Esperando "Lumbre" de Ronsino (sobre territorios y cartografías)

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Por Silvia Araújo*

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Hay escritores que crean personajes memorables, dotados de atributos y de gestos tan únicos y singulares que permanecerán, seguramente, para siempre en la galería de las celebridades literarias: el Silvio Astier de Arlt, el Renzi de Piglia, el Funes de Borges, etc. Otros, en cambio, menos dados a explorar las rarezas y avatares del alma humana se vuelcan a la construcción de territorios y cartografías propias, que no sólo operan como marco para el desarrollo de una trama, sino que muchas veces adquieren el estatuto casi de protagonistas de la historia. Parajes imaginarios que, a fuerza de lecturas, se transforman en dominios populares en el mapa de la ficción argentina.

EL ESCRITOR Y LA CONSTRUCCIÓN DEL PROPIO TERRITORIO

Seguramente, Juan José Saer sea el representante más acabado de esta disposición. Al punto que Julio Premat lo señala como “un escritor del lugar”. Porque ser escritor en Saer dice:

“(es) ser un escritor con un territorio, un escritor que se construye un lugar, que transforma las coordenadas del propio origen para hacer de él el cimiento de una identidad literaria”.

Y así, la mítica Colastiné, el río y la familia saeriana compuesta por: Pichón y el Gato Garay, Soldi, Tomatis, Leto y Washigton Noriega, trazan las líneas nodales del proyecto escriturario de Saer basado en dos postulados básicos: expansión y variación. Toda la obra del escritor santafecino descansa sobre la arquitectura de una poética coherente y homogénea sustentada en la diseminación de indicios que presuponen y anticipan textos posteriores. De esta manera, el lector atento de Saer descubrirá que en “La zona” ya formula la primera novela redactada, “La vuelta completa”, y varias ulteriores, como “Glosa” y “La grande”; o que “En las tiendas griegas”, la novela histórica que reproduce el dactilograma descubierto entre los papeles de Washigton Noriega en “La pesquisa”, es un cuento, titulado “En línea”, en el libro “Lugar”.

Así, a la manera de un Balzac vernáculo, todo parece haber sido previsto de antemano desde el primer libro. Toda la obra de Saer es un cruce constante de personajes y situaciones que dejan la puerta abierta para otra peripecia, la que dará paso a otro libro que, a la manera de un eco, resonará como conocido y diferente a la vez para el lector.

MATERIALES: CARTOGRAFÍA Y FRAGMENTO

Con una escritura fragmentada, un paisaje de pueblo de provincia de Buenos Aires y personajes que se repiten de texto en texto, la modesta obra de Hernán Ronsino, constituida hasta el momento por un libro de relatos y dos novelas, sigue la tradición inaugurada por el escritor santafecino.

Si en “Glosa”, Ángel Leto y el Matemático caminan por la ciudad conversando sobre un asado al que ninguno de los dos asistió, en “La descomposición”, en cambio, Bicho Souza y Abelardo Kieffer consuman el ritual de la carne en el asador en torno al cual dialogan y rememoran. Así, ya en su primera novela, Ronsino marca su filiación saeriana de forma explícita cuando pone en boca de uno de sus personajes una alusión a “El limonero real”: “Bicho come limones como si fueran frutas. Dice que se acuerda siempre de un libro raro que leyó sobre una familia de pescadores y un limonero”.

En “Glaxo”, su segunda obra, nuevamente aparece la narrativa fragmentada de su novela preliminar con cuatro monólogos fechados: el del Flaco Vardermann (1973), el del Bicho Souza (1984) personaje central de la novela anterior, el de Miguelito Barros (1966) y el de Folcada (1959). A la pluralidad de voces en el relato se añade el intercambio dialógico que “Glaxo” establece con “Operación masacre” de Rodolfo Walsh a partir de un epígrafe que inaugura y, al mismo tiempo cierra el relato, cuando en el último monólogo nos enteramos que Folcada es uno de los suboficiales involucrados en la matanza de José León Suárez. Pero, quizá, el nexo más fuerte entre la primera y la segunda novela de Ronsino siga siendo el paisaje de pueblo devastado en el que se desarrollan las acciones de ambos relatos. Si al comienzo de “La descomposición” se lee:

En un par de meses, cuando los árboles se llenen de hojas, el puente del ferrocarril se volverá un recuerdo de esta época”, en “Glaxo” la novela comienza con el Flaco Vardermann, que sueña con trenes que descarrilan, mientras observa desde la peluquería el desmantelamiento definitivo de esas vías del tren que dejan “el recuerdo de un tajo, irremediable, en la tierra”.

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LO QUE VIENE: “LUMBRE” Y LA CONSTRUCCIÓN DEL SILENCIO

La editorial Eterna Cadencia acaba de anunciar la nueva novela de Hernán Ronsino: “Lumbre”.

Aparentemente, la muerte de Pajarito Lernú, personaje de “La descomposición”, es la excusa que reúne a Bicho Souza con el narrador, según lo que han dejado trascender en un fragmento de la novela publicado en el blog de la editorial. En el breve itinerario que realizan los personajes otra vez aparece la Glaxo, el Munich, la estación Norte y la referencia a esas vías de ferrocarril que ya constituyen un sello ineludible en el paisaje del escritor de Chivilcoy: “Antes, acá, terminaban los trenes (…) Caminamos, ahora, por el barrio Fonavi. Desde que se construyó, sobre los terrenos ferroviarios, el barrio se deteriora, silencioso”

Habrá que esperar hasta agosto, entonces, para deambular nuevamente por ese paraje entrañable inventado por Ronsino y corroborar una vez más, lo que pone en boca de uno de los personajes de su nueva novela: “El Viejo me enseñó a no ser explícito. Es necesario construir los silencios. Esa es una buena forma de decir, dijo alguna vez”.

No falta nada para agosto. Quizá, mientras esperamos, no estaría mal releer alguna de las novelas anteriores y ratificar que Ronsino con una voz propia, hecha de retazos, silencios y alusiones, edifica un nuevo territorio en la cartografía imaginaria de la narrativa argentina.

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*Silvia Araújo es profesora en Letras especializada en Letras Latinoamericanas  -Universidad Federal de Integración Latinoamericana (UNILA) y edita NarrativasDigitales. Ver más textos de la autora aquí.

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