El lenguaje del artista: instancias de valoración de obra y artefactos

Por José Luis Tuñón, para ND*

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La ventaja de estar todo el día papando moscas, es que de vez en cuando cae alguna: mosca o ficha, como se dice ahora; la cuestión es que entendí algo que me fastidiaba desde hace mucho. Se trata de un fenómeno relacionado con los artistas, más precisamente con los que convivo. Ya dije en otro lado que esa convivencia no es sólo un asunto de vecindad, es que no hay en el barrio lo que se llama: instancias de valoración. Y los artistas del barrio (y los otros también) son muy sensibles a cómo son valorados, tanto como para dedicarle una vida a la fabricación de artefactos difíciles de valorar. Justamente porque su valor se aparta de los parámetros comunes que hacen valiosa a cualquier producción: el uso, el prestigio que transfieren a su dueño o el valor que conservan a la hora de venderlo. Cualquiera de las tres posibilidades se validan en el mercado poniéndoles un precio, en función de que haya alguien que lo pague, claro, que no es cuestión de poner por que sí (excepto en el mercado inmobiliario de Comodoro Rivadavia).

Pero en el arte ese valor no se obtiene fácilmente, y son los museos, las galerías, los críticos o las publicaciones las encargadas de indicar el valor de las producciones artísticas. Entonces, no habiendo por los alrededores nada parecido – y que sostenga la autoridad de hacerlo – la comunidad de artistas, y cada uno de nosotros, se hace depositario de esa capacidad de reconocer el valor y entregarlo. Claro que ahí empiezan los problemas ¿Qué valor hay que reconocer? ¿La calidad? Sí, se puede, al menos distinguir lo malo de lo bueno o de lo que es un buen intento. El problema es que los intentos abundan y a veces hay que callar para no desalentarlos. ¿El esfuerzo? Menos, conozco varios que sudan como remeros y no avanzan mucho, porque para avanzar hace falta alguna dirección, para no dar vueltas en redondo a los mismos estereotipos. ¿La aceptación del público? No, maldición, eso no, los mas aceptados no suelen ser los buenos, sino los que aciertan con el gusto medio, que ya se sabe, es medio medio.

-¡Elitista! ¡Elitista! ¡Antidemocrático!¡Váyase a su torre de marfil! ¡Déjenos en paz disfrutar de lo que a nosotros nos gusta, que sobre gustos nadie escribió nada y ahora usted quiere venir a joder!

Es un problema actual: el mercado disfrazado de democracia quiere goce para todos y el arte lo fabrica. Entonces, arte para todos; pero cuando se advierte que el arte no puede ser un asunto masivo, porque va de uno en uno, aparece la sospecha de querer restringir el queso y eso, en democracia está muy mal visto. Bueno…en la democracia que se confunde el derecho a comprar lo que uno se le cante. Terminemos con esto: no hay democracia en la relación – de cada cual – con el arte, pero sí es necesario que la haya en las oportunidades de acceso a lo que el arte produce, que no es lo mismo.

Entonces si no se perdieron hasta acá, recuerden que estaba molesto con un problema que no sabía como resolver y de pronto…entendí. Para ir al grano, digo que a falta de instituciones valorativas, el valor atribuido, a una obra o a un artista, queda pendiente de entrega. Y mientras tanto, los demás integrantes de la comunidad artística somos sus depositarios. Buena parte de la comedia del arte local pasa por estos dimes y diretes, y el mentado valor queda reducido a quién se invita a una presentación y a quién no, quien tiene un lugar destacado en tal o cual ceremonia etc., o quién sale en el diario. Para evitar esos embrollos la mayoría de los artistas saludan sin sacar la mano del bolsillo. Tanto por cubrirse de que no le den su parte o por no saber cómo entregar su apoyo y reconocimiento.

Hasta hace un tiempo – y para mí – era claro que ese reconocimiento se entregaba sin dudas a quién trabajaba comprometidamente en una producción propia. Repasemos los términos: a quién trabajaba, ya aclaré más arriba que el trabajo no es suficiente y no garantiza nada. Pero era válida a la sentencia de Picasso acerca de que, si existía algo así como la inspiración, era mejor que a uno lo encontrara trabajando. Era un comienzo, y auspicioso. Conozco a quienes tozudamente luchan con una imagen, una idea, o lo que sea, convencidos de que así van a encontrar algo. Pero también a quienes perseveran en la producción de obras iguales, al mejor estilo del fordismo, sin reflexión alguna sobre el propósito de tales obras. Y últimamente se suman los talleres de pintura decorativa, donde si se trabaja, y cómo.

El próximo término es, comprometidamente, palabra que arrastra los problemas del famoso compromiso, ya clásicos desde la época de Sartre. Hay quiénes al compromiso lo entienden como la adhesión al reclamo político de comunidades diversas, menoscabadas por lo más común de la sociedad. De esa adhesión extraen su legitimidad. Pero bueno, no, el compromiso al que me refiero es otro, se trata de renegar, insistir, desistir, volver a la carga, vislumbrar y luego caer en desazón; repasar todo desde el comienzo y dejarlo para mañana y al levantarse…entrever lo que se quería y lanzarse otra vez sobre la obra, apasionadamente, para acordarse – súbitamente – que había que ir al súper, y ahí, en medio del montón de cualquieras, reprocharse que así no se va a encontrar lo que se busca…¡que falta de compromiso che!

Le llamo compromiso a esa lucha con la materia esquiva del arte y su renuencia a responder al lenguaje que disponemos para ella.

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– ¿Cómo? ¿Lenguaje?¿Qué tiene que ver el lenguaje?¡Que ganas de joder que tiene!, primero empieza hablando del gusto y ahora lo quiere encajar en el lenguaje, parece francés; mismo, mismo: un franchute charlatán que habla tanto que ya no se acuerda de lo que dijo.

Si me acuerdo, hablé de las moscas y cómo paparlas y de las fichan que caen. Hablé de lo que me fastidiaba y no entendía y un día entendí. Hablé de cómo hacer entrar la esquiva materia del arte en el lenguaje que se va elaborando para ella, porque entiendo el compromiso como el trabajo paciente de elaboración de un lenguaje que aprehenda esa sustancia y la convierta en arte. Eso “era” el compromiso para mí. Y entonces me enojaba porque, si de ese trabajo dependía el valor que podía darle a la obra de mis vecinos, al faltar, no tendría como valorar.

– ¿Y por que se enoja, si se puede saber?

Porque observo que el trabajo de algunos artistas se ha detenido. Algunos más tradicionales y ligados a la pintura, siguen pintando cuadros, pero muchos otros han parado la producción y sólo producen en ocasión de participar de lo que se llama, una clínica. O sea una instancia de reflexión y análisis sobre la obra y el arte. Por lo general conducida por un artista o critico de cierto prestigio que consigue, por un tiempo, levantar el entusiasmo por el arte. Pero luego la obra no sigue, o vacila, o queda ahí, a la espera.

Cuando le comenté esta circunstancia a una artista vecina* a quién aprecio y reconozco como tal, me contestó:

– ¿Y que te importa?

– ¿Cómo que me importa? Si no hay trabajo no hay obra, y si no hay obra, el artista no desarrolla su lenguaje.

– El lenguaje no es del artista.

– ¡¿Cómo?! ¿Y de quién es, entonces?

– ¡Del arte, de quién va a ser!

– ¿Y a vos eso no te parece mal?

– No, ¿por que habría de parecerme mal? El arte está hecho de lenguajes y el artista entra y sale de ellos con su sensibilidad, pero no tiene ninguna necesidad de desarrollar uno propio.

– ¡PLOP! (Interjección arcaica que indicaba que Popeye – otro arcaísmo -se caía de espaldas al recibir una sorpresa)

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ilustraciones: Paulo-Mosca

He ahí lo que se llama una brecha generacional, enorme, oculta, y a la vez a plena luz. Una que muestra a cielo abierto los cambios en la cultura y sus modos de valorar. Lo que entendí es que, en el arte, también se había operado el reemplazo de la experiencia personal por lenguajes y sistemas colectivos despersonalizados. Y esto no está ni bien ni mal, ocurrió, sólo que no me había dado cuenta que en el arte también.

El valor ahora se determina, no por el trabajo – fuente de la experiencia – sino por las capacitaciones en sistemas y la habilidad para manejarlos, por eso el lenguaje es del arte, como el diseño del mercado, o el software libre un ideal de las nuevas generaciones.

– ¡Jódase! ¡Elitista y ahora… retrógrado! ¡Páguese un curso de computación y deje el arte a las nuevas generaciones que la tienen re clara!

– ¡RE – PLOP!

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*José Luis Tuñón escribe un blog cultural.  Vive en la Patagonia y es referente cultural, artista y Psicoanalista. (Más sobre JLT aquí)

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