Literatura e identidad. El desafío de pensar las fronteras.

Por Ximena Picallo Visconti*

(Título original del texto: 

Pensar las fronteras: identidad y literatura)

 

La literatura no es sinónimo de límites, por el contrario, los mundos posibles que han brotado de ella han permitido pensar la realidad y sus representaciones conjurando al espectro de la diferencia. De sus páginas brotaron Dráculas y Frankensteins, pero también la aporía irresoluta entre Eros y Tánatos, el constante movimiento entre la fascinación y el horror que convocaba a los monstruos propios y ajenos, invocando la seducción de las sirenas o la crueldad del Cíclope; conviviendo en y con la diferencia. Sin embargo, pudo ser también el instrumento de la clasificación, del límite preciso, la frontera rayana a la exclusión.

“No hay absolutamente nada que constituya la ‘esencia’ de la literatura”[1], nos advierte Terry Eagleton; pero, a pesar de su tajante aseveración, las definiciones y limitaciones de las literaturas en términos geopolíticos perviven en nuestros discursos y se atomizan en minirelatos que tratan de saldar las deudas que las representaciones identitarias clásicas han producido. Hoy los límites de la identidad literaria se enfocan en las periferias, de manera tal que la literatura pueda ser pensada desde aquellas voces relegadas por los metarelatos modernos. Hoy la literatura pacta con nuevos espacios, establece nuevos posicionamientos: representa la fragmentación de un metarelato en crisis; y su posibilidad de intervención y transformación se da en este nuevo movimiento de definición de las identidades, ahora en términos regionales, de género, de representación sexual o étnica. Sin embargo, el conflicto perdura porque el límite perdura.

LITERATURA REGIONAL?

Hablar de una entidad identificable como literatura patagónica se torna un tema de discusión conflictivo ya que todo proceso de identificación nunca fluye “esencialmente” ni se manifiesta lineal y puro, más bien está plagado de intersticios y negociaciones en la búsqueda de significantes y significados que lo definan. Stuart Hall plantea que la identidad cultural es tanto un “devenir” como un “ser”. No es algo que ya existe sino que está sujeta a constantes transformaciones relacionadas al juego continuo de la historia, la cultura y el poder[2]. Los intentos de definir y delimitar una determinada identidad nos obliga inevitablemente a pensar en la artificiosidad de tales artilugios, que resultan ser no sólo reductivos sino también peligrosamente clasificatorios. Por eso, el intento de nombrar lo que creemos tiene particularidades comunes nos podría ubicar como productores de un discurso autoritario, aquel que bajo una superficie de “representatividad” ahogue la diversidad.

El concepto de “literatura patagónica” indudablemente crea un “hogar”, un sentido de pertenencia, nos otorga cohesión y nos ha permitido posicionarnos en un mapa literario ya trazado. Pero, no debemos dejar de atender y discutir que esta necesidad de crear espacios de pertenencia a veces se vincula con la exclusión ya que nuevamente se producen fronteras que distinguen la comunidad y lo que se encuentra al margen de ella.

Siguiendo esta línea de pensamiento, las literaturas regionales también se inscriben dentro de los principios de jerarquía y de exclusión construidos a partir de y respondiendo a un proyecto cultural específico, puede en ellas pervivir sutilmente el espectro de la autenticidad y la clasificación opresiva. Las estrategias en los nuevos recortes han sido, sin lugar a dudas, contestatarias, pero no podemos dejar de advertir que ciertos supuestos de exclusión y esencialismo podrían repetirse.

Generalmente, en el intento de construir una “identidad literaria propia” se comienza con la destrucción de las estructuras hasta el momento manejadas, pero este proceso resulta ser más complejo de lo que se cree ya que esas estructuras han sido interiorizadas por lo cual los supuestos epistemológicos perduran enmascarados en otros discursos.

Es de esta manera que una nueva tradición comienza a construirse donde el discurso ha adquirido otro sentido de pertenencia, aquella que comienza a delimitar los nuevos márgenes –en este caso regionales- desde donde la comunidad será representada. La ironía se instala cuando, y a pesar de las urgencias políticas, se reproducen mecanismos de exclusión ahora erigidos al reverso del discurso centrista.

Quizá la conformación de cualquier identidad literaria es conflictiva por “naturaleza”, disculpando el esencialismo, ya que el propio concepto de literatura ha debido repactar sus alcances conceptuales una y otra vez y negociar su representatividad “comunal” de acuerdo a las posturas teóricas que históricamente la fueron conformando.

Si bien hemos partido de la aseveración hecha por Eagleton  en torno a la no esencialidad del objeto literario y a sus posibilidades mutables, es innegable que existe una institución académica que se encarga de determinar cuáles interpretaciones están permitidas y qué obras corresponden al campo de “lo literario”. Esta institución no se construye ni legitima únicamente desde el ámbito de lo estético, ya que la institución literaria es producto, también, de una entretejido histórico, social y político del cual surge y al que, de una u otra manera, responde. Esta institución apunta a conformar un canon que se establezca como sistema y reúna la producción literaria que le permita desarrollar y legitimar los principios de jerarquía, exclusión e inclusión en términos de un proyecto  cultural. En definitiva, fija valores, crea fronteras y consolida lazos comunales.

Continuando en esta línea de pensamiento es fundamental la propuesta de André Lefevere, para quien la literatura puede ser descrita como un sistema, ubicada en el contexto de una civilización–cultura-sociedad. Este sistema no está sólo demarcado por un lenguaje o una comunidad en particular, sino también por una poética. Es decir, una colección de dispositivos disponibles en un tiempo y construidos desde y para ese tiempo. El contexto ejerce un fuerte control sobre este sistema, principalmente por sus pretensiones de “mecenazgo”. Y es en este “mecenazgo” donde se combinan los componentes ideológicos y económicos para armonizar el sistema literario con otros sistemas que le proveerán un sustento y un estatus[3]. Me refiero a los procedimientos que relacionan los procesos literarios con los intereses políticos, económicos o institucionales.

Tales procedimientos contribuyen a resolver las tensiones y ambigüedades en el entramado identitario y a establecer valores generales para todos los grupos sociales. De este modo, la literatura construida o leída con estas intenciones contribuye a construir los márgenes de una identidad representativa en términos geopolíticos y muchas veces a legitimar y hegemonizar representaciones culturales.

Entonces, la considerada “literatura patagónica”, como manifestación cultural, podría representar la ratificación de un sentido selectivo de la cultura y la historia, es decir, es una afirmación de cierta estructura y forma de la autoridad cultural. Pero, no podemos hablar de una identidad cultural y más específicamente de una identidad literaria sin reconocer las “rupturas” y “discontinuidades” que constituyen la unicidad. Esta identidad no es una esencia sino un posicionamiento y las fronteras que se establecen dentro y a partir de sus discursos deben ser continuamente reposicionadas con relación al punto de referencia en el que se ubican[4].

Entonces, definir una literatura desde fronteras nacionales o regionales es un procedimiento complejo y arbitrario. Hoy por hoy los escritores también se cuestionan si sus intereses coinciden con las llamadas alianzas o definiciones geopolíticas y, más importante aún, si pueden articularse dentro de una categoría que ya no se torna representativa de los procesos culturales, históricos y políticos en los que se hallan inmersos. La preocupación es si el término «literatura + identidad en términos regionales» no se ha vuelto obsoleto, como ha sucedido con las “literaturas nacionales”. Quizá hoy, más importante que definir quiénes y qué conforman una «literatura regional», es pensar qué esperamos de la literatura con relación a los procesos políticos en la que se haya inmersa y de los que es participe. Es decir, el juego de yuxtaposiciones, la fragmentación, los campos sociales heterogéneos, la pluralidad, la contingencia e indeterminación de las fronteras sociales, la constante innovación; en fin, al colapso de un plan maestro autoritario y burocrático que tenga como objetivo la creación de “una narración” construida para lograr el orden y la clasificación.

La literatura no está sólo provista de cualidades intrínsecas o inherentes que la definen como tal, sino que también cuenta con las diferentes formas en que la gente se relaciona con lo escrito. De esta manera, también es transitoria, variable, inestable y permeable. Significa y resignifica de acuerdo a circunstancias específicas de producción o lectura. Se escribe y reescribe negándose a la fugacidad, reteniendo a Sísifo en su eterno y aporístico significar. La definición de un término tan variable ya no se refiere, sencillamente, a un modo técnico de escribir, sino que tiene profundos nexos sociales, políticos y filosóficos. Se convierte en ideología y se transforma, también, en fuerza política. Entonces, referirnos a una literatura “patagónica” implica considerar la situación literaria como un proceso en constante redefinición, que se negocia en las prácticas cotidianas de las que somos parte. La frontera literaria, en este sentido, ya no es, aunque se piense lo contrario, un lugar desde donde las identidades y las representaciones pueden exhibirse sólidas y estables. Es, ante todo, el espacio de negociación de múltiples representaciones, el espacio desde donde pueden ser discutidas las expresiones que en uno u otro momento han sido privadas de voz por discursos excluyentes.

Si bien el canon literario occidental se construyó sobre aquellas obras pertenecientes a los considerados “padres fundadores” o más bien “genios universales” representantes de la cultura grecolatina o más simplemente del “genio europeo” tales como Homero, Dante, Miguel de Cervantes, Shakespeare o Goethe; sus obras son en realidad un mosaico irresistible de lo heterogéneo y ecléctico. Estos textos, han resultado irresistibles no por representar un estilo ejemplar, no por ser universales sino por conformarse a partir de lo híbrido. La riqueza de estos textos excedió el sentido de cohesión nacional y creó amplios campos semánticos de lectura, interpretación y representaciones. Textos que podríamos considerar han insistido en la desfronterización de la narración y que han eliminado los chauvinismos literarios[5]. Entonces, la reformulación de un campo literario representativo debe revisar también las tensiones entre el “universalismo” y los “localismos”, antaño propuestos por los discursos hegemónicos en su afán de superioridad y reproducidos por los discursos nacionales o regionales como estrategia política de oposición, pero sostenidos desde espacios de homogeneización y control.

La literatura sí constituye un discurso “universal”, entendiendo por “universal” a la posibilidad de diálogo cultural que trasciende toda frontera. Cabe pensar entonces que la literatura puede constituir el espacio elegido por nuevas generaciones de escritores para revisar e interrogar el sistema dentro del cual la identidad literaria es y fue inscripta. Preguntarse, en definitiva, por las fronteras y las definiciones ya establecidas y, como plantea Homi Bhabha, pensar un “tercer espacio”, pensar los contextos híbridos como procesos de desplazamiento de significación cultural y no como espacios a ser regulados o categorizados[6]. Espacios que irrumpen en el estereotipo occidental y se descentran de la repetición del mismo, no para pensar desde la periferia como si esta fuese un nuevo centro, más bien como la oportunidad de escapar a los binomios clasificatorios y taxonómicos propuestos por los discursos heredados para transformarlos.

Escribir en o desde la patagonia continúa sin duda siendo un acto fundacional, vital, demiurgico, pero a la vez incierto, huérfano, profundamente inestable. Situados aquí, se nos permite, entonces ingresar al mundo de las posibilidades, de la multiplicidad de sentido, de la multiplicidad de sujetos. Pero, sobre todo, abolir las certezas, habitar la incertidumbre: habitar (en) la literatura.


[1] Eagleton, Terry. Una introducción a la teoría literaria. México: Fondo de Cultura Económica, 1998: 20.
[2] Hall, Stuart. “Cultural Identity and Diaspora” en Mongia, Padmini (Ed.). Contemporary Postcolonial Theory. London and New York: Arnold, 1997, p. 112.
[3] Lefevere, André. “Interfase: Some Thoughts on the Historiography of African Literature Written in English” en Riemenschneider, Dieter (ed.) The History and Historiography of Commonwealth Literature, Tübingen: Gunter Narr Verlag, 1983: 80.
[4] Hall, Stuart. Op. Cit., 1997: 11-114.
[5] Snead, James. “European pedigrees/African contagions: nationality, narrative, and communality in Tutuola, Achebe, and Reed” en Bhabha, Homi (ed.). Nation and Narration. Londres y Nueva York: Routledge, 1990: 233-234.

[6] Bhabha, Homi. The Location of Culture. Londres: Routledge, 1994: 102-122.

*Ximena Picallo es magister en Letras por el Colegio de México. Es docente en las cátedras Metodología de investigación literaria y Epistemología de la investigación literaria en la UNPSJB, Patagonia Argentina.

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2 comentarios en “Literatura e identidad. El desafío de pensar las fronteras.

  1. me parece muy interesante el material, es más desde ing. jacobacci se llevó para el tratamiento de análisis de la transformación en nivel medio la incorporación de la literatura patagónica en el nivel. me gustaría acceder a mas material relacionado con la temática.

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