Las pequeñas manadas sonoras de Kafka, en su aniversario

Se cumplieron ayer (3 de julio) 130 años del nacimiento de Kakfa, y hubo algunas menciones en las redes sociales, destacándose Google por su doodle sobre la Metamorfosis. Pensamos entonces en cómo Narrativas Digitales podía sumarse al ejercicio de releer a Kafka (homenajes, si los hay), y reflotamos tres fragmentos del libro “Cómo se escribe el diario íntimo”, una selección e introducción de Alan Pauls para El Ateneo,  1996; y a continuación, transcribimos parte del prólogo donde refiere al autor. También es posible descargar el prólogo completo más abajo.

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“16 de diciembre. No abandonaré más este diario. Debo aferrarme a él, ya que no puedo aferrarme a otra cosa. Me gustaría explicar el sentimiento de felicidad que de vez en cuando siento en mí, como ahora. Es realmente algo efervescente, algo que me colma completamente con livianos y agradables estremecimientos, y me persuade de ciertas aptitudes, de cuya inexistencia puedo en cualquier momento, en este mismo momento, convencerme con absoluta certeza”.

“17 de diciembre. El hecho de haber tirado y tachado la mayor parte de lo que escribí durante este año, en realidad casi todo me resulta ahora un obstáculo para seguir escribiendo. Es en verdad una montaña, cinco veces más voluminosa que todo lo que había escrito hasta ahora, y su magnitud basta para arrastrar hacia sí todo lo que mi pluma escribe.”

 

1911

“9 de octubre. Si alguna vez llegara a los cuarenta años, probablemente me casaría con una solterona de incisivos superiores protuberantes, parcialmente descubiertos por el labio de arriba. Los incisivos superiores de la señorita K., que estuvo en París y en Londres, están torcidos el uno hacia el otro, como dos piernas ligeramente cruzadas a la altura de las rodillas. Pero es difícil que llegue a los cuarenta años; me lo dice por ejemplo la tensión que a menudo siento en la mitad izquierda del cráneo, que se me antoja una especie de lepra interna y que, si hago abstracción del malestar y sólo decido observarlo, me produce la sensación de esos cortes trasversales del cráneo en los libros de texto, o de una disección indolora del cuerpo vivo, donde el cuchillo, un poco refrescante, cuidadoso, deteniéndose a menudo, volviéndose atrás, y de vez en cuando descansando, recortara constantemente membranas finas como el papel muy cerca de sectores del cerebro en plena actividad.”

Kakfa y Lucile

 Al respecto de la selección que hizo sobre Diarios, de Franz Kafka, Buenos Aires, Emecé. 1968. Traducción de J. R. Wilcock, Pauls dice:

(…) Basta leer el diario de Kafka (el ejemplar y a la vez el tratado más radicales del género) para comprender hasta qué punto esas imputaciones (soledad, solipsismo, evasión) resultan patéticamente irrelevantes a la hora de dar cuenta de la práctica del diario en este siglo. En tanto se define por la marca que la catástrofe imprime en el género, no hay diario íntimo que sea sólo una expresión individual, y por más privada que parezca, la esfera de su enunciación siempre permite articular voces, formas y experiencias ajenas. Kafka demuestra cuál es en verdad, la nueva condición del escritor de diario íntimo en la era del Maelstrom. No un solitario sino su más artero enemigo: un célibe. El célibe es la gran figura conceptual y política que Kafka opone, al mismo tiempo, al que se “evade” del mundo y al que lo abraza, al escéptico y al comprometido, y su vocación, aquello que lo insta todos los días a tener menos, a profundizar su sobriedad, a sólo tener “dientes para la propia carne y carne para los propios dientes”, es la vocación del diario íntimo, la forma soltera por excelencia. Claro que no se es soltero estando solo: hace falta trabajar; una política, muchos imposibles, todo aquello que la soledad pura, al permanecer siempre del lado de la víctima, jamás podrá procurarse. La historia de los matrimonios frustrados de Kafka es la puesta en escena  más cómica y violenta que ha dejado de su teoría del celibato: “ Vivir lo más ascéticamente posible , más ascéticamente que un soltero; ésta es para mí la única posibilidad de soportar el matrimonio. Pero, ¿y ella?”. Kafka no se queda soltero; dice que no, lo que es radicalmente distinto, porque en esa negatividad obcecada, inasimilable, que se rehúsa a todo sin proponer nada a cambio, descansa la fuerza, el alcance y el carácter político del celibato. Es la fórmula de Bartleby, ese otro gran célibe inventado por Melville: Preferiría no hacerlo…

Decir que no, ayunar, abstenerse, llegar incluso a la anorexia con tal de rechazar lo existente, el tipo de intercambios y de relaciones que propone, las formas de vida que reproduce. Ser más extranjero que un extranjero en “el seno de mi familia, en medio de las personas mejores y más amables”, y también ser un extranjero “en este mundo que se desintegra”. Devenir clandestino de célibe y del diario íntimo, personaje y forma fuera de la ley que se recortan contra el fondo de una vida que las fuerzas del exterminio han vuelto intolerable, invivible. El soltero no tiene nada ante él y tampoco detrás, “no tiene más que este momento, el momento incesante de la pena”, y está “Fuera de nuestro pueblo, fuera de nuestra humanidad, hambriento ya para siempre”. Tiene su úlcera, su anemia, su cansancio: es el agotado. (Todo escritor de diarios íntimos es siempre un personaje de Beckett.) Y tiene el diario, en cuyas páginas, día tras día, prosigue esa vigilancia clínica del mal que es, a la vez, su suplicio y su única condición de salud, el tormento del mundo y también la posibilidad de su redención.

Es la misma idea de Jünger, que encuentra en el diario el último refugio de resistencia, “el único diálogo posible que subsiste en el Estado Total”. Allí, en ese territorio propio, expropiado, el soltero organiza sus pocas fuerzas y se dedica a entrenarlas, presta atención a los mormullos nuevos, respira un aire extranjero, entra en un sistema desconocido de sonidos, de olores y de luces. Las pequeñas manadas sonoras de Kafka; las voces del hermano muerto en Mansfield, lo bajo en Gombrowicz…Es la gran función del género en los tiempos del terror: hacer posibles la percepción y la multiplicidad de los tonos, devolverle a la forma su potencia amenazante. En el diario, que es la morada política del célibe, el escritor, el extenuado, dice que no a la batalla y la suspende, y día tras día sigue, desde el fondo del cansancio, siempre a pérdida, reuniendo todas sus banderas.

 

Alan Pauls

Para descargar el prólogo completo. AQUI

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