La Sinrazón

Por Martín Kohan

Yo también tengo una anécdota con Perón. Indirecta, me apresuro a admitirlo,  y abstracta en cierto sentido; alguien podría alegar incluso que en verdad no se trata de una anécdota con Perón sino de una anécdota sin Perón, pero en definitiva es una anécdota, y esa anécdota transcurrió en una jornada lluviosa del mes de julio de 1974.  Perón se había muerto y mis padres me llevaron a contemplar el ceremonioso paso del cortejo fúnebre por la avenida Lugones. Mis padres no eran militantes, no eran peronistas, y no se movilizaban nunca por nada (develados, por un sueño improbable de prosperidad económica, vivían para el trabajo: iban de casa al trabajo y del trabajo a casa, y en eso si eran unos peronistas tremendos).  Por supuesto que no habían  ido a Ezeiza para la matanza, así como antes no habían ido –con sus padres—a la exequias de Evita en el 52, así como antes no habían ido –con sus padres, o sus padres sin ellos—a pedir por Perón a la plaza de octubre de 1945. Pero como el féretro de Perón, en su traslado hacia la quinta de Olivos, pasaría a pocas cuadras de mi casa de infancia, se sintieron convocados y fueron (no sintieron que ellos iban, sintieron que Perón venía); fueron y me llevaron. Entre las cosas que me sorprendieron, en el recuerdo que tengo o que me invento de lo que pasó, consta lo siguiente: que el cortejo fúnebre avanzaba por la avenida Lugones a contramano. Recuerdo haber visto que la fila de coches negros y el féretro envuelto en la bandera argenta aparecieron por el lado contrario al que yo suponía (era insólito para mi que un presidente, la encarnación de la ley, violara las leyes, aunque fueran las leyes de tránsito). El paso de Perón a contramano dejó en mi recuerdo de niño una sensación indeleble de mundo al revés.

            No pocos se animaron por entonces con la ilusión de que la muerte de Perón supondría de por sí también la muerte del peronismo (los alentaba a esa esperanza la frase hecha: “muerto el perro, se acabó la rabia”; sin reparar en que en las calles de la ciudad ya había otra frase circulando: “somos la rabia”).

La muerte del peronismo fue deseada o presentida en 1952 (cuando murió Evita), en 1955 (cuando Perón fue derrocado), en 1973 (cuando los peronistas se mataron entre sí), en 1974 (cuando murió Perón), en 1975 (cuando Isabel no daba pie con bola y bandas de organización peronista se abocaban a matar, mayormente a peronistas), en 1976 (cuando Isabel fue derrocada), en 1982 (cuando pareció que el Ejército argentino engendraba otro líder), en 1983 (cuando el peronismo perdió el invicto en las elecciones nacionales que sellaban el retorno a la democracia). Pero la dialéctica histórica del devenir peronista no transcurre entre la vida y la muerte, sino entre la muerte y la resurrección. La figuración de Evita condensa, y acaso funda, esa dinámica del mito (ya la vimos resucitar en los grasitas, en los descamisados, en los montoneros, ya intentó López Rega la transmigración de su alma celestial al cuerpo de bailarina de María Estala Martínez; ya leímos su resurrección en un poema colosal de Léonidas Lamborghini y en un cuento fenomenal de Néstor Perlongher; ya la vimos morir en Zulema Yoma, pero renacer en Madonna, ya la vimos morir en Chiche González, pero tememos verla renacer en Cristina Fernández).

            Durante los años que duró el menemismo (y que nos parecen ahora tan irreales como el uno a uno, o como la muerte –y la vida—de Carlitos Junior, o como la foto de Carlos Menem con los Rolling Stones en Olivos, o como el hecho objetivo de que Menem obtuvo más votos que Kirchner en la primera –y única—vuelta de las elecciones presidenciales de 2002), se debatía con cierta recurrencia cómo había que interpretar lo que Menem hacía y pesaba: si era la muerte definitiva del peronismo (“ahora si”) o si era una más de sus tantas resurrecciones (y una especialmente saludable, que lo devolvía más vigoroso que nunca). ¿Qué era el menemismo: la reversión aniquiladora de la tradición peronista; o la consumación acabada de lo que el propio Perón habría hecho en esas mismas circunstancias? Entretanto, para matizar, el folclore del peronismo sumaba un nuevo rapto necrofílico (el seccionamiento y el hurto de las manos de Perón), algún nuevo capítulo de su gusto por lo bizarro (la circulación mediática de la hija de Perón, que puede ser o no ser, pero se le parece), una nueva conmoción de euforia colectiva (la evitamanía: Evita actriz renaciendo en la actriz Madonna, que antes de volverse judía probó volverse peronista; o en la actriz Esther Goris, que después de hacer de mujer de Perón se hizo mujer de Rodríguez Saá). A las figuraciones literarias de Borges (“El simulacro”) Rodolfo Walsh (“Esa mujer”), David Viñas (“La señora muerta”); Copi (“Eva Perón”), Fogwill (“La cola”), se agregaron oportunamente Tomás Eloy Martínez (“Santa Evita”) o Abel Posee (“La pasión según Eva”).

            Poco después, en apenas tres años (entre 2001 y 2004), pasaron muchas, muchas cosas: el peronismo muere con Duhalde a manos de De la Rúa, pero renace con Ruckauf en la provincia de Buenos Aires; muere con Ruckauf en la provincia de Buenos Aires, pero renace con Solá; muere (o se suicida) con la vicepresidencia de Chacho Álvarez, pero renace con la presidencia de largo alcance de Adolfo Rodríguez Saá, muere con la presidencia instantánea de Adolfo Rodríguez Saá; pero renace con la presidencia salvadora de Eduardo Duhalde y otra muerte mandada a lo Joe Pesci, pero renace con el fervor neosetentiano de Néstor Kirchner (quien quiere fallar para siempre el litigio de los noventa: visto desde ahora es decir desde el peronismo, Menem se revela a todas luces como un contraperonista cabal).

            Durante esos mismos tres años tan importantes, entre 2001 y 2004, con un tenor más discreto que el que fuera promovido por la moda de la evitamanía, la narrativa argentina reunió nuevas aproximaciones a la representación del peronismo. Al menos cinco libros relacionados con el tema aparecieron en ese lapso; desde lo que fue hasta no hace tanto, la nueva literatura argentina: Una virgen peronista de Federico Jeanmaire (en 2001), Vuelo triunfal de Miguel Vitagliano (en 2002), El Tilo de César Aira (en 2003), La aventura de los bustos de Eva de Carlos Gamerro (en 2004), La vida por Perón de Daniel Guebel (en 2004).

Vale destacar que César Aira nació en 1949, Daniel Guebel en 1956, Federico Jeanmaire en 1957, Miguel Vitagliano en 1961, Carlos Gamerro en 1962; sus vivencias personales del peronismo son, por necesidad, bien distintas a las de los escritores que, antes que ellos, aportaron versiones a la composición de una imaginación literaria sobre “el mundo peronista” (el nombre de aquella revista prueba qué tan pronto se supo que el peronismo constituía un mundo).

            César Aira y Miguel Vitagliano hacen centro en el peronismo de los años cincuenta, ése que admite el adjetivo “histórico” o bien el adjetivo “clásico”. Claro que las maneras literarias de Aira y de Vitagliano son radicalmente diferentes entre sí;  Aira en El Tilo –como en todos sus libros—trama el texto mediante digresiones continuas y contradicciones sin culpa, bordea el absurdo desde una apariencia lógica, fuerza a la representación, y aun a todo posible verosímil, a comparecer ante el dislate. Miguel Vitagliano ensaya, en cambio, los tonos de un realismo sensible: equilibra un mundo estable y lo ofrece al reconocimiento y a la emotividad de la lectura.

            Son perspectivas en más de un sentido contrapuestas: si Aira crea mundos es para disparatarlos y desconcertar; Vitagliano, por su  parte, apuesta a la coherencia de los mundos concertados. Y aun así, es notorio –doblemente notorio—que Vuelo triunfal y que El Tilo comparten un criterio esencial en lo atinente al peronismo: en uno y otro texto, el peronismo de los cincuenta aparece como delirio. Se entiende que, en el relato de Aira, ese delirio se integra a un horizonte general que participará, en mayor o menor medida, de esa misma condición; mientras que en la novela de Vitagliano entra en una relación de contraste con todo lo que no es peronismo. Pero esa especie de línea de fuga en el delirio se traza por igual en un texto y en el otro.

            Aira compone su relato con los acentos de las fábulas infantiles, porque se trata de una evocación de su infancia familiar en Pringles. Es un relato de la memoria, aunque acechado por la mala memoria (“Creo recordar…”; “No sé si me engaña la memoria”; “esos recuerdos dudosos”; “algunos me quedaron en la memoria, otros no”). En verdad, la memoria cuenta menos como mecanismo de recuperación certera de un pasado que así se preserva, que como modelo de deriva en el discurso: “de una cosa iba saliendo la otra, eso es lo bueno de la memoria”.

El peronismo es, en El Tilo, eso que Aira busca en toda su literatura: el transcurso plenamente natural de lo más extraño; que pase, como si tal cosa, lo imposible de pasar. La magia es el principio que lo rige: “El peronismo tuvo algo de mágico, algo de consumación de los deseos”; “El peronismo era una magia, pero una magia implacable”. La imaginación lúdica de la infancia es la que mejor ayuda al intento de entenderlo; a la explicación pormenorizada del juego del amo y la esclavita (planteado como juego de niños, no como dialéctica hegeliana) sigue una consideración más general: “¡No era todo así?¿No fue así el peronismo?¿La legislación social?.

Dice Walter Benjamin que los niños lloran cuando, y lloran porque, comprenden que no pueden hacer magia. El peronismo, a sabiendas de que los únicos privilegiados son los niños, preserva a la sociedad entera todavía en ese estadio, y ésa es igualmente la fórmula de la literatura de Aira para preservarse en un estadio de risa plena. El peronismo es juego y es magia, como todo en la niñez ; por eso hay una leyenda, “la leyenda pringlense del Niño Peronista”, por eso hay una especie de fábula en torno de “El Tilo Monstruo” (como la fiesta del monstruo de Bustos Domecq, como los monstruos danzantes de “Las puertas del cielo” de Cortázar) y otra en torno de los “misterios y secretos del Hada Electricidad” (que, hada al fin, procede como Evita: es arcana y peligrosa, actúa a la distancia, sus caricias con insidiosas).

            Para entender al peronismo hay que entender lo raro, lo “radicalmente extraño” –y en verdad lo que hay que entender es que esas cosas no pueden entenderse del todo, que no existe una explicación que baste: “Puede parecer raro, pero en el conflicto de lealtades entre cristianismo y peronismo, ganó el segundo (…), pero yo creo entenderlo, en la medida en que puede entenderse algo tan radicalmente extraño”. Ante la consumación de lo imposible como real (“apareció una palabra, en gruesas letras rosadas: PERÓN. Alucinatoria, hechizante, tan real como podía serlo, aunque me pareció imposible”) retroceden tanto la premisa de que la única verdad es la realidad, como la premisa correlativa de que la política es el arte de lo posible.

Lo extraño, lo raro, lo real imposible, el hechizo, la magia, la alucinación: así es el peronismo en El Tilo. Pero, como se trata de Aira, de un libro de César Aira, todo –y no solamente el peronismo—es un poco así. El peronismo, sí, pero también el antiperonismo: “A partir del 55, la vida se enriqueció, llegaban  novedades a Pringles, llegaba, tan postergado, el siglo XX (…). Todo parecía una ficción, liviana e inconsecuente como un tema de conversación, pero a la vez, como una magia, se volvía realidad”. El poder de la palabra mágica se restablece desde la prohibición de que el nombre de Perón se mencione, y otra vez la explicación y lo inexplicable se encuentran y se rozan: “una chica, una compañera de la escuela, dijo ´Perón´…Sentí como si se abriera un abismo, en el que se precipitaba toda mi vida. Es inexplicable, aunque debe tener alguna explicación”.  El peronismo y antiperonismo, asimilados se continúan uno en el otro, como delirio: “Lo grave fue que empezó a desarrollar un antiperonismo visceral, gorila difamatorio, auténticamente delirante (…). Todos tenemos una historia política así de confusa y paralizante; por lo menos todos los argentinos la tenemos”.

Todos no, habría que aducir, si nos atenemos a los héroes literarios de Miguel Vitagliano. Un socialista romántico como Lucio, el héroe de Vuelo triunfal, no tiene delirios: tiene ideales. Prototípico y querible, transita los tópicos mejor codificados del lirismo de izquierda. Lo acechan dos tribulaciones: la de recaer en las flaquezas del pueblo burgués y la de entrever que el dogma inflexible del Partido Comunista contiene, amenazante, sus propios fantasmas. Fuera de eso, y en lo que hace al peronismo, no está confuso ni tampoco paralizado. Sabe lo que hay que saber: que el régimen engaña a la clase obrera y alimenta su enajenación, que a Perón hay que asociarlo con Franco y con Hitler, que ninguna utopía social está haciéndose realidad con su gobierno, etcétera. Lo sabe y lo dice; es, aun desde su idealismo, y en todos los sentidos de la expresión, un personaje realista. Por lo tanto no se verifica en él delirio alguno. El delirio corre por cuenta exclusiva del peronismo. ¿Qué otra cosa, sino un delirio (pero un delirio real, un delirio tomado de  la realidad por Miguel Vitagliano)   es el proyecto de desarrollo de la energía atómica en la isla Huemul? Un delirio tecnológico y cientificista que podría remitir, no ya solamente a El Tilo, sino a Las curas milagrosas del doctor Aira. El doctor Richter no es “un genio”, sino “un loco” (y no siquiera, como el doctor Aira un genio loco); por haber creído en él, se conjetura que “Perón, tal vez, estuviera perdiendo el rumbo”. Si Lucio llega a rozar el delirio, hacia el final de la novela, es porque otro doctor, un médico peronista, no atinó a salvar la vida de su hija: “Lucio no caminaba por los descampados  de las ruinas de lo que más tarde se conocería como Albergue Warnes, estaba convencido de que visitaba a su hija en el Hospital Modelo Eva Perón.  Las ruinas son la expresión del delirio científico del peronismo, el resultado final de sus muertos) el naufragio de la consigna de que mejor que prometer es realizar.

Walter Benjamin decía que hay que saber ver en ruinas aquello que todavía no lo está; el problema que el peronismo plantea en Vuelo triunfal es que sus proyectos –científicos, delirantes—ya nacen como ruinas.

            En las novelas de Jeanmaire, de Gamerro y Guebel, el delirio vuelve a ser, como en Aira, un principio constructivo de la narración, y no, como en Vitagliano, tan sólo la manifestación de una sintomatología política vista desde la sensatez. Puede que no sea una misma idea sobre el peronismo lo que se transfiere desde Aira, sino una impronta literaria hacia la que buena parte de la narrativa argentina de estos años ha mostrado una visible hospitalidad.

            En Jeanmaire, en Gamerro, en Guebel, la farsa y el absurdo se imponen, con la certeza de que solamente así se puede contar bien lo que es o lo que fue el peronismo (remontando esta línea aireana de vértigo y de absurdo se encuentra, naturalmente, Copi). Jeanmaire sitúa la peripecia de Una virgen peronista, hacia 1965, los años de resistencia. Pero como la narración está vaciada de una temporalidad o de una lógica políticas, y en su lugar lo que se presenta es una peregrinación religiosa con ecos de medievalismo, la única resistencia que de veras se precisa es la que permite soportar la larga travesía (días y días de un viaje precario por esa nada que es la pampa) no menos que la que permite soportar la recurrencia monótona de un cierto tema de conversación (y ese tema es, sí, el peronismo: “Entonces, y lamentablemente Jomes se puso a mi lado y antes de que pasara una cuadra ya estaba murmurando, por enésima vez, acerca del bueno del general Perón y de la santa de la compañera Evita. Intenté evitarlo” )

Jeanmaire concibe al peronismo tan sólo como una religión popular (dije “tan solo”, pero podría decirse “nada menos”). El acento en la religiosidad relea a las razones para poner, en su lugar, a los milagros. El peronismo es aquí una pura cuestión de fe. Si hay algo que explicar en la novela, si hay algo que entender, es esta fe, y no otra cosa.  Una fe que, enclavada en el registro algo supersticioso del imaginario popular, no termina de encajar en las expresiones institucionales de la iglesia (“siempre había resultado difícil que los curas reconocieran los milagros enseguida de que éstos se producían”) y culmina como conflicto y crisis de fe –o de la confluencia de una doble fe: la cristiana y la peronista—con la quema de iglesias de 1955. Como los milagros no tiene explicación, ni la piden, los personajes de Una virgen peronista peregrinan impulsados por una especie de malentendido, en un viaje un tanto absurdo que los muestra más bien lelos (Mitre, en clave urbana y suburbana, se construye de un modo semejante), Ese viaje, lo mismo que los milagros,  no tiene razón de ser; pero de hecho es. Su contraparte no es el antiperonismo, lo que en definitiva correspondería a una lógica política, sino la herejía, que corresponde a la sinrazón del credo, o el cansancio discursivo, que corresponde a los límites retóricos del sermón.

            El peronismo entra en cuadro doblemente signado por la peripecia ilógica y por el parloteo hueco. Esas mismas cualidades sostienen la representación del peronismo en La aventura de los bustos de Eva y en La vida por Perón. Con una diferencia, no obstante, que resulta decisiva: que las novelas de Gamerro y de Guebel, ambas publicadas en 2004, centran la acción ya en la década del setenta.  No en los años del peronismo clásico, como Aira y como Vitagliano, ni tampoco en los años de la resistencia peronista, como Jeanmaire, sino en los años de la lucha armada y de la vuelta al poder. La historia en sepia en un mundo pueblerino (Pringles en Aira, tigre en Vitagliano, los pueblitos pampeanos de Jeanmaire) se desplaza a Buenos Aires y a los tentes de una mayor contemporaneidad.

            No por eso, sin embargo, el peronismo deja de ser literariamente concebido como magia (Gamerro: “El contorno de Eva es como un círculo mágico, una empalizada que nos protege de los gorilas que acechan en la selva de afuera”) como locura (Guebel: “¿Loco yo? No, locos ustedes”; Gamerro: “Acto seguido decidió que estaba perdiendo el juicio”), como cuento de hadas (Gamerro: “Aunque La razón de mi vida es un poco pavo por momentos, medio cuentito de hadas, pero bueno, ya sabemos que se lo reescribieron cuando estaba enferma….) como un delirio difícil de entender (Guebel: “Quiero que sepas que estamos en una operación política importantísima, y que a partir de ahora van a pasar algunas cosas que te van a parecer muy raras…”), como a una irrealidad (Gamerro: “Nuevamente el sentido de la irrealidad le ganó al común de  mano”).

            Todo lo que en el peronismo era causa o era razón (la causa peronista, la razón de mi vida) se tuerce hacia la sinrazón, y se despliega como absurdo. Sólo que Guebel y Gamerro agudizan la distancia paródica respecto de ese mundo (parodia atenuada en Juanmaire, que guarda con sus personajes un trato más afectivo, y ausente en Aira; cuya literatura abreva en esa misma disposición al disloque, y la potencia). Al igual que en El terrorista,  en el caso de Guebel, o al igual que en Las islas, en el caso de Gamerro, la opción literaria es extremar rasgos y caricaturizarlos, invertir en sus sentidos y sus valores, desplazarlos decididamente hacia el disparate, para ponerlos así en cuestión.

En La vida por Perón y en La Aventura de los bustos de Eva, esta disposición jocosa puede eludir al peronismo clásico, o hasta ponerlo a salvo, pero es implacable con la militancia montonera, con el evitismo, con el discurso revolucionario. A la militancia aquí se llega por azar, o por error, o por un fraude, o porque sí. El discurso militante es en la novela de Guebel visiblemente hueco, maniqueo hasta el infantilismo, y de una simplicidad tan plana que podría sugerir incluso la tontera. Ese mismo discurso, en la novela de Gamerro admite graciosamente los esquemas del marketing empresarial o las ñoñerías de la New Age. Recuperando el juego equívoco de la muerte familiar y la muerte pública con que Mario Szichman componía A las 20.25 la Señora entró en la inmortalidad, y recuperando igualmente el juego de sepultura y simulacro de “El simulacro” de Borges. Daniel Guebel escribe una especie de sainete, con dosis de picaresca, a propósito de la muerte de Perón. Pero agrega algo más: un grupo montonero, siguiendo un plan visiblemente insensato, se cobra la vida de un viejo peronista (“peronista de toda la vida”) que es desde todo punto de vista inocente. Gamerro, por su parte, retoma el conflicto de la Evita única y singular (la de “Esa mujer” de Walsh) con la que admite copias y reproducción en serie (La que rastrea Tomás Eloy Martínez).  Entre el fulgor aurático de la manifestación irrepetible de una lejanía de Eva Perón, y su profanación en la proliferación fabril o sexual, Gamerro atenta contra la gravedad de las liturgias evitistas. Pero agrega algo más: el secuestro de un empresario a  manos de montoneros como disparador de la historia –y de la parodia (“¿Es verdad que a Tamerlán se lo alzaron de un sauna de trolos?¿Qué para agarrarlo con la guardia baja hubo un monto que entregó el invicto por la revolución?)

Diversas líneas de la representación literaria del peronismo, donde el grotesco y al absurdo se ensayaron con insistencia, se prolongan y persisten en estas dos novelas. Al mismo tiempo, con la elección de esos materiales, están marcando un corte: pasan a otra cosa. La aparición de ambos libros de 2004 subraya esa diferencia y produce una fricción que acaso no habría habido en otro momento y en otra circunstancia. Cierta mirada sarcástica a propósito del santoral peronista ya está incorporada en una tradición literaria argentina, que es tan amplia como para ir de Borges a Viñas o de Viñas a Copi. Pero esa misma mirada, dirigida a la lucha armada de los años setenta, abre una perspectiva bien diferente. En su horizonte, existe una tensión ineludible: la que se verifica entre la legitimación de esa lucha los cuestionamientos de esa lucha; la que se define entre la reivindicación y la autocrítica o la exigencia de autocrítica. Al parecer es preciso contemplar una tercera alternativa, ni apologética ni crítica, sino displicente, o incluso burlona: la narración con sorna, la militancia tomada en solfa. Por detrás del conflicto entre el encomio o la objeción, se discutió y se discute la teoría de los dos demonios. Por detrás de la displicencia escéptica o de la risa zumbona, late otra teoría: la teoría  de los idiotas útiles (agravada con esta variante: la de los idiotas inútiles); la postulación de los imberbes y estúpidos, que fuera proferida por el propio Perón.

                       Este debate, que es distinto del otro, permanece igualmente abierto.

*Martín KohanBuenos Aires (1967). Enseña Teoría Literaria en la Universidad de Buenos Aires y en la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco (UNPSJB). Ha publicado tres libros de ensayos, Imágenes de vida, relatos de muerte. Eva Perón, cuerpo y política (1998; en colaboración con Paola Cortés Rocca), Zona urbana. Ensayo de lectura sobre Walter Benjamin (2004) y Narrar a San Martín (2005); dos libros de cuentos, Muero contento (1994) y Una pena extraordinaria (1998); y seis novelas, La pérdida de Laura (1993), El informe (1997), Los cautivos (2000), Dos veces junio (2002), Segundos afuera (2005) y Museo de la Revolución (2006). Zona urbana fue editado en España por Trotta, y las novelas Segundos afuera y Museo de la Revolución por Mondadori. Sus obras se están publicando en editoriales tan prestigiosas como Einaudi (Italia), Serpent’s Tail (Reino Unido), Seuil (Francia) y Suhrkamp (Alemania). Es premio Herralde de novela 2007 por Ciencias Morales. En 2012, Anagrama publica su última novela, Bahía Blanca.
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Un comentario en “La Sinrazón

  1. Leí el artículo. Me pareció muy interesante, tanto por la temática como por el aspecto abordado de las oscilaciones y las reinvenciones del peronismo. Creo que es un tema del cual se ha hablado y escrito mucho, pero que al mismo tiempo hacen falta complejizaciones, y ésta me parece un buen avance al respecto.
    Es en la medida en la cual se puedan apreciar este tipo de aristas que se dará un buen camino para entender algunas de las “inentendibles rarezas” que hay detrás de esta (s) filiación política que parece cada vez más difícil de intentar homogeneizar, y no necesariamente por sus discusiones de fondo, sino que suele ser más cercano a los intereses personales y/o patrimoniales.
    Cómo explicar al peronismo, sin dudas que con más preguntas que certezas. Pero siempre que se vayan explorando nuevos caminos más interesante y rico será el resultado. Resultado que no debiese ser un cúmulo de líneas y palabras, sino un ejercicio real de democracia, la cual supo ser tan castigada con sus perversos juegos de poder camuflados, y que tiene por protagonistas a muchos de los que se mencionan en este muy buen artículo de Kohan.

    Un Abrazo!!

    Ricardo

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