Nocturno de un fantasma [*]

 por Carlos Alvahuante

Lotería mexicana
Lotería mexicana

I.

Se despierta desorientado. Siente que su memoria es apenas una luciérnaga en el oscuro jardín de los recuerdos. La luz moribunda que entra por la ventana le permite hacer un análisis de la habitación: su mirada parte del crucifijo que está sobre la cabecera y luego recorre el tocador y el armario, antigüedades grandes y macizas gracias a la buena calidad de su hechura, aunque ahora frágiles por la erosión del tiempo. Pero nada de lo que ve es capaz de revelarle el misterio de su existencia. Decide incorporarse. Con algunos esfuerzos se sienta en la orilla de la cama. En cuanto sus pies tocan el piso buscan instintivamente las pantuflas; su mano, con voluntad propia, toma el bastón que cuelga de la cabecera. Gracias a la rutina que ensaya su cuerpo, al fin recupera la identidad: se llama Abundio, y tiene demasiados años, tantos, que el decir cualquier cantidad no tendría ningún sentido. Se pone de pie despacio, crujiendo, con el alma temblorosa. Observa la distancia que lo separa del perchero y suspira. Decide empezar a ganar centímetros de una vez, por lo que sus pantuflas se ponen en marcha lentamente. Al llegar al perchero descuelga el suéter gris, su favorito. Se lo tejió Inés hace como… ¿Qué será?, hace unos… ¿Se lo había tejido Inés? Se lo pone sobre la camisa de la piyama y se lo abotona. Ya enfundado en el suéter nota cómo el mundo se vuelve un lugar mejor y eso le da ánimos para arrastrar las pantuflas hasta la puerta. Es el último minuto del atardecer.

                        II.

—No te pases, Joaquín.

 —Sí, no seas gacho.

 —Oh, ni aguantan nada, hombre —Joaquín aprovecha para coger un puño de cacahuates de la mesa de centro y vuelve a ocupar su lugar honorífico en el sillón. Se echa los cacahuates a la boca y mastica una sonrisa.

            Sus tres amigos, sentados en el sofá, se quedan cabizbajos.

 —Va a estar poca madre. Nomás imagínense, es como si a uno le dijeran… ¿abuelo? —Joaquín se levanta de golpe y se traga la sonrisa.

 Abundio sale del pasillo arrastrando las pantuflas y se queda inmóvil al sentirse observado por tantos ojos.

 —¿Qué hace, abuelo?

—Voy por un cafecito.

—¿Cómo que por un cafecito? ¡No invente, si usted ya se murió!

            Los amigos de Joaquín se ponen de pie al mismo tiempo. Uno de ellos tira accidentalmente un vaso de refresco, pero no hace ningún intento de colocarlo de nuevo en posición vertical. Su atención, al igual que la de los demás, se concentra únicamente en Abundio.

            —No, ¿cuál me morí?, si nomás me eché una siestecita.

            —¿Cuál siestecita? ¡Está muerto, abuelo! —Joaquín da un paso atrás y tropieza con la esquina del sillón—. ¡No puede ser! ¿No se acuerda?

Abundio se queda callado mientras la luciérnaga revolotea inútilmente por los rincones de su cerebro. El que estuviera muerto era una de las cuatro mil setecientas noventa cosas, no todas tan importantes, cabe aclarar, que había olvidado por completo. La piel se le llena de escalofríos. Jesús, María y José. ¿Cómo se le pudo haber olvidado que estaba muerto?

—¡Tiene que irse! Si mi abuelita lo ve…

—Pero ésta es mi casa, ¿adónde me voy?

—¡Pues váyase, qué sé yo, adonde sea que se vayan los fantasmas!

Los ojos de Abundio se desarrugan ante la mención de los fantasmas.

—¡Ándele, abuelo!

Abundio se rasca una mejilla con preocupación. ¿Qué va a hacer él solo allá afuera? El aire ha de estar muy frío. Y si se pasa toda la noche a la intemperie, de seguro se va a enfermar. Necesita empacar unas cuantas cosas: una bufanda, una cobija, la medicina para la hipertensión, las pastillas para la úlcera, las de la artritis, los analgésicos para la pierna…

—¡Ándele, que a mi abuelita le va a dar el soponcio!

No hay tiempo que perder. Abundio se resigna, le echa una última mirada a la sala y se despide en silencio de las paredes. Le cuesta trabajo avanzar, como si la casa no le permitiera marcharse. Debe apretar las lágrimas y los cuatro dientes que le quedan para que sus piernas no se doblen del sentimiento. Cuando pasa frente a la cocina alcanza a ver a Inés de espaldas, quien va y viene ocupada en preparar la cena. Le manda un beso.

Para cuando Inés se da la media vuelta, Abundio ya ha desaparecido.

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III.

 La noche anda inquieta por las calles del pueblo. Los gatos persiguen sombras escurridizas como serpientes. Un tecolote ensaya un réquiem mientras la luna acecha desde un matorral de nubes. No es la noche más idónea para salir de casa. Abundio se arrebuja en el suéter, aunque no por ello deja de tiritar. Se encuentra en el cruce de dos calles, indeciso sobre la dirección que ha de seguir. Cada segundo que transcurre es una mordida más del viento. ¿Adónde van los fantasmas? ¿Dónde viven su muerte? Abundio mira a lo lejos: en el horizonte destaca el campanario de la iglesia del cementerio. Son como dos kilómetros de caminata, un verdadero reto para un fantasma achacoso como él, pero es su mejor opción, si no es que la única. Abundio asiente, enfila su bastón hacia el cementerio e inicia el peregrinaje.

            Pero a los cuantos pasos se detiene, pues cree haber escuchado algo. Oído atento, vuelve a caminar. Y vuelve a escuchar unos pasos ligeros a su espalda. ¿Y ora? Se da la media vuelta y descubre que los pasos que lo venían siguiendo le pertenecen a un perro. Un perro grande de raza incierta y de pelaje blanco. Su perro. ¿Chucho? ¿Solovino? ¿Nicanor? Otra de las cuatro mil setecientas noventa cosas olvidadas.

 —¿Qué hace aquí? ¡Órale, váyase pa la casa! —Abundio sacude la mano para hacerle entender al perro, en caso de que las palabras fallen, que debe irse en ese preciso instante.

 El perro mira la mano de Abundio y luego se sienta sobre sus patas traseras. Abundio, molesto, le da la espalda y prosigue con su camino.

 Las pisadas lo siguen de cerca. Abundio se detiene, suspira y otra vez encara al perro.

  —¡Que no, ya le dije! Sésguele y no sea necio —sacude la mano—. ¡Sésguele, pues!

 El perro mueve la cola de izquierda a derecha, como si quisiera corresponder al vaivén malinterpretado de la mano de su dueño.

 —Perro tonto.

 Abundio se aleja por la calle empedrada: la contera del bastón va golpeando rítmicamente las piedras al compás del arrastre de pantuflas. El perro va junto a él con las orejas paradas para escuchar mejor la melodía. Una melodía con frases de melancolía, como un nocturno. Como el nocturno de un fantasma.

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IV.

La luna lo sorprende sentado en una roca a la orilla del camino. Se masajea el muslo derecho con una expresión de dolor: es difícil dejar las viejas dolencias aunque uno esté muerto.

  —¿O no, perrito?

 Frente a él, el perro, sentado sobre sus patas traseras, lo mira a los ojos. Incluso ladea un poco la cabeza en señal de que a pesar de que no entiende nada, bien le gustaría hacerlo. O a lo mejor sí entiende, pero como es perro no puede decirlo abiertamente. Abundio apoya las manos y la nostalgia en la empuñadura del bastón. Cómo ha cambiado el mundo últimamente, le gustaría decirle al perro a falta de alguien más. Antes no se corría tan ignominiosamente a los fantasmas. Antes se les consentía, se les dejaba hacer y deshacer a cambio de que no asustaran a nadie. Se les obsequiaba la comida y la bebida en el Día de muertos. Se les quería, pues. Y ahora… Abundio niega con la cabeza. Ahora los escuincles son unos malcriados que no sienten respeto ni por su propia madre. Después de todo tal vez no sea tan mala idea irse al cementerio. Como que aquí ya no se halla. Y además en el cementerio es donde están todos sus amigos: el Panchíviris, Luis Ocampo, la Güera Martínez, Alfarito, el licenciado Mendiola…

 —¿Te acuerdas del licenciado Mendiola?

El perro, que ya se había distraído con el vuelo de un tecolote, vuelve a prestarle atención a Abundio.

…la sorpresota que se van a llevar. Se les van a caer los calzones y hasta los huesos del puro gusto. Ya saborea Abundio su entrada en el camposanto: ¿Quién dijo miedo, señores?, y acérquenme la botella que aquí no hay cabida pa los rajones. Abundio se pone de pie con un movimiento rápido. Ya no le duele la pierna. Ni los pies. Ni nada. Es curioso, pero de pronto siente como si la muerte lo hubiera rejuvenecido, de modo que ni siquiera se da cuenta de que varios metros atrás, tirado junto a la roca, se ha quedado su bastón.

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                        V.

Las rejas del cementerio están cerradas con candado. Abundio intenta traspasarlas, pero al sobarse la frente comprende que gran parte de lo que se dice sobre los fantasmas no son más que invenciones de los vivos. Debe optar por algo más humano, como saltarse la barda. Camina alrededor del cementerio en busca de la parte más baja del muro. Y descubre que no hay una parte más baja en el muro. Lo que más se acerca a su propósito es un viejo pirul, a cuyo tronco podría, con mucha suerte, encaramarse, para de ahí saltar, con más suerte todavía, hacia dentro del cementerio. Es un plan rebosante de estupidez para un hombre de su edad. Pero la ejecución realmente no implica ningún riesgo: los fantasmas no se matan ni se rompen las piernas, ¿o sí? Abundio insiste en comprobarlo. El perro lo mira con curiosidad. Abundio se arremanga el suéter, se frota las manos, se agacha un poco para darse impulso… y salta. Y se resbala. Y salta nuevamente. Y de nuevo se resbala. Su barbilla tiembla de indignación. Y salta. Y salta y salta y salta y salta hasta que la necedad le empuja las nalgas y asciende hasta una considerable altura en el tronco. El perro comienza a ladrarle. Subir fue la parte fácil del plan, lo que viene a continuación es la parte más absurda, la que implica volar por encima del muro y caer ileso del otro lado. Abundio respira con agitación abrazado del árbol. Su coraje y su energía están a punto de acabarse. Debe hacerlo pronto. Ya no hay tiempo que perder ni siquiera en cálculos. Inclina su cuerpo hacia el muro, tensa las piernas, y justo cuando va a pegar el brinco, siente que lo jalan hacia abajo: el perro, con las patas delanteras apoyadas en el tronco, alcanza a morder la parte inferior del pantalón de la piyama y tironea con fuerza. Abundio forcejea para liberarse, pero pierde las pantuflas y el equilibrio. Se alcanza a sujetar milagrosamente de una rama.

 —¡Suélteme! ¡Suélteme, que me va a tirar!

 El perro continúa tironeando el pantalón de la piyama. Hasta que escucha una voz a lo lejos.

 —¿Quién anda ai?

 El perro libera a Abundio y echa a correr hasta internarse en la oscuridad. La luz de una lámpara se acerca con movimientos erráticos. Abundio, en el colmo de la desesperación, trata de recuperar el equilibrio aferrándose a cuanta rama tiene al alcance. La luz de la lámpara lo deslumbra.

  —¿Es usté, don Abundio? ¿Qué hace ai trepado?

  —Nada, de paseo nomás.

  —A ver, bájese, le ayudo.

  Remigio, el cuidador del cementerio, se acerca al árbol y ayuda a Abundio a poner los pies en tierra firme.

  —Mire nomás cómo está: todo raspado y chamagoso. ¿Ya ve, quién le manda andar haciéndole al chango? —conforme habla le sacude el suéter para quitarle las ramitas y hojas que se atoraron en el tejido.

  Abundio se deja hacer mientras se pone las pantuflas. Sí, ya se acuerda de Remigio. Cómo olvidarlo, si él ha visto entrar a todos sus amigos en el cementerio, al licenciado Mendiola y compañía. De todo el pueblo, él es el mejor enterado en cuanto a muertes se refiere. Además de que con semejante trabajo los fantasmas le han de venir guangos. Abundio, envalentonado por esta reflexión, aprovecha para hacerle a Remigio una pregunta a quemarropa:

   —Oiga, Remigio, ¿y de qué me morí, usté se acuerda?

 Remigio baja la mirada. Se reacomoda el sombrero. Saca un cigarro de la parte superior de la oreja, lo lame y escupe el tabaco que se queda adherido a sus labios. Lo enciende y le da una larga fumada mientras contempla a Abundio.

 —¿Su nieto de la ciudá anda por acá, en el pueblo?

 —¿Joaquín? Sí, ¿por qué, qué tiene?

 —¿Pus cómo que qué tiene? —Remigio se quita el sombrero con vehemencia—, ¡que ya me lo mató ese chamaco jijo de su madre!

—¿O sea que él me mató?

—¡No, hombre, qué lo va a andar matando!..

—¿Entonces no estoy muerto?

 —¡Qué muerto ni qué las arañas! ¡Fue ese chamaco cabrón que ya no sabe ni qué inventar pa divertirse a sus costillas!

 —¿Joaquín? —Abundio parpadea en repetidas ocasiones.

—Sí, señor: Joaquín. La otra vez le dijo quesque había un chaneque o chenote o chayote o sabe Dios qué cosa viviendo en su jardín, ¿se acuerda? Y aistuvo usté toda la noche esperando como un bendito para ver esa tontería. Ah, chingao chamaco. ¿Y se acuerda cuando le dijo quesque iban a apresar a todos los viejitos del país por no sé qué nueva ley, ¿se acuerda? Y ai va usté de tarugo a esconderse en el clóset pa que no se lo lleven… ¡No, si me cai que no se quién de los dos está pior: si él por canalla o usté por seguirle aguantando todo! ¿Y qué tal la vez cuando..?

            Abundio deja de escuchar. Su mano trata de asirse del aire y es entonces cuando advierte que ha perdido su bastón. Lo echa de menos. Sobre todo ahora que se siente tan cansado y adolorido. Jamás debió haberse subido al árbol. Lo va a lamentar durante toda la noche, cuando la pierna lo torture como un inquisidor profesional. Necesita tomarse sus medicinas con urgencia.

 —Oiga, Remigio, ¿me lleva a mi casa?

 —Cómo no. Véngase.

            Remigio lo toma del brazo y lo ayuda, paso a pasito, a caminar hacia el lugar donde se encuentra estacionada la camioneta. A los pocos pasos, Abundio se detiene y mira hacia atrás:

 —¿Y mi perro?

 —¿Cuál, el Solovino?

 Abundio asiente.

 —¡No le digo! ¿Qué vamos a hacer con esa memoria suya? El Solovino ya tiene varios años muerto… Véngase, ya no piense en esas cosas.

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                        VI.

La camioneta va traqueteando por las calles empedradas del pueblo. Remigio enciende otro cigarro y baja completamente la ventanilla.

 —¿Oiga, y qué se siente… ya sabe, ser un fantasma, aunque sea nomás por un ratito?

 Abundio mira al frente. Una sonrisa muy sutil va iluminando poco a poco su cara.

 —Ah, qué don Abundio.

 La sonrisa se le apaga al poco rato, como una luciérnaga que muere.


[*] Primer premio en el “7º Concurso de Cuento: Letras Muertas”, convocado por la Dirección General de Atención a la Comunidad Universitaria de la UNAM en 2007. El cuento fue publicado en la antología La muerte alrededor del mundo (UNAM, 2007).

[*] Publicado en El jardín de las cosas raras, Amarante, 2012.   ————————————————————————————————————————————————— *Carlos Alvahuante es Licenciado en Lengua y Literaturas Hispánicas por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Diplomado en Creación Literaria por la Escuela de Escritores de la Sociedad General de Escritores de México (Sogem). Guionista y creativo. Ha obtenido un buen número de reconocimientos y premios a sus cuentos y guiones cinematográficos. 

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