Kafka comprendería

Por Celina Salvatierra

I. Escribir es sufrir.

La primera lección: buscar silencio. La segunda: leer. Leer. Leer. La tercera, escuchar, encontrar una historia. Cuarta: pensar en cómo escribirla. Cinco: escribirla. (Sin que importe nada más).

Esas son las premisas de mi experiencia con la escritura.

El hombre es chaparro. Petiso en argentino. Osea, no alto. Se acerca a la mesa en la que tomo café, se le notan unos cuantos años, y una seriedad inmutable. Estamos en el lobby de un hotel –uno de los más lujosos de mi pueblo–, lleva una boina como con la que sale en las fotos que he visto. Es él.

Le digo que yo soy la periodista que envió el diario. Me mira de refilón, me inspecciona. Con cara de resignado (tengo algo más de veinte años, es mi primera nota periodística, mi primera entrevista, mi primera charla con un escritor famoso –que luego irá firmada–y la primera vez en la vida que no me acuerdo nada de nada de todo lo que leí la noche anterior y planifiqué preguntarle).

Opto por algo que sé que le preguntaron ya otras cien veces.

–¿Porqué se convirtió en escritor?—

Él contesta. “En mi casa, siempre se leyó de todo. Era de esperarse que yo, habiendo crecido en esa casa, escribiera”. Continúa lento, como dictando un párrafo que leí tal cual en algún otro lado.

Cuando terminamos de hablar, Andrés Rivera, uno de los mejores escritores argentinos crítico de la historia, autor de “El Farmer” y entre otros de “La revolución es un sueño eterno”, se despide no sin antes preguntar si creo que me vayan a publicar la historia.

Le digo: yo creo que sí. (Y me quedo pensando… porque no hay otro periodista que como a mi hayan pedido que se especializada en cultura una tarde antes, ni nadie más que quisiera soportar leer tres o cuatro libros en una noche y no dormir).

Todavía queda la escritura.

Andrés Rivera se despide aliviado, por no tener que oír más mis preguntas trilladas, mi tono dubitativo de estudiante de licenciatura, las preguntas menos interesantes como aquella que nunca fallaba ¿es su primera vez en Comodoro?.

Leer. Leer y leer. Y no olvidarse jamás de lo aprendido.

Hay quienes afirman que a escribir se aprende leyendo. Yo digo, que sí, pero más que nada a escribir se aprende sufriendo. La escritura, una experiencia.


II. El viaje: escribir.

Después de leer, encontrar la historia, pensar cómo escribirla, sucede que a la nota periodística número tres mil el mecanismo corre el peligro de formar un cayo insalubre.

Escribiendo como rutina desarrollamos algo así como una joroba que nos afea y nos vuelve menos interesantes. Ahora que he vuelto y he visto que se puede escribir durante décadas sin arriesgar demasiado el corazón, me doy cuenta del secreto: lo más difícil en el camino de quien escribe es aprender que no sabe, luego quizá saber que sabe, y después dedicar décadas en olvidarse de todo hasta desaparecer para ser un texto, el texto, todos los textos.

La escritura es más que todo eso, pero tal vez, sea necesario anotarlo en algún lado, porque el mundo está lleno de maestros, llenos de certezas, que se olvidan del ardor y de la emoción que genera una duda, una intriga, la necesidad de desentrañarlo todo, de descubrir siempre.

Quizá en eso consista contar de otro modo.

Y otro modo de aprender a mirar, por ejemplo, son los viajes. Con los viajes una nace y se muere un poco. Con los viajes, una corre algún que otro riesgo hasta que lo alcanza y se convierte en una historia.

Con los viajes una aprende a verse en retrospectiva y no entiende porqué los amigos, la familia y todos juntos o separados la quieren más a una cuando dejan de verla seguido. Con un viaje largo, que, de regreso dura nueve horas hasta Buenos Aires y otras 10 de espera para hacer dos más a la Patagonia, con todas esas horas una aprende, que quizá es cierto que se fue un poquito lejos.

No obstante eso, yo nunca he sentido que me fui tanto. Hago viajes todos los días a mi pueblo, o mejor dicho a lo que se dice de él en los textos. Leo en México sobre los Suicidas del fin del mundo, busco en páginas de fotografía tomas del faro más austral del planeta y me emociono con sus amaneceres.

Con los viajes, una aprende que nunca se va del todo, y que nunca terminará de regresar. Dicho en palabras de Molloy: “el mío es el lugar del que vuelve a su país y siente que pertenece y a la vez no pertenece porque, esencialmente, el haberse ido lo pone, para siempre, en otra parte”.

Ante todo; vale decir que nada justifica postergar un viaje: ni siquiera el hecho de acercarse peligrosamente a la posibilidad de perderlo todo. Porque es mejor que así sea la vida. Lo contrario al movimiento no es ganancia. El riesgo, implica siempre la posibilidad de encontrar mejores historias, y de vivir la vida sólo para aprender a contarlas.

 

III. La invención de la no-ficción.

Dos se besan pero el mundo no nace. Alguien besa pero no ocurre nada. Vos y yo nos besamos en el sueño noche tras noche pero la verdad, la realidad, es otra.

Mi boca no es mía en el sueño pero sí en la escritura. Cuando despierto se pone en mi contra, me traiciona, mientras me narro a mi misma otra historia que me delata: cómo es eso de dejar atrás un océano, miles de kilómetros de pampa gris y desértica, de la metrópoli bellísima que se llama Buenos Aires para volar por sobre Cuba, y pisar tu calle, todo para encontrarte y para que no ocurra nada.

Mientras, en el sueño todo lo opuesto. Bien que fuera lo que dice el poeta: “cuando la mano inició
 el movimiento,
uno tiene la conciencia fugaz
 del mal que está por cometer. 
La ropa caerá,
el vino será derramado, 
el corazón sangrará para siempre.
 Pero uno no puede detener el movimiento”[1].

Escribir. Un acto que se inicia cuando soy testigo de un gesto. Escribir. Un acto que se inicia sin que haya un gesto. Escribir, un acto que se inicia y crea y que pone a dos a besarse para que el mundo nazca.

Escribir. Entonces, Bolaño.

“Kafka comprendía que los viajes, el sexo y los libros son caminos que no llevan a ninguna parte, y que sin embargo son caminos por los que hay que internarse y perderse para volverse a encontrar o para encontrar algo, lo que sea, un libro, un gesto, un objeto perdido, para encontrar cualquier cosa, tal vez un método, con suerte: lo nuevo, lo que siempre ha estado allí”[2].

Lo que siempre ha estado.  La escritura como necesidad. El acto de creación en el que yo me busco.


[1] “Los deseos irreprimibles”. Christian Aliaga, periodista, poeta.

[2] Literatura + Enfermedad = Enfermedad. El gaucho insufrible. Roberto Bolaño.

Anuncios