Espacio y literatura: cómo se trabaja el espacio en la teoría literaria

Por Ximena Picallo y Silvia Araújo*

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En la actualidad, se advierte en el ámbito de nuestra disciplina un creciente interés por el tratamiento del espacio en los textos literarios, que cuestiona y trasciende la clásica premisa de que éste, dentro del relato, es una forma secundaria e instrumental: el mero soporte de la acción (Garrido Domínguez, 1993: 207-237). En principio, debemos comenzar estableciendo que el espacio literario es un espacio verbal. Es decir, el espacio en la literatura es una construcción mental derivada de las imágenes que suscitan las palabras, de manera directa o indirecta, a través de procedimientos estilísticos y recursos retóricos. En segundo lugar, cabe recordar, que la visión dominante acerca de la espacialidad que prevaleció en la modernidad occidental y en la tradición de los estudios literarios tiene que ver con el espacio visto como un recipiente vacío, dentro del cual se desarrolla el drama real. De esta manera, el espacio ha sido tratado como una entidad inmóvil, muerta, fija; en oposición al tiempo: fecundo, vivo, dialéctico (Wegner, 2002: 179-2001).

Inicialmente, se nutre de la tradición retórica, siguiendo los modelos de Homero, Virgilio y Ovidio en lo que respecta a la presentación de la naturaleza, en tanto fórmulas fijas y cristalizadas estilísticamente. Este modelo, surgido en la Antigüedad greco-latina con influencia en la poesía bucólica, se extiende a la Edad Media con su influjo en la épica. De esta manera, y a lo largo del tiempo, comienza a producirse una estandarización del espacio, expresado en tópicos como el locus amoenus.

Durante el Renacimiento, el tratamiento de lo espacial se apoya en dos pilares que remiten también a las raíces clásicas: la valoración bucólica de la Arcadia ideal y la vuelta a la naturaleza; y el menosprecio de la Corte y la alabanza de la aldea. Por ello, los ambientes bucólicos, como lo platea Horacio Capel, s0n recurrentes en la literatura de la época, especialmente en la novela pastorili y en la poesíaii (Capel, 2001: 117).

Es hacia fines del Siglo XVIII, a partir de la filosofía kantiana que define al espacio y al tiempo como formas indispensables para todo conocimiento, en que se insiste en la importancia de la categoría de espacio. Puesto que, para Kant, tanto el tiempo como el espacio no son realidades independientes del sujeto cognoscente sino formas a priori de la sensibilidad, es decir, formas que el psiquismo impone a todo aquello que pueda ser conocido. Por ello, en el ámbito de la literatura, es en el Siglo XIX y fundamentalmente a partir de Honoré de Balzac y de la novela realista, que el tratamiento del espacio adquiere una naturaleza explicativa y simbólica. Revela y justifica la psicología de los personajes de la cual es a la vez signo, causa y efecto, en total concordancia con las teorías sociológicas, biológicas y antropológicas del momento, que afirman que el hombre está sometido a la dependencia de los lugares y los medios que lo rodean.

Sin embargo, es recién en el Siglo XX que la categoría de espacio, en nuestra disciplina, comienza lentamente a ser problematizada, hasta culminar en la actualidad en lo que se perfila como un nuevo giro epistemológico en las ciencias sociales y humanas: el giro espacial. En esta presentación nos interesa destacar, los que consideramos antecedentes de esta nueva perspectiva de análisis en el ámbito de los estudios literarios. Al respecto, consideramos insoslayables los aportes fenomenológicos de Gastón Bachelard en su Poética del espacio (1957), la categoría de cronotopo que desarrolla Mijaíl Bajtín en su Teoría y estética de la novela (1975), las reflexiones sobre la estructura del topos de Iuri Lotman en Estructura del texto artístico (1973), y los planteos sobre la descripción llevados a cabo por la narratología francesa, en particular los de Gerard Genette en “Fronteras del relato” (1966) y Philippe Hamon en Introducción al análisis de lo descriptivo (1991).

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En relación con los aportes de Gastón Bachelard, cabe destacar su noción de topoanálisis definida como: “el estudio psicológico y sistemático de los parajes de nuestra vida íntima” (Bachelard, 1965: 27).Según el autor, el objetivo del topoanálisis es el estudio del “espacio feliz” o “espacio de la ensoñación” que se correspondería con la imagen de la “casa onírica”, entendida, en términos de Carl Jung, desde el punto de vista arquetípico. A partir de las nociones de ánima y ánimus Bachelard establece una dialéctica entre el adentro, espacios femeninos de bienestar, albergue y protección del ánima; y el afuera, espacios de hostilidad y exterioridad del ánimus:

Todo espacio realmente habitado lleva como esencia la noción de casa. Veremos cómo la imaginación trabaja en ese sentido cuando el ser ha encontrado el menor albergue: veremos a la imaginación construir “muros” con sombras impalpables, confortarse con ilusiones de protección o, a la inversa, temblar tras unos gruesos muros y dudar de las más sólidas atalayas. En resumen, en la más interminable de las dialécticas, el ser amparado sensibiliza los límites de su albergue. Vive la casa en su realidad y en su virtualidad, con el pensamiento y los sueños (Bachelard, 1965: 35)

Es decir, la “casa onírica” constituiría el espacio primario en el que el hombre desarrolla el concepto de habitar, no sólo en los espacios materiales, sino también en los espacios que la imaginación crea gracias a las imágenes. La casa se concibe, entonces, como el espacio poético captado por la imaginación:

El espacio captado por la imaginación no puede seguir siendo el espacio indiferente entregado a la medida y a la reflexión del geómetra. Es vivido. Y es vivido, no en su positividad, sino con todas las parcialidades de la imaginación… Concentra el ser en el juego interior de los límites que protegen (Bachelard, 1965: 28)

Además de la ya referida “casa onírica”, Bachelard caracteriza distintos tipos de casas: por un lado, la casa de la infancia que habita en la memoria y se corresponde a los recuerdos del pasado y por otro, la casa soñada que se aloja en la imaginación y atañe al futuro, al lugar que se sueña con habitar. Entonces, habitar un espacio implica que el sujeto lo revista de significantes para hacerlo reconocible y familiar y así, poder vivirlo subjetivamente. De esta manera y a partir de la confluencia de distintas disciplinas como la retórica, el psicoanálisis y la fenomenología, Bachelard enlaza percepción, imaginación y memoria, para analizar cómo los espacios se instauran a partir de la posición del sujeto respecto del lugar.

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Por otra parte, cabe destacar en tanto los antecedentes referidos anteriormente, la categoría de cronotopo que elabora Mijaíl Bajtín, rechazando la idea kantiana de que los a priori espacio y tiempo son inherentes a la conciencia del sujeto. Para Bajtín, las nociones de espacio y tiempo son generadas por la materialidad del mundo, y por ello pueden ser objetivables para su análisis. Propone, entonces, la categoría de cronotopo, la cual implica “la conexión esencial de las relaciones temporales y espaciales asimiladas artísticamente en la literatura” (Bajtín, 1989: 237). Es decir, el cronotopo es la unidad espacio-tiempo, indisoluble y de carácter formal expresivo. Es un discurrir del tiempo, densificado en el espacio; y del espacio en el tiempo, donde ambos se interceptan y se vuelven visibles y apreciables desde el punto de vista estético. En palabras de Bajtín:

En el cronotopo artístico literario tiene lugar la unión de los elementos espaciales y temporales en un todo inteligible y concreto. El tiempo se condensa aquí, se comprime, se convierte en visible desde el punto de vista artístico; y el espacio, a su vez, se intensifica, penetra en el movimiento del tiempo, del argumento, de la historia. Los elementos del tiempo se revelan en el espacio, y el espacio es entendido y medido a través del tiempo. (Bajtín, 1989: 237-238)

Los cronotopos para Bajtín tienen, en primer lugar, una importancia semántica, son centros organizadores de los acontecimientos novelescos, permiten la narración del suceso ya que son el vehículo de la información narrativa; y en segundo lugar, tienen una importancia figurativa, en el cronotopo el tiempo se concreta, se hace visible, se materializa en el espacio, revela la “visión de mundo”iii. Sin duda, Bajtín demostró, a partir de la noción de cronotopo, no sólo cómo la concepción espacio temporal ha ido cambiando a través del tiempo, sino también cómo su expresión en las obras literarias determina la concepción del mundo y la imagen del hombre que se percibe en ellas.

Este es el sentido que también le otorga Iuri Lotman a la categoría de espacio cuando afirma:

Tras la representación de las cosas y objetos en cuyo ambiente actúan los personajes del texto surge un sistema de relaciones espaciales, la estructura del topos. Además de ser un principio de organización y de distribución de los personajes en el continuum, la estructura del topos se presenta en calidad de lenguaje para la expresión de otras relaciones, no espaciales, del texto. (Lotman, 1973: 283).

Para Lotman, la expresión de esas otras relaciones surge cuando el espacio se convierte en modelo de la estructura del espacio del universo. En este nivel de construcción de modelos supratextuales puramente ideológicos, el lenguaje del espacio se revela como uno de los medios fundamentales de construcción, expresión e interpretación de la realidad, ya que refiere a modelos culturales de contenido no espacial:

Los modelos históricos y lingüísticos nacionales del espacio se convierten en la base organizadora para la construcción de una “imagen del mundo”, un modelo ideológico global propio de un tipo de cultura dado (Lotman, 1973: 272).

Este espacio semiotizado, va alejándose, sin duda, de aquellas primeras propuestas que lo reducían a un mero auxiliar de la narración o le atribuían un mero valor referencial. En este sentido, la narratología se reconoce heredera del concepto de cronotopo de Mijaíl Bajtín y de estructura del topos de Iuri Lotman. Este conjunto de estudios y propuestas teóricas sobre el relato, desarrollados durante las décadas del 1960 y 1970 en el seno de la revolución estructuralista, fue otorgando mayor atención a la dimensión espacial en la narrativa. Al respecto destacan los aportes de Gérard Genette, quien considera que el espacio es una categoría fundamental, junto al tiempo, de la estructura narrativa y, en consecuencia, analiza la dicotomía narración/descripción. Señala que esta dicotomía siempre ha supuesto una diferenciación entre un aspecto activo de la narración (las acciones y los acontecimientos) y otro contemplativo de la descripción (los objetos y los personajes). No obstante, en cuanto modo de representación literaria, sostiene que la descripción no se distingue con nitidez de la narración. Más aún, establece cierta jerarquización de la descripción en tanto considera que “es más fácil describir sin contar que contar sin describir” (Genette, 1999: 204). Sin embargo, y a pesar de esta supuesta jerarquización, sostiene a continuación que la descripción no deja de ser un “simple auxiliar del relato” (Genette, 1999: 205). Por ello, lo esencial, para este autor, en tanto el estudio de la descripción es el análisis de sus funciones diegéticas, es decir el papel que juegan los pasajes descriptivos en la economía general del relato. De esta manera, considerada la descripción como forma de representación literaria, queda reducida a un aspecto del acto narrativo y se incluye en su misma noción. No obstante el avance en las reformulaciones teóricas que propone Genette en tanto la categoría de espacio, y más particularmente con respecto a los enunciados descriptivos, desde una perspectiva narratológica clásica el espacio diegético queda nuevamente subordinado a la narración debido a su esencial función de marco.

Será recién Philipphe Hamon, también desde una línea narratológica, con su obra Introducción al análisis de lo descriptivo (1991), quien se detendrá en la teorización de la descripción como una competencia específica, que responde a un “pacto comunicacional” entre un emisor (descriptor) y un lector (descriptario) y no simplemente a marcas específicamente textuales. En este sentido, rechaza la concepción de la descripción como “ancilla narrationis”, y propone considerar lo descriptivo como una red semántica en la que se puede establecer una distinción entre una denominación (pantónimo) y una expansión (lista en yuxtaposición, nomenclatura, o un grupo de predicados):

El pantónimo es, entonces, o bien una construcción del texto, o bien la resultante de una actividad de lectura por parte del lector en el caso que su lexicalización, optativa, no esté concretada. La búsqueda de un denominador común semántico para toda la “lista” desarrollada por el texto parece reclamar claramente, en un sistema legible, la presencia lexicalizada en una denominación común y, parece ser una constante de toda lectura: y en la caso en que no es perceptible ninguna nomenclatura o no es perceptible ninguna palabra clave, el pantónimo se desplazará del plano lingüístico y explícito al plano metalingüístico e implícito, y el lector, según su competencia literaria, concluirá que se trata de una descripción (Hamon, 1991: 139)

De esta manera, se intenta subsanar el haber relegado a un segundo nivel los elementos descriptivos, propios de la textualización de los espacios, frente a los específicamente narrativos.

Sin embargo, y más allá de lo expuesto, no será hasta fines del Siglo XX que el espacio cobre una central importancia dentro de los estudios literarios, trascendiendo los intereses tradicionales de nuestro campo de estudio para habitar los cruces interdisciplinarios del considerado giro espacialiv.

En términos generales, más allá de la diversidad de proyectos que se aúnan en este giro espacial, sus principales premisas, en tanto concepción del espacio, son las siguientes:

  1. Interpretar al espacio y a la espacialidad interdisciplinarmente.
  2. Considerar que los espacios son constructos sociales, culturales y discursivos.
  3. Priorizar la categoría de lugar frente a la de espacio, en tanto aquella refiere a los espacios que se vuelven significativos por la acción humana y se transforman en lugares de la historia y de la identidad.

En esta línea de pensamiento, es ineludible mencionar el trabajo del geógrafo Edward Soja, por la influencia que posee actualmente en el campo de los estudios literarios. La trialéctica espacial que propone, a partir de los aportes de Henri Lefebvre (1974), intenta deconstruir la lógica binaria del pensamiento espacial tradicional, que históricamente ha regido en los estudios literarios y en las ciencias sociales. De esta manera, Soja distingue entre un primer espacio perteneciente al mundo físico, material y mensurable; un segundo espacio referido al ámbito de las ideas y de las representaciones, mental y subjetivo; y un tercer espacio que el autor plantea como una nueva forma de pensar sobre el espacio y la espacialidad social. Aquel que es modelado y dominado por la política y la cultura, pero que a la vez es inseparable e interdependiente de los otros dos espacios. Este tercer espacio implica, entonces, una estrategia crítica que Soja denomina “terciarización crítica en tanto alteridad” o “lo tercero como otro”, en tanto el tercero introduce un “otro” crítico, una elección que habla y critica a través de su otredad (Soja, 1997: 75).

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Edward Soja

Cabe señalar que la propuesta de Soja, aplicada a los estudios literarios, plantea discusiones aún no saldadas en cuanto a la distinción y operatividad analítica de esta trialéctica espacial. En principio, el llamado primer espacio no resultaría pertinente al ámbito literario, ya que si éste en literatura es un espacio verbal, su materialidad está mediatizada ya en términos discursivos. Por lo tanto, según la clasificación propuesta por Soja, nos hallaríamos inevitablemente en el segundo espacio, es decir ante su representación textual. Ahora bien, aun partiendo de esta premisa, la identificación discursiva del tercer espacio también nos plantea obstáculos interpretativos; ya que no siempre es posible advertir su existencia textual de forma clara y tangible. En este sentido, y teniendo en cuenta el carácter crítico y deconstructivo que le atribuye Soja, tal vez, éste podría pensarse desde nuestro ámbito a partir de la inclusión de voces contrahegemónicas en lucha y tensión con las discursividades que se arrogan la representación totalizante del texto.

Como se desprende del sucinto panorama hasta aquí expuesto, se advierte que la categoría de espacio ha ido ampliándose y complejizándose en nuestra disciplina, desde los tempranos planteos de la retórica hasta las recientes perspectivas interdisciplinarias. De esta manera, durante el Siglo XX y XXI, se nos previno sobre la ingenuidad de pensarlo como una simple referencia a una realidad exterior al texto; y se estableció, por ejemplo, que dentro de sus funciones se hallaba la de la organización del material narrativo, en tanto factor de coherencia y cohesión textual; la de contribuir a la construcción de lo que Roland Barthes denomina “efecto de realidad”, o aquella que refiere a su capacidad para convertirse en exponente de relaciones de índole ideológica o psicológica.

Igualmente, en los estudios literarios, su tratamiento es aún insuficiente, mientras no escapemos a la tendencia meramente clasificatoria y descriptiva; y arriesguemos en pos de qué problemáticas nos interesa el estudio de esta categoría. Hasta tanto no nos hagamos esa pregunta, el espacio y sus múltiples sistematizaciones, seguirá aún sin proporcionarnos respuestas.

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http://luskin.ucla.edu/edward-soja

NOTAS 

i Por ejemplo en Sannazaro, La Arcadia, 1549; Gil Polo, Diana enamorada, 1564; Jorge de Montemayor, Diana, 1593; Cervantes, La Galatea.
ii Por ejemplo Garcilaso o Gil Polo.
iii Bajtín advierte por ejemplo la importancia que tiene la fijación del cronotopo en los géneros literarios:
  • El cronotopo de la narración grecolatina es poco “realista”: su espacio es un lugar remoto y mágico, y su tiempo es el de la simultaneidad y la coincidencia. Un cronotopo que traslada al lector a un “universo abstracto y ajeno”.
  • El cronotopo de la picaresca o del Quijote funciona a partir del “camino” o la “venta”. El tiempo se diluye en el espacio y fluye por él (formando el camino), generando la metaforización del camino.
  • El cronotopo característico de la novela gótica de finales del siglo XVIII y de la novela histórica romántica es el “castillo misterioso”, como espacio saturado del pasado histórico.
  • El cronotopo de las novelas realistas, fundamentalmente las de Stendhal y Balzac, ha sido el “salónrecibidor” como lugar de cruzamiento de las series espaciales-temporales. En él tienen lugar encuentros, intrigas y diálogos. Es un lugar donde se combina lo sociopúblico con lo particular o privado.
  • El cronotopo de la “pequeña ciudad provinciana”, inventado por Flaubert, refiere a la ciudad de casas pequeñas y calles somnolientas, a un lugar del tiempo cotidiano y cíclico que carece de un discurrir histórico progresivo y parece detenido.
  • Uno de los cronotopos característicos de las novelas de los años noventa aparece con “el pequeño apartamento urbano donde vive solo el protagonista”. Lugares exiguos y simétricos desde los que se contemplan las calles de la gran ciudad, y a los que sucede la promiscuidad de las cafeterías o de los restaurantes, la relación casual iniciada en la portería o en el parque próximo a la vivienda.
iv Desde la década de 1990, aproximadamente, han ido emergiendo formaciones interdisciplinarias centradas en las problemáticas del espacio, el lugar y la geografía cultural desarrolladas por:
  • Teóricos sociales e historiadores: Arjun Appadurai, Michel de Certeau, Mike Davis, Michael Foucault, Anthony Gidens, Henri Lefebvre, Saskia Sassen,
  • Geógrafos: Derek Gregory, David Harvey, Doreen Massey, Neil Smith, Edward Soja, Yi-Fu Tuan,
  • Arquitectos: Rem Colas, Manfredo Tafuri, Bernard Tschumi,
  • Antropólogos: James Clifford, Allen Feldman, Paul Rabinow,
  • Filósofos: Edward Casey, Giles Deleuze, Jacques Derrida, Elizabeth Grosz,
  • Críticos literarios y culturales: bell hooks, Fredric Jameson, Caren Kaplan, Louis Marin, Meaghan Morris, Kristin Ross, Edward Said, Raymond Williams

 

 

BIBLIOGRAFÍA

BACHELARD, Gastón. (1965) La poética del espacio. Buenos Aires: F.C.E. BAJTÍN, Mijaíl. (1989) “Las formas del tiempo y del cronotopo en la novela. Ensayos sobre Poética Histórica” en Teoría y estética de la novela. Madrid: Taurus. CAPEL, Horacio. (2001) Dibujar el mundo. Borges, la ciudad y la geografía del Siglo XXI. Barcelona: Serbal. GARRIDO DOMINGUEZ, Antonio. (1993) “El espacio” en El texto narrativo. Madrid: Síntesis. GENETTE, Gérard. (1999) “Fronteras del relato” en Análisis estructural del relato. Buenos Aires: Tiempo Contemporáneo. HAMON, Philippe. (1991) Introducción al análisis de lo descriptivo. Buenos Aires, Edicial. LOTMAN, Iuri (1973). Estructura del texto artístico. Madrid: Istmo. SOJA, Edward W. (1997) “El tercer espacio. Ampliando el horizonte de la imaginación geográfica”. Por Sandra Albino y Andrés Barsky. Geographikós, Nº 8, 2º semestre. WEGNER, Phillip. (2002) “Spatial Criticism: critical geography, space, place and textuality” en Wolfreys, Julian (Ed.). Introducing criticism at the 21st century. Edinburgh: Edinburgh University Press.

*Ximena Picallo es magister en Letras por el Colegio de México. Es docente en las cátedras Metodología de investigación literaria y Epistemología de la investigación literaria en la UNPSJB, Patagonia Argentina. Lee más de Picallo aquí.

*Silvia Araújo es docente de Literatura Argentina y Teoría Literaria  en la UNPSJB y Especialista en literatura latinoamericana por la UNILA.- Brasil. Es editora de NarrativasDigitales. Más de Araújo aquí.

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2 comentarios en “Espacio y literatura: cómo se trabaja el espacio en la teoría literaria

  1. El tema del espacio, de la deixis es fundamental en el relato. gracias por el artìculo. Estoy trabajando novela gràfica, que condensa el espacio y el tiempo.

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  2. Gracias por el acceso al texto, magnifico para entender el viraje conceptual y operativo del espacio, desde el punto de vista literario, a través de diversas épocas; estoy en tema de la Novela Telúrica, fascinada con autores y autoras latinoamericanos.

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