Las silenciosas cartas

 Por Diego Rodríguez Landeros*

Escribo esto en el décimo piso de un edificio que tiene diecinueve. Por razones extrañas, me pagan por cuidar este departamento. Estoy solo como un velador, lo cual me ha orillado a fantasear con un mundo sin voces humanas, una vida serena, silenciosa, sin prisa por hablar ni chismosear; un mundo en el que la comunicación oral, relegada a los muladares desesperantes del tartamudeo y lo gangoso, daría paso a la utopía de las cartas reflexivas y profundas. Pero veo por la ventana la enorme ciudad, el infatigable trajín, las incontables antenas, y pienso que mi utopía silenciosa es demasiado anacrónica para funcionar. Si en estos días la humanidad perdiera la capacidad de emitir sonidos articulados y el único medio para comunicarse fuera el escrito, si hasta el lenguaje de los sordomudos se volviera imposible, la banalidad y el chisme –cucarachas que sobrevivirán incluso a una catástrofe nuclear- se verían salvados por la existencia de Twitter. Lo más probable es que, por flojera y carencia de destreza, nadie escribiría cartas. Vecinas metiches, amigos, novios,  políticos y secuestradores, estarían sumidos todos en las degeneradas orgías de las redes sociales. Mi soñado mundo sin voces se vería corrompido por la gangrena purulenta de la vox pópuli electrónica. Los escritores talentosos de cartas y los carteros honorables que aún creyeran en la posibilidad de una correspondencia no compuesta únicamente por recibos y estados de cuenta bancarios, serían apartados del camino de la vida, víctimas indefensas de una sensibilidad embotada e hiperconectada, con el mismo gesto de repugnancia con que hoy se propina puntapiés a los objetos vetustos y a los ancianos obsoletos.

Se creerá que soy un moralista, un ridículo velador de veleidades monásticas que critica las costumbres comunicativas de los demás. Sin embargo, mis opiniones no son del todo radicales, y si las he escrito no es porque quiera convencer a nadie, sino porque estoy huyendo de la soledad. La verdad es que, presa de la desesperación y la incomunicación, en este departamento vacío no puedo hacer más que arrepentirme de no tener una cuenta de Twitter para poder escribir que estoy a punto de tirarme por la ventana por carecer de un acompañante con quien platicar banalidades. A tal grado ha llegado mi pensamiento de solitario velador, que se ha vuelto verdadera la preocupación que me embarga por las circunstancias de mi fantasía silenciosa. Pienso en posibles situaciones extremas. Si estando solo padeciera ataques reales de ansiedad y claustrofobia, si me abatieran de pronto intempestivas olas de demoledora depresión al punto de llevarme al borde del suicidio, yo, que no soy muy propenso a hablarles por teléfono a las personas, yo, ese sujeto que fantasea con un mundo silencioso, me vería obligado a intentar comunicarme con alguien, necesitado de escuchar una cálida voz humana. Lo malo es que sólo oiría tonterías del estilo: “piénsalo bien, hay mucha gente que te quiere, la vida es hermosa, espérame ahí y no hagas nada, voy a llamar a los bomberos…”. La verdad es que con frases como ésas más vale tirarse de inmediato para huir de la estupidez humana y de su incapacidad para defender a la vida del vértigo de la muerte. No quiero ni imaginar qué pasaría si twitteara que quiero saltar por la ventana: no faltaría quien me respondiera: “¡Hazlo ya, la vida no vale nada!”, frase que no sabría si tomar como proveniente de un nihilista sincero o de un bromista inocuo, lo cual le restaría fuerza y eficacia al consejo.

carta suicida publicada en Soho. http://goo.gl/sT31Q

Por el contrario, la redacción de cartas sí salvaría a muchos suicidas, o por lo menos los libraría de la incomprensión y la gratuidad de su acto, otorgándoles la oportunidad, si así lo desean, de justificarse. Si tú, lector, estás pensando en acabar con tu vida, pero crees que todavía no es urgente jalar el gatillo; si crees que ese momento definitivo puede esperar unos cuantos minutos más, termina de leer este texto y quizá te convenzas, como yo intento hacerlo, de que la vida puede valer la pena aunque sea como medio para disponer del tiempo necesario para escribir cartas pausadas y reconfortantes. Antes de segarnos la cabeza, la muerte aguarda lo que nos tardemos en redactar la última página, aunque tengamos que reescribirla innumerables veces con tal de que sea clara y digna del momento por el que atravesamos. Lewis Carroll, en su ensayo “Ocho o nueve palabras sobre escritura epistolar”, dijo que una Regla de oro para mejorar la elaboración de cartas es hacerlo con legibilidad, con letra y pensamientos meditados, porque “Gran parte de la mala escritura en el mundo proviene simplemente de escribir demasiado deprisa”. Así que, lector, deja esa pistola, aléjate de la ventana, inicia tu carta de despedida sin apresurarte y, cuando la termines, espera un par de horas para releer lo escrito, corrige las faltas de ortografía y puntuación, agrega y quita párrafos, cobija con notas al pie las ideas que aún caminen descalzas, nunca te conformes con lo redactado, ostenta un léxico florido y a la altura de un estilo fúnebre que resulte, a fin de cuentas, imperecedero.[1]

Digo todo esto porque a este décimo piso he traído, como lo haría un presidiario silencioso e incomunicado, un mazo de naipes para jugar solitario. Sin embargo, confieso que hago un poco de trampa porque mis naipes no son cartas normales, sino un juego de palabras, es decir, son libros. Salvador Novo escribió que “Desde cierto punto de vista, podría estimarse que todo escrito, que toda literatura, equivale a cartas que los autores han dirigido (botellas lanzadas al mar) a sus prójimos”. Pues bien, una de mis cartas predilectas es Suicidios ejemplares, colección de cuentos de Enrique Vila-Matas donde se encuentra “Un invento muy práctico”, la historia de Mary, una anciana que, después de enviudar, comienza a enloquecer y, como yo, intenta aventarse desde el balcón de su alto edificio. Si no lo hace y logra escapar de “la maniática desesperación” que la persigue es porque descubre que el acto de escribir cartas es un invento maravilloso para sobrevivir. Mary dice: “recordé que hay quien escribe cartas para vengarse de alguien, o de algo, o bien para huir de la obsesión constante de la muerte o para huir del gran bostezo universal, o simplemente para pasar el rato, que ya es mucho, y así huir de la locura que, tarde o temprano, a todos nos amenaza”. Al leer esa historia, me di cuenta de que yo también tenía que escribir una carta o lo que fuera.

En eso estaba cuando me asaltó una sensación de vacío. Recordé que el primero de todos los pasos que Lewis Carroll aconseja para escribir una carta es, aun antes de redactarla, escribir las señas y pegar el sello postal. Yo no había cumplido con ese orden, y lo que era peor: no tenía destinatario. ¿A quién iba dirigido mi texto? Del otro lado de la ventana no había nadie dispuesto a leerme con atención. Por más que existan muchas personas interesadas en lo que uno escribe, la verdad imbatible que yace en el fondo de la vida es que nunca nadie nos va a entender realmente. Más vale buscar el silencio. Luego, ¿para qué escribir? ¿Para mandarse cartas a uno mismo y jugar al solitario, para huir de las conversaciones, para convencerse de no saltar por el balcón? Puede ser. Miré de nuevo a la ventana y ésta me devolvió mi reflejo: un rostro pálido y un poco desfigurado que me trajo a la memoria una frase de Mary, la anciana del cuento: “la soledad es imposible, pues está poblada de fantasmas”. Entonces comprendí, como le pasó a ella, que uno escribe cartas a los fantasmas de su soledad, y que esa escritura desquiciada y delirante es en realidad algo muy cuerdo, pues son los propios fantasmas los más elegantes y silenciosos lectores que uno puede encontrar. Por eso pido que si alguna vez esta carta encerrada en una botella llegara a manos de un extraño, no sea leída como una llamada de auxilio. Me encuentro bien. Perpetré estos párrafos para no sentirme solo, para pasar el tiempo, para no saltar, y al hacerlo aprendí muchas cosas importantes en materia de enigmas. Aprendí, como dijo Vila-Matas, que “lo que predominaba no era el misterio de la locura, sino más bien, pura y simplemente, el misterio de la escritura”. El gran misterio de permanecer callado en un décimo piso y no defenestrarse –aún- en el intento.


[1] Ante las puertas siempre abiertas y dispuestas a engullirnos del cielo o del infierno –según sea el caso-, y ante la perentoriedad de la cuenta regresiva de la muerte, contamos con dos posibles actitudes. La primera es la de acometer a toda prisa lo que se planea como la obra maestra del autor, el escrito cúspide e inmortal. Este caso es el de Roberto Bolaño, quien, sintiendo ya el aliento de la enfermedad en la nuca, o mejor dicho, en el hígado, se sentó a escribir su monumental 2666. El riesgo de esta opción radica en que uno, transportado por los anhelos de grandeza artística o de trascendencia editorial, puede llegar a desesperar a la muerte y hacer que ésta pierda todo germen de compasión, cosa que redundaría, en el peor de los casos, en un deceso imprevisto y en una decepcionante obra maestra incompleta.

            La segunda actitud es de naturaleza menos solemne y consiste en regatearle minutos, horas, meses o incluso años a la muerte para poder escribir textos de los cuales sería absurdo esperar un reconocimiento ecuménico por parte del público ilustrado. Tardarse, por ejemplo, el prestigioso lapso de cincuenta y tres días en terminar una carta suicida. Demorarse un semestre, antes de fallecer, absorbido por la imperiosa explicación de una nota al pie de página como la que estás leyendo. O, como lo hizo el ensayista Luis Ignacio Helguera, ocupar dos incomprensibles años en la redacción de un gracioso y muy breve ensayo cuyo tema es la tos de la gente que acude a los conciertos. Es válido y lógico pensar que esa suma lentitud en la elaboración de la obra de Helguera fue la que le permitió escamotear su vida de las manos de la muerte, hasta el momento en que su funambulismo literario no le funcionó más y murió por fin en mayo del 2003.

*Diego Rodríguez Landeros (Mazatlán, 1988). Estudió Letras en la UNAM. Actualmente desempeña variopintos oficios como el de vendedor de cigarrillos en un semáforo del DF, velador y columnista del modesto periódico de las comunidades yaquis de Sonora Vícam Switch. Descree por completo de las bondades de las redes sociales, pero se empeña en mantener su blog: http://traslaciondecabotaje.blogspot.mx/, donde se pueden leer sus ensayos literarios.

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