Retornos al realismo: apuntes sobre el caso Laiseca

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Por Hernán Bergara

            Sin dudas, la marca más convincente de un realismo literario mal curado, en la literatura argentina, es su permanente reincidencia en él. Esto, entre nuestras letras y siguiendo a María Teresa Gramuglio, se acentuaría. En “El realismo y sus destiempos en la literatura argentina”, postula que en esta literatura existen ciertos indicadores de una estética realista, aunque a destiempo con respecto a su surgimiento y finalización en Europa en el siglo XIX. La postergación o autocensura de un escrito inaugural como El matadero de Esteban Echeverría, al que Gramuglio confiere características realistas entre las que constituyen ese texto híbrido, marcaría el primer destiempo: escrito en 1840, época del promisorio surgimiento de la estética realista en Europa, no es publicado sino hasta 1871, época en la que, en Europa, amaina. Gramuglio grafica en la literatura argentina una estética realista intermitente, tímida (Gramuglio, 24) o débil como estética dominante. Pero, por eso mismo, recurrente, de un retorno libre y anacrónico, arbitrario, residual, duro de erradicar.

“…si fueron los textos europeos los que funcionaron como modelos [de realismo] para nuestros novelistas, ello ocurrió precisamente en el momento en que el realismo (y la filosofía positivista que a él se asociaba) empezaba a ser cuestionado por las nuevas tendencias de fines del siglo XIX. Este desencuentro es otro indicador de los “destiempos” del realismo en la literatura argentina.” (Gramuglio, 25)

            Posiblemente, este destiempo que Gramuglio señala como marca distintiva de la circulación del realismo (como estética mimética respecto de la realidad) en la literatura argentina contribuye a una perspectiva desde la cual cabría no asombrarse por su (¿eterno?) retorno.

Sobre el realismo delirante

 

            El concepto, la construcción gramatical realismo delirante, plantea de por sí un problema: el adjetivo pone en jaque al sustantivo al modo del oxímoron o de la paradoja. ¿Puede un realismo delirar y continuar su vínculo con la realidad? ¿Qué vínculo con la realidad intenta el realismo delirante?

            Alberto Laiseca construye la tentativa para su obra:

“Con ese realismo delirante que es mi estilo, con todos esos cálculos absurdos, en verdad, no hago otra cosa que ponerme a la altura del universo, porque el universo es realista delirante. Hay absolutos en el universo, pero en la minuta del asunto, en la resolución final de los procesos, no hay exactitud sino más bien incertidumbre. Entonces, hacer cálculos ridículos (…) es un modo de situarse a la altura del universo” (En Speranza, 200)

            Aún no hay una aproximación al concepto de realismo delirante. Pero en esta apreciación teórico-crítica de Laiseca ya hay un atisbo del modo en el que lee su propia obra a partir de este concepto. La respuesta a la entrevista con Graciela Speranza está vinculada, en ese marco, a una pregunta que la entrevistadora le formulara acerca de los cálculos extraños que aparecen en los textos de Laiseca, y de si sus resultados son matemáticamente correctos. Sin embargo, la respuesta podría ser a la pregunta por el realismo delirante en general. Porque en los implícitos de la teorización de Laiseca acerca del realismo delirante está, por ejemplo, la respuesta a cuál es la realidad a la que se apunta con estos cálculos. Una realidad que, definitivamente, no es la clásica realidad social que objetan los realistas modernos del XIX o que el realismo socialista realza sobre mediados del siglo XX. La realidad que Laiseca adopta como referencia es la lógica cósmica del universo, por decirlo en forma desmesurada pero no inadecuada. Estar “a la altura del universo” es la referencia de la verosimilitud del realismo delirante, mucho antes que, o en lugar de, la propia sociedad.

            Su diferencia fundamental respecto del tipo de realismo que apunta a una mímesis con respecto a lo social o a referencias “reales” es que éste, el delirante, estaría asentado en abstracciones de la ciencia en un sentido amplio (incluidas las ciencias ocultas) y de la metafísica. Este realismo, entonces, circularía por carriles completamente distintos al principio general del realismo moderno, que Gramuglio emparenta con el realismo filosófico, y entre cuyos principales presupuestos estaría el de hacer referencia a objetos y a sucesos reales y concretos, no teóricos y abstractos[1].

“-¿Esa incorporación de saberes técnicos que hay en sus ficciones responde entonces a una posibilidad de conciliación entre la ciencia y la literatura?

– Elegí la literatura y desde ahí puedo acercarme cuantas veces quiera al mundo de la ciencia. Cuando hablo de la ciencia no hay ninguna ironía; le tengo mucho amor a ese mundo.” (Ídem)

            La pregunta de Speranza, en este contexto, parecerá ingenua. Laiseca tiene entre sus ambiciones centrales el representar miméticamente las abstracciones del universo, cuyo pobre embajador y traductor sería el campo de lo científico, impotente con sus cálculos exactos frente al caos. En este sentido, el realismo en cuestión se alejaría de ese origen filosófico evocado por Ian Watt. La “posibilidad de conciliación entre la ciencia y la literatura” por la que pregunta Speranza no es otra cosa más que el referente del realismo de Laiseca. Un realismo que imita la abstracción arbitraria del universo, concebido éste desde lo caótico, absurdo[2].

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            En una dirección parecida, Guillermo Saavedra intuye que el realismo delirante parte de “un mundo sórdido y marginal pero reconocible para alcanzar una promiscuidad imaginaria en la que cobra sentido una versión, universo inficionado de arcaísmos y saberes desprestigiados”. (Saavedra, 32) Esos “saberes desprestigiados” que Saavedra señala tienen, no obstante, un elemento en común: son cosmovisiones, modos de aprehender la dinámica cósmica, metafísicas. El taoísmo chino, el paganismo egipcio, pero también la magia y la ciencia, responden, en este realismo delirante, a la misma mediación entre la racionalidad del hombre y el delirio del universo. En este choque, que se sintetiza en la escena del narrador o personaje calculando hacia el absurdo[3], se vislumbra acaso el arquetipo formal del realismo delirante, a la vez que su objeto central de referencia. La inadecuación entre el hombre y la desmesura, o la dinámica cósmica encarnada en los hombres es lo que funciona como principio constructivo de la obra laisecana. Los Sorias, por ejemplo, es leída por Laiseca no como una fábula política de la decadencia de un tirano (Monitor), sino más bien como “Una burla del destino,…una derrota exterior y un triunfo interior”. (En Saavedra, 33. Las bastardillas son mías). El destino es, nuevamente, el personaje central de Laiseca en su obra central de realismo delirante. El universo, que impone la suerte arbitraria a los hombres con voluntad equívoca, es el personaje central del realismo delirante, porque ese realismo imita, personificándolo solapadamente, al caos cósmico, en el que cualquier cosa puede suceder sin principio causal pese a los cálculos de los hombres.

            Este problema cosmológico, por llamarlo de alguna manera, se instala en segundo plano como tema en las obras de Laiseca y, en primer plano, en la dimensión formal de su ficción.

            Otro elemento (que nos hace sospechar que habría, aquí, una mímesis respecto del capricho del cosmos en las formas de la ficción de Laiseca) es perceptible en la teorización laisecana cuando Fogwill, traído a colación por Speranza en su entrevista a Laiseca de 1993, sostiene que, en la ficción de Laiseca, “el lenguaje coloquial, inesperado en el contexto, distorsiona la ilusión realista” (En Speranza, 202). La frase polémica tratada por Fogwill es: “Para un taoísta no hay nada peor que otro taoísta”, clara paráfrasis invertida de la famosa sentencia referida a los peronistas. Laiseca refuta solapadamente la observación de su amigo, y, después de darle en apariencia la razón en cuanto a que este tipo de procedimiento distorsionaba la ilusión realista, responde:

“Estoy hablando del pasado pero también del presente, una especie de presente perpetuo. Esa idea, por ejemplo, tiene que ver con el mundo del Tao y al mismo tiempo con el peronismo, obviamente. Una vez más, pasado y futuro se unen: la máquina del tiempo” (Speranza, 202- 203)

            Una vez más se reitera el arquetipo formal del realismo delirante: en la frase disparatada subyace la dinámica cósmica del eterno retorno, metafísica. Un tipo de flujo temporal posibilita, y en el fondo torna verosímil, la paráfrasis ridícula. Si el tiempo es un presente perpetuo, los sujetos son intercambiables.

Beber en rojo

En Las aventuras del profesor Eusebio Filigranati, Laiseca habla de su novela de la siguiente forma: “Nuestro profesor por momentos es riquísimo, a ratos pobrísimo. Análogo a las legendarias narraciones orientales jamás se explica por qué lo uno o lo otro. Es así y listo”. En Beber en rojo y en La mujer en la muralla se repite la idea. Lo relevante es que este signo de arbitrariedad, que Laiseca atribuye en ocasiones a las novelas orientales, es del todo análogo a su descripción de las arbitrariedades del universo. Reiteremos la cita: “Con ese realismo delirante que es mi estilo, con todos esos cálculos absurdos, en verdad, no hago otra cosa que ponerme a la altura del universo, porque el universo es realista delirante.” (En Speranza, 200. Las bastardillas son mías.). Si en el universo todo sucede porque sí, y la literatura china es consciente de esta arbitrariedad esencial y, en ese sentido cósmico, es realista, Laiseca, a través del motivo de la literatura china pero en realidad por vía de su concepción caótica de la dinámica del universo, reproduce miméticamente esta conducta en las formas de su novela. En este marco, podemos decir, con Piglia, que “La novela [de Laiseca] se construye desde el delirio, no tiene al delirio sólo como tema…” (Piglia, prólogo a Los Sorias, p. 9.).

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Juan Sasturain, finalmente, registra con una intuición la transposición de este particular realismo a las propias formas de su novela:

“Son historias de personajes que no obran sino fluyen impulsados por un motor interior de razones irreductibles: allá van. Pasan –y él con ellos- de una cosa a la otra con la amoralidad ejemplar de un terremoto o una inundación, una enfermedad infecciosa o los avatares de una epidemia…”  (Sasturain, Prólogo a En sueños he llorado, p. 6)

            En la teorización de Laiseca, pero también en las observaciones de Sasturain y de Piglia alrededor de la literatura del realismo delirante, subyace una idea común: el delirio no es cuestión (si se me permite la distinción residual) de “fondo” tanto como de “forma”. Laiseca mismo aporta el cierre del concepto: la forma de este realismo delirante tiene como objeto mimético algo bien definido: la lógica arbitraria y caprichosa del universo. La fórmula es clara: si el universo mismo es realista delirante, la ficción debe ser realista delirante.

            He aquí la mímesis en sentido estricto, un realismo que reinicia.

 

 

Bibliografía

  • Gramuglio, María Teresa, “El realismo y sus destiempos en la literatura argentina”, en Historia crítica de la literatura argentina, Tomo VI: “El imperio realista”, Buenos Aires, Emecé, 2002
  • Laiseca, Alberto, Aventura de un novelista atonal (Prólogo de Enrique Fogwill), Buenos Aires, Santiago Arcos, 2002
  • _____________, Beber en rojo (Drácula), Buenos Aires, Altamira, 2001
  • _____________, Las aventuras del profesor Eusebio Filigranati, Buenos Aires, Interzona, 2003
  • Piglia, Ricardo, “Prólogo a Los Sorias”, en Alberto Laiseca, Los Sorias, Buenos Aires, Gárgola, 2004
  • Saavedra, Guillermo, “Retrato de artista con novela”, en La curiosidad impertinente. Entrevistas con narradores argentinos, Rosario, Beatriz Viterbo, 1993
  • Sasturain, Juan, “Historias ejemplares”, en Alberto Laiseca, En sueños he llorado, Buenos Aires, La Página, 2004
  • Speranza, Graciela, “Alberto Laiseca”, en Primera Persona. Conversaciones con quince narradores argentinos, Bogotá, Norma, 1995

 

Documentos electrónicos

 

  • Friera, Silvina, “Reportaje a Alberto Laiseca” [En línea]. Taringa, inteligencia colectiva, Taringa Net. Dirección URL:

http://www.taringa.net/posts/info/1290316/Alberto-Laiseca:-Realismo-delirante.html

[Fecha de consulta: 19 de Junio de 2008]


[1] Siguiendo a Ian Watt, Gramuglio emparenta realismo filosófico con realismo literario moderno, en la medida en que ambos campos ocupaban su interés en el conocimiento de la realidad a partir del contacto con objetos particulares por parte de sujetos individuales. Esta tendencia a encontrar lo real en los “objetos singulares”, en la novela realista, se traduce en el interés central que se le atribuye al detalle, a la minucia, de lo que se describe.

[2] Gran parte de la comicidad del universo literario de Laiseca, cabría arriesgarlo, tiene su origen aquí, en esta aparentemente disparatada pero, en rigor, fiel representación de la desmesura del universo cuya traductora a cifras es la ciencia. En este sentido, la “desmesura” que se le suele atribuir a su obra (Piglia, Sarlo, Aira, Fogwill, Ferro y Sasturain han acuñado, por lo menos, este adjetivo en forma recurrente para designar un rasgo sobresaliente de la obra de Laiseca) podría no tener otro origen que el de este intento de mímesis respecto de la lógica del universo, desmesurada para la desmesuradamente pequeña dimensión humana en él.

[3] “¿Cuántos electrones o átomos caben en un año luz cúbico?”, se pregunta uno de los personajes de Aventura de un novelista atonal (v. Bibliografía).

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*Hernán Bergara es escritor, músico y docente.  Nacido en Capital Federal. Desde 1989 reside en Puerto Madryn (Chubut) Patagonia. Docente en la UNPSJB, sede Trelew, y en el ISFD 803, Puerto Madryn. Autor de Papeles (relatos). Publicó reseñas críticas y trabajos de teoría y crítica literaria en diversos medios gráficos regionales y nacionales como Ñ, Pasado Por-venir, Museo Salvaje y Tela de Rayón.

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Un video sobre el realismo delirante.

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