Funes o la futilidad del lenguaje

 

      Por Eduardo Bibiloni*

egbibiloni@gmail.com

 

 

 

Podría haber sido “Funes, el perspicaz”. O “Funes, el que ve y oye agudamente”, con un epíteto al modo homérico.

Como no fue ese el título de Borges, sino “Funes, el memorioso”, corremos el riesgo de olvidar que, luego del accidente “su percepción y su memoria eran infalibles”. Su percepción y su memoria. Ambas.

 Antes del accidente era “un ciego, un sordo, un abombado, un desmemoriado”. No sólo desmemoriado, sino también ciego, sordo, abombado había sido.

            “Diez y nueve años había vivido como quien sueña: miraba sin ver, oía sin oír, se olvidaba de todo, de casi todo”. Sueño es el nombre que aquí se le da al modo del conocimiento de cualquiera de nosotros. Sólo lo de Funes es, propiamente, ver y oir, despierto. Sólo lo suyo es verdadera vigilia.

            “Al caer perdió el conocimiento; cuando lo recobró, el presente era casi intolerable de tan rico y tan nítido”. El presente. Por cierto, “también las memorias más antiguas y más triviales”. La puntualización en las memorias “triviales” vuelve a recordarnos, más allá de la persistencia del saber sobre el pasado, su minuciosidad, su detalle.

            Algún ejemplo insiste en la percepción, más que en la memoria: “Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra”. “Una circunferencia en un pizarrón, un triángulo rectángulo, un rombo, son formas que podemos intuir plenamente; lo mismo le pasaba a Ireneo con las aborrascadas crines de un potro, con una punta de ganado en una cuchilla, con el fuego cambiante y con la innumerable ceniza, con las muchas caras de un muerto en un largo velorio. No sé cuantas estrellas veía en el cielo”. Lo complejo y lo múltiple es para él como lo simple para nosotros. No es sólo visión, por otra parte. “Cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etc”.

            A la percepción y, no sólo a la memoria, se refiere este pasaje: “Su propia cara en el espejo, sus propias manos, lo sorprendían cada vez. Refiere Swift que el emperador de Lilliput discernía el movimiento del minutero; Funes discernía continuamente los tranquilos avances de la corrupción, de las caries, de la fatiga. Notaba los progresos de la muerte, de la humedad. Era el solitario y lúcido espectador de un mundo multiforme, instantáneo e intolerablemente preciso”.

            Es claro, pues, que Funes no es solamente uno que recuerda. Es también uno que ve y oye, que percibe, que siente. Y que no “nosotros”, sino él, Funes, es quien lo hace bien. Que ve más y que ve mejor.

            El exacerbamiento de estas dos facultades de la mente, de estas dos potencias del alma, tal como se las ha llamado clásicamente, la percepción y la memoria, las de Funes, mejores que las nuestras, nos proponen una serie de problemas en torno de viejas conocidas categorías de la metafísica, de la ontología, del conocimiento: la realidad, el pensamiento. También, en torno del lenguaje. Dejemos aquellas y tomemos esta última.

            Está claro que para quien percibe y recuerda las cosas como lo hace Funes, el lenguaje queda en entredicho. Sólo para simplificar el problema y poder plantearlo usemos una vieja palabra: nominalismo. Funes es una metáfora de esta actitud ante el lenguaje (una actitud, digo, más que una corriente filosófica). Tratemos de decir cuál es esa actitud.

            El nominalista, ante el lenguaje, es, básicamente, un suspicaz. Alguno llega a un grado mayor, tal vez, y es un descreído. Esa fundamental actitud de sospecha se combina a veces con la creencia de que otras formas de conocimiento nos dan mejor lo real, más directamente, los sentidos, la experiencia. Como Funes.

            Un primer momento de esta actitud se enfrenta con los sustantivos abstractos. Contra ellos, fundamentalmente, se esgrime primero, amenazante, la famosa navaja atribuida a Ockham. No multipliquen los entes. No lo hagan más allá de lo necesario, concede, admitiendo tal vez que es imposible no hacerlo totalmente. Lo que existe son los hombres, no la humanidad. Los individuos. El problema está en las especies y los géneros. No hay enfermedades, hay enfermos, me decía un médico cierta vez, sin saber, posiblemente que, junto con una saludable postura terapéutica, estaba profesando fe nominalista. Los escolásticos del siglo XIV se sentían sin duda abrumados por la proliferación de distinciones hipostasiadas. La hora de la hojarasca le llega, tarde o temprano a toda teoría, a toda  filosofía, y, consiguientemente, también, el tiempo de la poda.

            Seguramente no ignoraba Ockham que la desconfianza, una vez surgida, no puede sujetarse tan fácilmente y que, en su siguiente paso deberá alcanzar no sólo a los nombres abstractos sino a todo nombre común. Bien leída, la Summa Logica, lo implica. Esta conciencia es lo que podemos identificar como segundo momento de la actitud nominalista. Con toda claridad la expresa Nietzche en un opúsculo de 1873 llamado Sobre verdad y mentira en un sentido extramoral, a las puertas mismas del giro lingüístico: “Todo concepto se forma igualando lo no-igual. Del mismo modo que es cierto que una hoja nunca es totalmente igual a otra, asimismo es cierto que el concepto hoja se ha formado al abandonar de manera arbitraria esas diferencias individuales, al olvidar las notas distintivas”. La intuición resuena en el cuento de Borges: “pensar es olvidar diferencias”; olvidar: lo que Funes no podía hacer…

            Y por eso tal vez es que éste va más allá aun en su desconfianza: “No sólo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y quince (visto de frente). Estamos en el tercer momento del nominalismo: ya la inadecuación del lenguaje no se sigue de su incapacidad para nombrar individuos; se trata ahora de que no puede cifrar los momentos de individuos, sus estadios momentáneos. El mundo de Funes no sólo se halla fragmentado en entidades individuales, sino, más dramáticamente aun, en fracciones temporales de individuos, cada una de las cuales, para ser reflejada en el lenguaje, debería recibir un nombre.

            Por esa misma razón es que el lenguaje imposible que postuló Locke, constituido sólo por nombres propios, es decir nombres de individuos, nomen unius como decían los latinos, también era desechado por Funes, “por parecerle demasiado general, demasiado ambiguo”.

            Esta visión que va más allá de los individuos, y que por eso ahora desconfía del lenguaje, y que, desecha no ya solamente el uso de los nombres abstractos y comunes, sino, incluso, el de los nombres propios, podría ser reconocida como un tercer momento de la actitud nominalista.

            La fragmentación del individuo en momentos de individuo, en tajadas temporales de individuo, reaparece en otros pasajes borgianos. Así es, por ejemplo, muy significativamente, en Tlön, Uqbar, Orbis Tertius:  “El mundo para ellos nos es un concurso de objetos en el espacio; es una serie heterogénea de actos independientes. Es sucesivo, temporal, no espacial”. Consecuentemente, “no hay sustantivos en la conjetural Ursprache de Tlön”. Hay, sí, verbos; verbos impersonales. En el lenguaje de Tlön no hay un término para un objeto luna, sino un verbo. Hay aditamentos del verbo con  valor adverbial. A propósito, precisamente de un acontecimiento lunar, el narrador nos da un ejemplo de la lengua de Tlön, sus imposibles traducciones al español y al inglés  y a la inefable lengua de Xul Solar. Estas transcripciones revelan que la espacialidad no puede anularse del todo (la relación locativa entre el acontecimiento de la luna y el del río de algún modo debe semantizarse); que tampoco la sustancialidad es del todo reductible (en la traducción inglesa hay una nominalización deverbal). También puede apreciarse que la adjetividad reclama sus derechos en la concepción Tlön (el río se piensa como un “duradero fluir”), aunque el adjetivo elegido, en este caso, refuerza el rasgo de la permanencia en el tiempo, que es una de las bases cognitivas y filosóficas de la nominalidad. El adjetivo es, precisamente, a diferencia de lo que ocurre en el hemisferio austral de Tlön, la “célula primordial” de la Ursprache del hemisferio boreal. Se trata además de un adjetivo monosilábico, lo cual tiende a sugerir, por imposibilidad de composición, la semiotización de una impresión perceptiva directa. En esta lengua “el sustantivo se forma por acumulación de adjetivos. No se dice luna: se dice aéreo-claro sobre oscuro-redondo o anaranjado-tenue-del cielo o cualquier otra agregación.” Las propiedades que caracterizan a los entes, como puede verse, ni siquiera es constante y dependerán del momento. “El hecho de que nadie crea en la realidad de los sustantivos, hace, paradójicamente, que sea interminable su número”. Como queda claro, la desconfianza de los habitantes de Tlön, al igual que la de la actitud nominalista, no se cierne sobre adjetivos y verbos, es decir sobre los términos de la impresión y de lo momentáneo; es, fundamentalmente, una desconfianza respecto de la sustantividad. Es, dicho en términos conexos, la desconfianza de la categoría aristotélica de la sustancia, que la modernidad no ha cesado de criticar en diversas oportunidades. Como el de Tlön, “el vertiginoso mundo de Funes” es un mundo huidizo y fluyente.

            Curiosamente, pero sin duda no casualmente, encontramos una similar visión del cosmos y del lenguaje en un teórico de la física contemporánea, David Bohm en su libro La Totalidad y el Orden Implicado, de 1980. “No sólo está todo cambiando, sino que todo es flujo. Es decir, lo que existe es el proceso mismo de llegar a ser, mientras que todos los objetos, acontecimientos, entidades, condiciones, estructuras, etcétera, son formas que pueden abstraerse de este proceso”[1]. Por cierto que también Bohm intenta introducir modificaciones en el lenguaje a fin de ajustarlo a esta concepción de mundo. De su voluntarioso intento rescatemos dos pasajes que recuerdan a Tlön: en el uso común o científico del lenguaje “la cuestión de la adecuación o no adecuación se está discutiendo con una estructura del lenguaje en la cual los nombres se consideran básicos”[2]. Como contrapartida, el nuevo modo del lenguaje que propone, al que llama reomodo (por la raíz rheo del verbo griego que significa fluir) construirá sus sustantivos, y también sus adjetivos, a partir de raíces verbales. Así también, en el lenguaje corriente pueden aparece nuevas palabras: en el reomodo, en cambio, “se ha comenzado a ir más lejos, y a tratar la formación de las palabras de un modo que no es esencialmente diferente de la formación de expresiones, frases, oraciones, períodos, etcétera. Así se ha abandonado la actitud atomística hacia las palabras”[3]. El de la física de nuestros días es también, como el de Funes, un vertiginoso mundo.

Ilustraciones http://www.flickr.com/photos/puruka/

            Resumamos otra vez. Tenemos, hasta este momento, los siguientes grados de la actitud nominalista: en el primero se cuestiona a los nombres generales y abstractos; en el segundo, la sospecha llega a los nombres comunes. En ambos casos la razón es la misma: tanto los nombres generales, como los comunes no recogen la realidad de los individuos, que son los que verdaderamente existen. En el tercer grado, también los individuos nos aparecen rotos, quebrados, en momentos de individuo. Y los nombres, aun los nombres propios, hechos para expresar la individualidad irrepetible, aparecen como demasiado generales y ambiguos.

            Pero hay más aun.

            La abrumadora pluralidad no procede sólo del mundo y sus objetos: “Funes no sólo recordaba cada hoja de cada árbol, sino cada una de las veces que la había percibido o imaginado”. También la mente multiplica los objetos, en la memoria y en la imaginación. El sujeto tiene también su parte en la fragmentación de los entes, y en la consiguiente inadecuación de los nombres.

            La introducción del principio de la perspectiva del sujeto, que aparece en el texto en la imagen del perro, según que ha sido visto de frente o de perfil, es más explícitamente asumida aun en otro relato, El Aleph. “Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo”.

            El asunto recuerda la meditación de Merleau-Ponty en el comienzo de su Fenomenología de la percepción: “veo la casa vecina bajo cierto ángulo; se la vería de otra manera desde la orilla derecha del Sena, de otra manera desde el interior, de otra manera todavía desde un avión; la casa misma no es ninguna de estas apariciones, es, como decía Leibniz, el geometral de estas perspectivas y de todas las perspectivas posibles, es decir, el término sin perspectiva de donde se las puede derivar a todas, es la casa vista desde ninguna parte.” Desde ninguna parte… que es lo mismo que desde todas partes. Funes está tullido; no es, pues, ni un sujeto ni un punto de vista móvil; su visión está circunscripta a “su pobre arrabal sudamericano”. Aun así los objetos de ese mundo son demasiados y los multiplican, encima, el tiempo, la imaginación, la memoria. Por eso es que nadie, ni en Babilonia, Londres o Nueva York “ha sentido el calor y la presión de una realidad tan infatigable como la que día y noche convergía sobre el infeliz Ireneo”.

            Nadie puede lanzarse a estas especulaciones sin caer en paradojas. Todas ellas, posiblemente, se remiten a una: quien quiera decir su desconfianza del lenguaje debe hacerlo usando el lenguaje. En Tlön abominan de los nombres, pero no de los verbos ni de las partículas adverbiales (en el hemisferio austral) ni de los adjetivos (en el boreal). La deconstrucción del lenguaje bien podría extenderse a ellos: ¿no deberían acaso emplearse verbos diferentes para el fluir de un río y el del aire? ¿El movimiento hacia arriba de la luna y el de un pájaro pueden decirse con un mismo vocablo? ¿No es diferente, y sorprendente, cada atardecer, el ascenso de la luna en el cielo? ¿Su color anaranjado no es único cada vez? ¿No justificaría todo ello que empleáramos también cada vez nuevas denominaciones? Pero eso es lo mismo que tener un léxico infinito, que es lo mismo que no tener un léxico… Quedaría la sintaxis… La Sintaxis: ¡un arte combinatoria sin unidades que combinar! Si los filósofos de Tlön llegaran a estos extremos, les estaría simplemente vedado el lenguaje. El final congruente de la desconfianza del lenguaje debería ser el silencio. ¡No llegan hasta allí porque también dejarían de ser filósofos!

            Funes es más coherente y el lenguaje parece ser, en su caso, una resignada y cortés concesión a su interlocutor. Seguramente sabe lo que sugiere la cita – no casualmente aludida- de la Naturalis Historia, que nada puede ser dicho más de una vez con las mismas palabras. Dice o sugiere el narrador, en varios pasajes del relato, que esta incompatibilidad de Funes con el lenguaje (con los lenguajes: también el de las matemáticas) es incapacidad de pensar. Cabría volver sobre el asunto y tratar de mostrar que lo que tú, abombado lector, y yo, no menos abombado, llamamos pensamiento no era imposible para Funes. Era, simplemente, innecesario.

 


[1]Bohm, David. La Totalidad y el Orden Implicado, Barcelona, Kairós, 1987; p. 80.

[2] Idem, p. 62

*Eduardo Bibiloni es profesor de Gramática y Lingüística en la UNPSJB en la Patagonia Argentina. Se ha desempeñado en cargos de gestión, Secretario Académico de la Universidad y Decano de la Facultad de Humanidades. Además de los temas de su especialidad, ha hecho estudios sobre mapuzungun y se interesa actualmente en temas de Lingüística y Filosofía. Su blog es http://commentatortexti.blogspot.com.ar/

 

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Un comentario en “Funes o la futilidad del lenguaje

  1. Excelente reflexión sobre Funes. Me encanta hablarle a mis alumnos sobre este cuento y los límites del lenguaje.

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