Día del escritor: al maestro, con cariño

Por Silvia Araújo*

                                                         “(Hemingway) Jamás ha utilizado una sola palabra que pudiese mandar al lector en busca de un diccionario”. (William Faulkner)

                                                  “Pobre Faulkner. ¿De veras cree que las grandes emociones surgen de las grandes palabras?”. (Ernest Hemingway)

LAS PELEAS ENTRE ESCRITORES NO REVISTEN MAYOR NOVEDAD. Atraviesan toda la literatura universal desde tiempos inmemoriales. Ya Cervantes en el prólogo de su monumental Don Quijote dispensaba algunas de las más memorables invectivas a su adversario de turno, el poeta Lope de Vega. Como es de suponer la literatura argentina no estuvo exenta de este tipo de reyertas en el que las hostilidades, los conflictos y las discrepancias dieron lugar a duelos y cruces, que no sólo  llegaron a dirimirse por  el camino de las letras sino, en algunas ocasiones,  por el de las armas.

Quizás, ninguna otra figura dentro de la literatura nacional haya encarnado esta pasión pendenciara y litigante, con tanta intensidad como Jorge Luis Borges. Toda su producción literaria está atravesada por las  formas más diversas  del diferendo, peleas entre malevos y compadritos, entre escuelas filosóficas, etc., que hacen de su obra,  un “breve cristal de la guerra” , según Alan Pauls.

Sin embargo, esta disposición disidente que opera, finalmente, como matriz narrativa de sus relatos, a su vez los excede. Fuera del papel, Borges sostuvo polémicas y discrepancias con escritores diversos. Si bien, sus  desavenencias hicieron objeto de burla a escritores y artistas como Mujica Láinez, Federico García Lorca, Marinetti, Martínez Estrada, Ernesto Sábato, quizás el más perdurable contendiente a lo largo de su vida fue el poeta  Leopoldo Lugones. A mediados de la década del veinte, cuando el joven Borges llega de España trayendo bajo el brazo todo el impulso renovador de la vanguardia ultraísta, Lugones es el Gran Poeta Argentino que ocupa el trono de la consagración modernista.  Desde la Revista Martín Fierro, Borges le dedicará algunos de los más memorables epitafios desde la sección el “Parnaso satírico”:

“Fue Don Leopoldo Lugones/ un escritor de cartel/ Que transformaba el papel/ En grandes papelones”

 

Borges oscila entre la  fascinación y el más fervoroso anhelo de destronarlo. Este vínculo ambivalente, marcado por el amor y el odio, la admiración y la detracción signará toda la relación entre ambos a lo largo de los años. Si bien, contrincantes perpetuos, cada uno se ocupará puntualmente de enviarle sus libros al otro. Mientras Lugones se limitará a agradecerlos con parquedad, el joven Borges no perderá oportunidad de hacer públicas sus opiniones, a menudo poco amables. Leopoldo Lugones muere en 1938. En 1960, cuando Borges ya es una figura central en el parnaso de las letras nacionales imaginará una escena resarcitoria  que quedará plasmada para siempre en el prólogo de El Hacedor. Una forma compensatoria de vindicación tardía, lejos ya de la irreverencia de la juventud vanguardista, para quien fuera su admirado maestro:

A Leopoldo Lugones

Los rumores de la plaza quedan atrás y entro en la Biblioteca. De una manera casi física siento la gravitación de los libros, el ámbito sereno de un orden, el tiempo disecado y conservado mágicamente. A izquierda y a derecha, absortos en su lúcido sueño, se perfilan los rostros momentáneos de los lectores, a la luz de las lámparas estudiosas, como en la hipálage de Milton. Recuerdo haber recordado ya esa figura, en este lugar, y después aquel otro epíteto que también define por el contorno, el árido camello del Lunario, y después aquel hexámetro de la Eneida, que maneja y supera el mismo artificio:

          Ibant obscuri sola sub nocte per umbram.

Estas reflexiones me dejan en la puerta de su despacho. Entro; cambiamos unas cuantas convencionales y cordiales palabras y le doy este libro. Si no me engaño, usted no me malquería, Lugones, y le hubiera gustado que le gustara algún trabajo mío. Ello no ocurrió nunca, pero esta vez usted vuelve las páginas y lee con aprobación algún verso, acaso porque en él ha reconocido su propia voz, acaso porque la práctica deficiente le importa menos que la sana teoría.

En este punto se deshace mi sueño, como el agua en el agua. La vasta biblioteca que me rodea está en la calle México, no en la calle Rodríguez Peña, y usted, Lugones, se mató a principios del treinta y ocho. Mi vanidad y mi nostalgia han armado una escena imposible. Así será (me digo) pero mañana yo también habré muerto y se confundirán nuestros tiempos y la cronología se perderá en un orbe de símbolos y de algún modo será justo afirmar que yo le he traído este libro y que usted lo ha aceptado.

J.L.B. 

Buenos Aires, 9 de agosto de 1960.

 

En El hacedor (1960)

 

Borges, por Borges. A Leopoldo Lugones. (Audio)

Conferencia de Borges sobre Lugones. Diciembre de 1963

 

 

*Silvia Araújo Editoria de Narrativas Digitales. Profesora en Letras UNPSJB, Argentina; especialidad en Letras Latinoamericanas de la Universidad Federal de Integración Latinoamericana (UNILA).

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