Cuentos en #ND: cerrando el año con "El huracán navideño" de Claudia Guillén

 

*Por Claudia  Guillén 

Cuando abrió los ojos Carmen se sintió acabada. Observó con detenimiento aquel desastre: el árbol de navidad tirado en el suelo, las esferas rotas y esparcidas en el piso colgadas de un moño casi desecho y la estrella brillante desprendida de sus tres picos.

            El olvido se le había instalado en la memoria y parecía no tener intención de abandonarla. Se reincorporó lentamente, pues del cuerpo le salían algunos dolores, para ir a buscar a su novio. Felipe dormía a pierna suelta sobre un sillón y ella sintió una fuerte resequedad en la cara, semejante a la de una liga cuando se estira al máximo. Decidió no despertarlo para ir a ver qué pasaba con su rostro. Camino al baño se fue percatando de más destrozos en diversos puntos de la casa, como si un huracán hubiera pasado por ella. Esta opción no era viable, pensó, pues no había restos de agua y hasta donde ella sabía en la calle de Donceles podría haber inundaciones pero no huracanes. La casa estaba seca así que la inundación fue descartada. Mientras avanzaba se le iba formando un nudo grueso en medio del estómago que le despertó una sensación de vacío que se estaba volviendo insoportable. Al llegar al baño se vio en el espejo: en él se reflejaba su rostro manchado por grandes goterones secos de rímel negro y sobresalía un golpe que inflamaba su pómulo izquierdo. Sus nudillos mostraban pequeños moretones dispersos y en las manos se divisaban algunos raspones. Los sabores se concentraban en una saliva pastosa que le producía asco. Cerró la puerta del baño y casi inmediatamente  arrojó, en el escusado,  todo lo que salía de su boca hasta que sólo le quedó el impulso de hacerlo.

La tarde anterior Carmen era un manojo de nervios, aunque desde que empezó con Felipe sus cambios temperamentales se habían alejado, todavía le quedaba cierto temor de que volvieran y más cuando se trataba de conocer a la familia política. Había esperado pacientemente más de un año.  Felipe sólo pudo convencer a su madre, viuda desde que él era muy pequeño, de presentarle Carmen cuando la amenazó con no asistir a la tradicional cena navideña sino era acompañado por su novia. Doña Felipa no tuvo más remedio que aceptar, no sin antes advertir a su vástago que si la muchacha no mostrara buenos modales ella no tendría empacho en decírselo. Verás que te cae bien, mamacita, contestó cariñosamente Felipe.

            Carmen alzó su pelo negro con un discreto chongo, se puso algo de rímel para levantar las pestañas y se pintó los labios con un tono rosa pálido. Al pasar por ella. Felipe le pidió que se despintara pues a su mamá le gustaban las mujeres más bien naturales. Ella sólo quitó la pintura de sus labios. Llegaron a la casa y su fachada estaba tapizada por luces de colores. En una de las ventanas se asomaba un gran muñeco de Santa Claus que saludaba con la mano mientras sonaban, por casi todo el barrio, sus carcajadas. Los olores de las viandas de la noche traspasaban la puerta de la calle. Antes de entrar Felipe observó a su novia y le besó la frente para después decirle: En estos tiempos quedan pocas como tú, mi amor. Quita esa cara de susto, mujer. Si mi mamá no te va a comer. Carmen trató, entonces, de sonreír. Sin embargo, no podía controlar el temblor de sus manos mientras cargaba los regalos.

            Cuando Felipe abrió la puerta sus dos hermanas, y su madre, se le abalanzaron como si no lo hubieran visto en años, dejando a un lado a Carmen parada en el quicio de la puerta, cargada por todos los regalos, y sin saber qué hacer. Felipe se quitó, como pudo, a las mujeres de su familia y ayudó a su novia con los bultos para ponerlos debajo del árbol de navidad. Era pino natural y frondoso adornado con esferas rematadas por un moño. Las luces que se veían en la calle apenas eran un esbozo de la iluminación que ostentaba aquel árbol. En lo alto lo coronaba una estrella de tres picos que había pertenecido a la familia desde hacía muchas generaciones. Mientras Carmen lo veía casi con un asombro infantil, Doña Felipa y sus hijas lo observaban con un orgullo que se hizo aún más patente cuando la madre tomó la palabra para contar se tardaban hasta tres días en ponerlo y, que todas las vecinas venían a verlo cada noche buena. Incluso el 25 de diciembre se celebraba un concurso que premiaba el árbol mejor adornado y, ellas habían ganado en todas las ocasiones anteriores seguras de que ésta no sería la excepción.

            Felipe decidió que era el momento de abrir una botella y así celebrar el tan ansiado encuentro. Carmen, como hipnotizada, tomó el tequila de un sólo jalón, a la par comenzó a sentirse un poco menos angustiada. Sin preguntar y mirar a Felipe tomó otro y otro mientras se le iban relajando las entrañas. Dejó de temblar. Esbozaba pequeñas risitas a las que nadie prestaba atención. Cuando se sentaron a la mesa ella se encontraba francamente relajada.  Carmen se sentía cubierta por una suerte de burbuja que la anulaba a la vista de los demás. Y así era. Felipe apenas y le hacía caso y no dejaba de conversar con su parentela. Faltaban quince minutos para la medianoche y doña Felipa se levantó a arrullar al niño Dios. Mientras todos veían la escena, Carmen tuvo un acceso de risa repentino que contuvo hasta el grado de que las lágrimas rodaran por su cara. Por primera vez doña Felipa le puso atención.

Carmen abrió la puerta del baño y fue directo con Felipe para despertarlo. Su novio al abrir los ojos y tenerla enfrente él la miró con una expresión abierto reproche. Un silencio incómodo, y largo, rodeó la expresión de ambos: ella asustada y él furioso. ¿Entonces?, preguntó Felipe. Entonces ¿qué?, dijo Carmen con una voz casi afónica. ¡Ya estarás contenta!, afirmaba mirándola fijamente como quien no espera una respuesta. Por la mente de Carmen sólo transitaban pequeños trozos fantasmales de la discusión con su suegra. ¿Pero qué fue lo que pasó?, ¿Por qué está todo así? Felipe no admitió una tercera pregunta: ¿Qué fue lo que pasó? Di que mi madre y mis hermanas prefirieron irse de la casa antes de seguir compartiendo la navidad con una loca que se transforma en un remedo de huracán que arrasa con todo y con todos, sin importarle la fecha que estamos festejando. Tú eres una mustia, Carmencita, afirmó mientras agitaba las manos. Y no mi madre como se lo gritaste ayer hasta el cansancio. Carmen sentía que el nudo en su estómago se iba haciendo cada vez más sólido como si en cualquier momento fuera a explotar. De pronto una imagen irrumpió en su mente: ella gritaba y la Sra. Felipa se persignaba con la vista fija en el piso.

             Pues te voy a refrescar la memoria, mi amor. Llegamos a la casa y empezaste a beber sin parar. Mamá trataba de compartir contigo algunos recuerdos de mi infancia y tú ni siquiera le contestabas. Luego, cuando llegó la media noche, mi mamacita arrulló al niño Dios como es la tradición en esta casa y tú te pusiste a llorar. Mi madre, ingenua, se conmovió pero para ese momento tu mirada estaba perdida y apenas y te dignabas a contestarle. Cuando te chuleó tu traje y te ofreció un cafecito te brotó el demonio que cargas dentro. Le gritaste vieja bruja, que su cena y sus arreglos navideños daban asco de tan cursis. Después te enfilaste al árbol de navidad y lo tiraste al piso, no sin antes decirle con un tono de burla: “Mire lo que hago con su arbolito, se me hace que este año no ganan…”” Mamá lloraba y tú me gritabas que me fuera con ella y con mis hermanas que de tan feas parecían las hermanastras de la Cenicienta. Mi mamá te tuvo que dar un golpe para que reaccionaras y tú le contestaste con otro mientras le jalabas el pelo asegurándole que se trataba de una  peluca. “Máscara contra cabellera”, repetías con un sonsonete insoportable. Por fin logramos separarte y te caíste al piso como si estuvieras muerta. ¿Satisfecha?

             En tanto escuchaba el relato furioso de su novio Carmen transitó por varios estadios emocionales: primero el gusto por recobrar el recuerdo; para inmediatamente después internarse en una angustia que la carcomía tan fuerte que no pudo más. La culpa cansa, se dijo, sintiendo como por arte de magia que el nudo en el estómago se iba deshaciendo hasta desaparecer. Una tranquilidad extraña la cobijó y espontáneamente le contestó a Felipe: Sí, satisfecha. Tomó su bolsa y salió caminando. Al llegar a la esquina volvió la cara y vio como el Santa Claus había perdido la fuerza de su risa y ya no saludaba, entonces en sus labios se esbozó una pequeña sonrisa que mantuvo hasta llegar a su casa.

*Claudia Guillén. México, 1963. Es narradora, ensayista y promotora cultural. Estudió Lengua y Literatura Hispánicas en la UNAM. Egresada de la Escuela Escritores de la SOGEM, obtuvo la beca de Jóvenes Creadores del FONCA en la categoría de cuento y la beca de Residencias en el Extranjero en Salzburgo, Austria. Su cuento “La cita” ganó el XXXV Premio Latinoamericano de Cuento Edmundo Valadés. Es autora de La insospechada María y otras mujeres y ha participado en las antologías Con licencia para escribir, Un hombre a la medida (Cal y arena,

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