El autor en el espejo: la busca de Averroes

 

“Ce qu`on ne peut pas dire, il ne

 faut surtout pas le taire, mais          

l´écrire”.

Jacques Derrida

“La literatura es una institución humana

consagrada al juego de las perplejidades, tanto a

 suscitarlas como a abolirlas en un vaivén de placer

y de vértigo propio del homo loquens, productor,

intérprete, víctima de textos”.

Graciela Reyes

Por Sandra Milani*

           A estas alturas parece ocioso proclamar  que la literatura se ha liberado del yugo de la expresión, ha dejado de vincularse con aquello que llamamos la realidad, por lo menos en su pretensión de expresión o  de fiel reflejo mimético. El discurso literario contemporáneo se curva, se pliega sobre sí mismo en un juego de transgresiones que opera en sus propios límites, que acepta las mismas reglas que luego infringe, desplegando su ser fantasmal. Es ausencia, desdoblamiento, simulacro que no deja de señalarse a sí mismo. El relato borgeano es, qué duda cabe, paradigmático respecto de estas cuestiones: textos dentro de textos, lenguaje que habla del lenguaje, escritura que se exhibe a sí misma en su  desnudez, pero no obstante tan abarcador que termina por teñir el mundo.

          La busca de Averroes parece afirmarse en una premisa: la mirada humana está configurada culturalmente. Sólo es posible percibir, y por ende cifrar en lenguaje, aquello que nuestra cultura nos permite ver. El resto desaparece de nuestro campo de visión. La escena de los niños jugando a interpretar el ritual religioso es tan significativa como la narración de Abulcásim. Averroes no puede ver allí una representación teatral, como Borges narrador no puede ver a Averroes. Estos objetos les son vedados por los límites impuestos por sus culturas respectivas, enfrentadas en esa dicotomía ancestral que encarnan Oriente y Occidente.

          Ahora bien, en el plano de la fábula ambos autores se encuentran abocados a la tarea de traducir textos. Traducir, recordemos proviene del latín trans-dúcere que significa llevar más allá. Ambos intentan vanamente resignificar, resemantizar, llevar  más allá, al terreno de su propia cultura, de su lenguaje, la palabra escrita en otros ámbitos, en otros tiempos, en otros contextos. Los dos fracasan. El lenguaje es una dimensión de la cultura que designa, recorta, clasifica aquello que está dentro de sus propios límites. Todo conocimiento será, por tanto, inevitablemente relativo. La busca de Averroes sería entonces, en apariencia, el relato de una imposibilidad, la de llevar más allá el lenguaje, la de reconciliar dos mundos, la de, en definitiva, permitirse la palabra como operación de fe, como promesa.

          Sostengo, sin embargo, que Borges sortea esta imposibilidad. Escapa del corset impuesto por la cultura que lo constriñe por el camino de la ficción y del lenguaje. El relato tematiza la derrota, la imposibilidad de traducir el mundo, y al tematizarla, al llevarla al dominio de la ficción, le da vida, crea un objeto nuevo con lenguaje, con un lenguaje a mitad de camino entre dos mundos que se pretenden irreconciliables. “Estamos hablando en un ilustre dialecto del latín, y ello también es un episodio de la nostalgia, de ese comercio amoroso y a veces belicoso del Oriente y del Occidente,” reflexiona Borges en un ensayo sobre Las mil y una noches[1].

          Por otra parte la raíz de la voz ficción, fig, da en latín palabras como fingo: moldear, hacer un modelo. Entiendo ficción entonces como modelación o configuración de un objeto nuevo hecho con la materia del lenguaje cuya presencia agrega cosas al mundo. Derrida sostiene, además, que los términos fábula y fantasma tienen, en griego, rasgos en común: no conciernen ni a lo verdadero ni a lo falso, ni a lo veraz ni a lo falaz; se emparentan más bien con una especie irreductible del simulacro o la virtualidad.

          Borges propone, entonces, frente a la imposibilidad de la traducción, la creación de un objeto virtual  donde se espesa y toma forma la ausencia.

          Esta operación se patentiza en la estructura del relato mediante  un complejo juego especular. Para analizarlo me serviré de un concepto acuñado por André Gide y sobre el que Lucien Dällenbach teoriza denominado mise en abyme. Dällenbach plantea la siguiente definición: “Es mise en abyme todo espejo interno que refleja el conjunto del relato por reduplicación simple, compleja o capciosa…. todo signo que tiene por referente un aspecto pertinente y continuo del relato ( ya sea de la ficción, del texto, del código narrativo o de la enunciación), que signifique en el nivel de la diégesis el grado de analogía entre signo y referente, dando lugar a diversos tipos de duplicación”[2]. Como vemos, el concepto se vincula con la noción de espejo, de reflexividad, de duplicación. Un espejo, aclarémoslo, no es necesariamente una copia fiel: puede deformar, distorsionar, empañar, multiplicar hasta el infinito o borrar el objeto que contiene.

          La busca de Averroes presenta, por lo menos, dos tipos de mise en abyme que no hacen sino confirmar el planteo del comienzo.

          El primer tipo se corresponde con lo que Dällenbach denomina mise en abyme del texto y opera desde los márgenes de la escritura, desde los elementos paratextuales: el título, el epílogo del libro, la posdata.

         El título encierra y adelanta una primera duplicación. La busca de Averroes, puede entenderse en dos sentidos: 1. Como aquello que busca Averroes. 2. Como Averroes buscado por alguien. Esta mise en abyme textual es confirmada en el nivel de la diégesis, por la segunda parte del relato, en términos de Barrenechea, segunda ficción o ficción externa. Allí, Borges, la voz autorial, “busca” a Averroes que busca, a su vez, a Aristóteles por el camino de la letra escrita. Aclaremos además que el término busca en lugar de búsqueda es utilizado usualmente en el dominio de la escribanía y de los archivos. Ambos buscan  su objeto, y no lo encuentran, entre textos escritos, fragmentos, traducciones de traducciones.

          Segunda duplicación. En la primera ficción o ficción interna, Averroes escribe el undécimo capítulo de su libro Destrucción de la Destrucción. Borges, a su vez, escribe un relato que va a destruir. Como el emperador de Las murallas y los libros, destruye el texto ante nuestros ojos, elimina el final y nos deja sin salida, perdidos dentro un  relato que se niega a sí mismo. Un dato curioso es que en el epílogo de El Aleph (libro en el que se incluye el cuento que leemos), Borges enuncia escrupulosamente el asunto de cada uno de los relatos que contiene el libro, pero no menciona La busca de Averroes. Una posdata en este epílogo anuncia que cuatro textos han sido incluidos en 1954. Borges menciona sólo tres. Lo incluye en la cifra pero borra el comentario. Sabemos por omisión, por tachadura que se trata de La busca de Averroes. Pero sólo podemos recuperar su ausencia. La destrucción del texto está tematizada en los márgenes de los márgenes de su escritura. El epílogo es otro espejo ciego, una mise en abyme del texto que refleja el vacío, que revela la ausencia.

          El segundo tipo de mise en abyme que me interesa destacar opera en el plano de la historia y muestra la repetición especular de otra ausencia, de otra desaparición: la del autor.

          El relato presenta una sucesión de autores en el acto de rescribir o de traducir un texto. La sucesión no se limita a tres  (Borges, Averroes, Aristóteles), sino que entre ellos media, como entre una página y otra del libro de arena, una  lista de autores quizás infinita. Asín Palacios, Lane, Renan, el arzobispo de Canterbury, Burton, median entre Borges y Averroes; Alejandro de Afrodisia, Hunáin ibn- Ishaq, Abu- Bashar Mata, el ciego Abensida se interponen entre Averroes y Aristóteles. Borges es minucioso. Exhibe los textos consultados y los designa con el nombre del autor. Poco importa si se trata de nombres propios reales o apócrifos. Cada autor designado es un espejo más que abre un abanico de textos posibles. Apenas eso. Con un gesto de prestidigitador, Borges borra del espejo la figura del autor, refleja su ausencia….”(Averroes) se miró en un espejo de metal. No sé lo que vieron sus ojos porque ningún historiador ha descrito las formas de su cara. Sé que desapareció bruscamente, como si lo fulminara un fuego sin luz”…[3]

          No importa quien habla, dice Mallarmé. En la literatura actual, sostiene Foucault, el autor en tanto sujeto creador, exterior y anterior a la obra, ha desaparecido. Quien habla, en su soledad, en su frágil vibración, en su nada, es la palabra misma, su ser enigmático y precario. El autor, entonces, el nombre propio del autor, no es más que un elemento en el discurso, una función clasificatoria que corre por el límite de los textos, los recorta, los caracteriza, se sitúa en la ruptura misma que instaura con el modo de ser de su discurso.

“Sería falso, dice Foucault, buscar al autor tanto del lado del escritor real como del lado del locutor ficticio; la función autor se efectúa en la escisión misma, en esa división y en esa distancia”[4]. En esa ausencia, podríamos agregar. En ese espejo de metal que no refleja a Averroes. Si Averroes es una mise en abyme de Borges, también Borges desparece en el espejo.

          Una mise en abyme es, finalmente, una metáfora: en este caso, la de la escritura como espejo que no cesa de reflejarse a sí misma. Aristóteles,  reflejo último en el espejo del relato, sostiene en la Poética que … “no es tarea del poeta  informar acerca de lo que ha sucedido, sino de lo que podría haber sucedido.” La literatura no transparenta el mundo, sino que lo opaca, lo complejiza, lo enriquece. Trae al mundo otros mundos posibles, hace tangible incluso el vacío.

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*SANDRA MILANI es profesora de Letras y francés. Actualmente forma parte del equipo de cátedra de Literatura Española I de la carrera de Letras UNPSJB y es Capacitadora Nacional en la Provincia de Santa Cruz, en la Patagonia Argentina.
Lee otro texto de Sandra Milani. Aquí.

[1] Borges,J.L. “Las mil y una noches”, en Siete noches y nueve ensayos dantescos, Madrid, Ed. Alianza, 1998

[2] Dällenbach,Lucien. Le récit spéculaire. Essai sur la mise en abyme, Paris, Ed,du Seuil, 1977 (La traducción  es mía).

[3] Borges, J.L. “La busca de Averroes”, en  El Aleph, Madrid, Ed. Alianza, 1998

[4] Foucult, Michel. “¿Qué es un autor?” Traducción de Hugo Savino (S/D)

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