“En mi país, qué tristeza”

zitavivaperon

Por  S.A.

La primera vez que lo vi fue un verano en que fuimos al camping Andresito, cerca de La Paloma, en Uruguay. Él cantaba. Fuimos en “barra”  y para matar el tiempo antes de ir a bailar. Teníamos menos de veinte años y éramos todo prejuicio y estupidez, tan seguros de cagarnos de risa cuando saliera el viejo ése a cantar.  Y salió y cantó. Y ninguno de nosotros se rió. Ni siquiera podíamos respirar. Parado con camisa blanca y pelo engominado cantó con ese vozarrón cavernoso y, entonces, el teatro de verano que parecía inmenso, de pronto, le quedó chico.

La segunda vez que tuve noticias de él fue un 17 de enero de 1989. Estaba durmiendo y sentí una mano que me sacudía. Me desperté y vi a mi viejo parado al lado de la cama: “murió Zitarrosa” me dijo y se fue. Yo no entendía qué se suponía que tenía que hacer con esa noticia y seguí durmiendo.

Me pasaba que no entendía bien de qué trataban algunas de sus canciones. No llegaba a captar cabalmente ciertas letras, como por ejemplo, “Explicación de mi amor”, ese poema de Enrique Estrázulas que Zitarrosa musicalizó. No había caído en la cuenta, quizá, por no haber puesto atención a quien estaba dirigida. Y ahora que lo pienso capaz que esa mañana, mi viejo, quiso decirme algo, algo parecido a que estaba triste, que qué cagada que se haya ido para siempre, pero no lo dijo. Sólo informó escuetamente con esas dos palabras y se fue.

Aquella mañana de enero, mi viejo me contó que Zitarrosa se había ido y no pasó mucho para que alguien escribiera en una pared del barrio, en el paredón blanco de la cancha del club, aquello de “Zita sos Gardel”.

Todo esto era lo que yo no entendía hasta que años después, mi viejo también se fue para siempre.

Ahora, a 25 años de aquella mañana de enero de 1989, en las que me anoticié por mi viejo y por un graffiti, los recuerdos y los homenajes, reviven.

Pienso en esa famosa foto de Zitarrosa, la única en la que lo he visto sonriente, con la cabeza fuera de la ventanilla y los dedos en “V”, cuando regresó a Uruguay después de su exilio por México y por Madrid.

Y ocurre que hoy, se desperdigarán homenajes a lo largo de su país, de mi país: se descubrirá una estatua en Las Toscas, el balneario donde solía descansar, se montará una pantalla gigante frente a la Intendencia de Montevideo para pasar sus conciertos y habrá recitales en los que participarán Daniel Viglietti y Numa Moraes, y seguro habrán más. Incluso, los de las confirmaciones íntimas, de las cosas no dichas o dichas a medias. El mío será acaso simple y modesto. Pondré “Guitarra negra” y cuando llegué a esta parte la diré en voz alta y de memoria. Ahora que sí lo entiendo y, sin embargo, ya no importa:

“Hoy anduvo la muerte buscando entre mis libros alguna cosa… Hoy por la tarde anduvo, entre papeles, averiguando cómo he sido, cómo ha sido mi vida, cuánto tiempo perdí, cómo escribía cuando había verduleros que venían de las quintas, cuando tenía dos novias, un lindo jopo, dos pares de zapatos, cuando no había televisión, ese mundo a los pies, violento, imbécil, abrumador, esa novela canallesca escrita por un loco… Hoy anduvo la muerte entre mis libros buscando mi pasado, buscando los veranos del 40, los muchachitos bajo la manguera, las siestas clandestinas, los plátanos del barrio, asesinados, tallados en el alma… Hoy anduvo la muerte revisando mi abono del tranvía, mis amigos, sus nombres, las noches del Café Montevideo, las encomiendas por la Onda con olor a estofado, revisando a mi padre, su Berreta, su Baldomir, revisando a mi madre, su hemiplejia, al Uruguay batllista, a Arístides querido, a mis anarcos queridos bajo bandera, bajo mortaja, bajo vinos y versos interminables… Hoy anduvo la muerte revisando los ruidos del teléfono, distintos bajo los dedos índices, las fotos, el termómetro, los muertos y los vivos, los pálidos fantasmas que me habitan, sus pies y manos múltiples, sus ojos y sus dientes, bajo sospecha de subversión… Y no halló nada… No pudo hallar a Batlle, ni a mi padre, ni a mi madre, ni a Marx, ni a Arístides, ni a Lenin, ni al Príncipe Kropotkin, ni al Uruguay ni a nadie… ni a los muertos Fernández más recientes… A mí tampoco me encontró… Yo había tomado un ómnibus al Cerro e iba sentado al lado de la vida… Pasé frente al Nocturno y la vida había pintado unos carteles… Pregunté en una esquina por la hora, y en la bolsa del hombre que me dijo la hora iba la vida, junto con su almuerzo… Hoy dejaré las puertas y las ventanas de mi casa abiertas… y la noche entrará por todas las ventanas de mi casa, por todas las ventanas de todo el barrio, por todas las ventanas de todos los cuarteles y de todas las cárceles, por todas las ventanas de los hospitales… la noche entrará, cabeceando, saltará para adentro, sombra a sombra a la luz del farol… y se echará en el piso como un perro… y aguardará hasta la madrugada… Hoy… dejaré las puertas y las ventanas de mi casa, abiertas, para siempre..”.

Nota de interés: Zitarrosa en clave de cómic.

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