Oncofilia (cuento)

*Gabriela  Torres Olivares

HABÍA UNA VEZ UN CÁNCER Y, aunque muchas veces hubo muchos y siguen habiendo muchos y seguirán más, es necesario mencionar que éste era especial. Además de dientes, cabello y uñas, tenía un hueco al centro. Un espacio donde se guardan las moléculas del recuerdo. Estamos, entonces, hablando de un cáncer con memoria.

Sin la capacidad del lenguaje pero cavilante, inventó un sistema de significados y significantes a través de palpitaciones e irrigación sanguínea. Muy parecido al morse; mas entre emisor/receptor existía algo distinto de la comunicación lineal. Digamos que el mensaje yuxtapuesto en sensaciones era el de una relación amorosa. Ramificaciones metastaseadas demostraban su presencia por medio de apretujones. Ramas como brazos de pulpo rosa sanguinolento decían te amo en abracitos. La víctima respondía con jadeos de dolor genuino. Entonces quimioterapia. Flebitis: venas henchidas de químicos anticariño. Violencia al cuerpo. Campo de batalla donde el terreno no es otra cosa que un físico enfermo. Cesio 147 se dio por vencido pues radioterapia no era la solución. Estábamos, pues, frente a un tumor maligno. Uno que desconocía el daño; que aprendió́ el amor por medio de la piel. Un parásito igual de prescindible como el resto de parásitos en la humanidad. Así unos meses. Así despertar las madrugadas duermevela en la punzada. El estómago sufriendo la invasión del enemigo que de armas lleva extensión de sí. Multiplicación. Magnificencia amatoria. Cuando la otredad no responde al amor, simbiosis no existe. Lógica independencia. La idealización es un estado que en la sanidad mental sólo dura dos meses. Y este presupuesto platónico es exclusivo de los humanos. Los cánceres no saben leer a los griegos. No saben de espejos. Ni de ramos de flores. Ni aniversarios. Ni besos. Ni palabras al oído. Ni lugares comunes en la poesía. Los cánceres no leen poesía. Ni te pisan al bailar porque los cánceres tampoco saben bailar. Sólo crean coreografías arrítmicas entre vísceras para aumentar su volumen. Ensayan pasos de palpitaciones. Los cánceres preocupan y no se preocupan. Más al desahuciado. Al que en un piso de hospital se duele a gritos por un amor que no quiere. Sin embargo, cáncer es el amante leal que nunca traspasa las fronteras de la piel. No tiene ojos para alguien más fuera de nosotros. Porque tampoco tiene ojos. Ni boca. Ni orificios nasales. A veces —miméticamente— desarrollan sobras humanas: pelo, dientes, uñas. Igual que nuestro cáncer en cuestión. Pero nunca, ninguno, había tenido un hueco para albergar memoria. Una memoria que, podemos asegurarlo, tenía mayor retención que la de los peces. En lenguaje binario, hablamos de una memoria de dos gigas. Y con la memoria causal, el efecto del recuerdo. Y la historia es puro recuerdo. Así que este cáncer ahora es historia.

No es gracias a la quimioterapia. La connotación de historia no es pertinente en este discurso. Digo historia refiriéndome a la historia, su historia. No a la eutanasia de un cuasi ser por el bien de otro ser. Es historia porque esta es una historia de amor. Y si no la has entendido y si la moral y el inconsciente colectivo y la tradición y que si la cultura: falso. Si no la has entendido abandona la sintaxis de esta imagen que un iq inferior nunca llegará a comprender. Pero sigues. Prosigo: se cuestionaba el porqué de los ataques terroristas con una fórmula química rebajada en suero; algunas veces a cuentagotas, otras directamente en la vena radial o alguna otra vena que no botara la jeringa. Líquido mezclado con sangre impidiendo que el cortejo siguiera su curso; impidiendo amor y él pidiendo amor. Enajenado no sabía que la evolución de un cáncer no es convertirse en humano o golem. Un cáncer lleva la extinción en su significado. Ya su extinción o la extinción del que habita. Así que se preguntaba cómo aquella a la que amaba hacía lo imposible por retirar los tentáculos dolorosos de su estómago. Cada torrente medicinal mermaba sus ánimos y, aunque no veía, sentía la disminución de su masa pero no de su amor. Sí, amaba a ese cuerpo que lo alimentó día con día aun los ataques. Su hueco de memoria no alcanzaba la comprensión. Porque debe­­­mos tener en cuenta que el estadio de enamoramiento tampoco comprende ni nos convierte en grandes pensadores. Y aunque él no pensaba, amaba. Y el mismo platonismo señala que: no el objeto amado sino el que ama es el amor: subjetivismo: sí: lo que sea.

La noche en que le comunicaron del metastaseo lloró como nunca. Como lloran los que se enteran que el tumor está tan abrazado a las partes, tan asido, que si se retira, la mutilación de los órganos es el siguiente paso. Se dispuso a la muerte igual a un largo e inevitable trago de leche podrida. Y, aunque había esperanzas pues faltaban meses enteros para el posible deceso, mandó llamar a un sacerdote. Es intraducible la sensación de saberse un muerto que camina, la despedida, la nostalgia regresiva aunada al dolor esto- macal cada que el amor se materializa. Las confesiones. La penitencia de padresnuestros y avesmarías que quizá nunca se llegarían a pagar porque tiempo es algo de lo que los desahuciados carecen. Más llanto. Reclamos. La depresión humana está inscrita en los cromosomas: ¿cómo alguien pretende la felicidad absoluta a sabiendas que lo que te conforma, lo que te dieron, algún día ya no estará? Pero esto no es depresión. Los premuertos no tienden a ese lujo. Esto es dolor genuino. Sólo amor y muerte llevan el don. Y cuando ambos están convirtiéndose en uno solo, el anfitrión puede descifrar el universo. Por eso los suicidios de los enamorados, en conjunto (y aunque suene a oximorón), son el punto máximo de la sublimación de la vida; llevan muerte y amor en un solo acto. La existencia es este punto que de tan pequeño ni con microscopio. Ella estaba en la antesala de este punto.

Él, desde su casa estomacal, asido a esófago y epiplón causa peritonitis. No es la primera vez pero es la primera vez que es intensísimo. Intencionado. Intuición es el inicio de la sapiencia. E intuye la próxima separación. Es el marido que busca recuperar el matrimonio por bien de los hijos (oncógenos). No sabe que esto es amor porque no conoce el concepto. No sabe que quizá esto sea costumbre o comodidad porque tampoco sabe qué es la costumbre y qué la comodidad. Pero ha de suponer que no costumbre y no comodidad es quimioterapia. El resto es el resto. Y sus restos, en algún nivel primitivo de la información se enteraron del desamor abruptamente.

Angustia comenzó a secarlo. A veces los porqués en grietas pues sin habla la expresión se busca. Menos de una semana: ruptura. Cuando la memoria: sentimientos. Sentimientos no son sensaciones; unos mentales las otras más eróticas. De una soberbia masa rosada fue disminuyéndose a una mucosa blancuzca. Era un cuerpo que a rappel cae de las piedras: sin arnés. Interrupción. Extinción. No químicos sino tristeza. La medicina habría atacado también a los órganos que, sin explicación, estaban intactos. Si es imposible traducir la sensación de un premuerto, igual de imposible parece la trascripción del desamor: gritar saudade con la boca llena de canicas. El premuerto anhela vida; el desamado, muerte. Antónima relación de significancias. Un cuerpecito que a juzgar médico parecía maligno pero a juzgar nuestro era benigno. De haber mutado a hombre sería un buen ser humano. Uno que acaricia nucas cuando la tristeza, hace hot cakes los domingos por la mañana, no tira basura en las calles y la separa en orgánica e inorgánica, mira el Discovery Channel con un rostro lleno de ternura, revierte anatemas con su sonrisa y nos despierta en cumpleaños con las mañanitas. Uno que cocina lasagna vegetariana aunque no haya ricotta en el supermercado, que desanuda las bolsas de plástico en vez de romperlas y limpia la casa tarareando una canción de la infancia. Ese habría sido nuestro ser humano. Pero en cambio era un cáncer gástrico. Un maligno tumor gástrico que no se detiene a pesar de la irritación intestinal. Porque esa es su naturaleza. Preferible ser un excelente limosnero que un pésimo padre de familia. Y él sólo estaba siendo un buen tumor maligno.

Cuando amor se entera de que es prescindible algo muere y nace el miedo. Los desamados patean una lata por las calles, se embriagan y balbucean canciones. Imposible respirar de tanto moco. Pero ¿cómo alguien que no sabe cantar ni beber ni patear latas por las calles, llega a superarlo? Olvidándose. Sólo una cosa no hay. Es el olvido. Desmembramiento. Des- prendimiento. Fragmentaria nimiedad. Él quiso ser olvido pues el olvido no existe. Y comenzó a cerrar ese hueco de memoria. Ella alza comisuras ante la noticia del doctor: es un milagro: fueron las oraciones: la quimioterapia es un método avanzado: en estos casos lo mejor es actuar a tiempo y parece que lo hicimos: el cabello crece. El abandono de la cama y el catéter. Nunca extrañar lo que no se conoció. Nunca saber que las historias de amor a veces nacen por exceso de amonio en la cerveza. La inexistencia existe cuando se nombra.

Moléculas de recuerdo se dispersaron entre las vísceras para buscar la salida de emergencia que son los poros. El amor no se crea ni se destruye. Sudor la remembranza: Sólo una cosa no hay. Es el olvido.

En una servilleta del Vips mientras las risas celebran salud, la humedad salitrosa irá directo al bote de basura. Junto a otras servilletas de las que alguien más escribirá algún día.

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*Gabriela Torres Olivares (Monterrey, Nuevo León, 1982). Escritora y docente. Estudió la licenciatura en Letras Hispánicas en la Universidad Autónoma de Nuevo León, México. Ha publicado los libros de cuentos Están Muertos (Harakiri Plaquettes, 2003), Incompletario (Ediciones Intempestivas, 2007) y Enfermario (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2010). Su trabajo de ficción y ensayo ha sido publicado en diversas revistas y periódicos, entre los que destacan, Ángel del Reforma (periódico Reforma, Cd. México), Periódico El Norte (Monterrey, Nuevo León), Playboy (México), Picnic (México), Literal Magazine(US-MEX). Actualmente vive y trabaja en Tijuana. Su blog es http://lachicacenicero.blogspot.mx/

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