, y a la trompeta hay que tocarla”.

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Por la noche, el fierro cantaría su primera balada: “My melancolic baby”, seguiría con “Anoche soñé un imposible” y marcaría un antes y un después con la balada de la Milonga del ángel. Después de todos esos parafraseos, quedará librado de culpa y cargo, y todos nos volveremos sus ratones de Hamelín. Después de todo, a un músico, sólo debemos pedirle música. O mejor dicho, un músico puede serlo o perderlo todo, pero lo crucial es para él sostener, en este caso, la trompeta y de ese modo sostenerse a sí mismo. Entonces, misión cumplida. El juego consistirá en alcanzar eso que sólo se siente cuando “él es la boca y yo la oreja”, como habria dicho el crítico de jazz creado por Cortázar.

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Celina Salvatierra. Es coeditora responsable en ND.  Cursa el doctorado en Comunicación en la UNLP. Es magister de Planificación y Gestión de Procesos Comunicacionales por la misma universidad argentina y es periodista digital, con capacitación del Centro de Formación en Periodismo Digital (CFPD), México. Tiene un diplomado en Escritura Creativa otorgado por la Universidad del Claustro de Sor Juana (UCSJ), y uno de sus ensayos libres aparecerán en  la Antología de Narrativa 1 (en prensa), del Programa de Escritura Creativa de la UCSJ. México, 2013.

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