Reseña: El lado oscuro. (Después no diga que no le dijimos)

Nota de la Editora:

Narrativas Digitales tiene el gusto de publicar una reseña que se escapa a las reglas: no escribimos sobre un libro de reciente publicación, ni de un texto “para el verano”, que presupone fácil y fluida lectura, sino todo lo contrario. Todo lo esperable nos importa poco y escribimos sobre un título que es una deuda para quienes quieran ahondar en la literatura argentina, algo así como un modo problemático de pasar los días de verano, donde muchos se desentienden de lo complejo o de esas cosas que mejor encarar a partir de marzo. Después no diga que no le dijimos.

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EL LADO OSCURO

Por Rodrigo Goy*

El aburrimiento no es un capricho. Sucede, pasa, a veces, sin motivos. Sin embargo, algunas cosas inevitablemente nos llevan al tedio. En clase siempre me aburría. Una excepción fue una introducción a la mecánica cuántica. La clase en cuestión trataba sobre la naturaleza dual de las partículas. Según este principio fundamental un electrón, por ejemplo, bajo ciertas condiciones exhibe un comportamiento ondulatorio y en condiciones diferentes actúa como una partícula. Lo que llamó mi atención en verdad era la diapositiva que utilizaban: un rayo de luz incidía contra un prisma de cristal y luego se descomponía en un conjunto de colores. Casi la tapa de The dark side of the Moon. El arcoíris que se desprende de la pirámide de cristal sobre el fondo negro es el espectro visible de la luz, que, en efecto, es lo que vemos en cualquier arcoíris. El título del álbum de Pink Floyd tiene una explicación interesante. Por un fenómeno astronómico solo podemos ver una cara de la Luna desde la Tierra, en tanto la otra permanece oculta. Es el lado oscuro.

Es curioso cómo lo que no podemos ver lo entendemos sumido en la oscuridad. De acuerdo a esto solo percibimos visualmente aquello que la luz revela. En Nadie nada nunca la luz es algo concreto. Es luz en tanto luz. Nada de misticismos. Es algo tangible. Por momentos revela tanto que la realidad parece desdibujarse, se torna espejismo, resplandor, calor. Las cosas pierden sus formas, los movimientos se vuelven estáticos y los colores se mezclan.

La trama, casi inexistente, podemos resumirla así: en el calor de febrero, el “mes irreal”, el Gato Garay está en la casa familiar de Rincón. Cuida el bayo amarillo que don Layo le confía por una serie de asesinatos de caballos que ocurrieron en la zona. El “Caballo” Leyva, comisario del pueblo, se hace cargo de la investigación. En la casa, el Gato recibe a Elisa, se acuestan; al día siguiente a Tomatis, comen asado los tres. Desde la ventana puede ver la playa, al bañero, los bañistas y cuando el Ladeado se acerca a traerle forraje al animal. No sucede mucho más. El argumento se reduce a lo mínimo. Pero cada suceso se vuelve múltiple. El texto y la historia se fragmentan en distintas focalizaciones. Entonces un mismo hecho se expande en varias miradas: el Gato, Elisa, el bañero, un narrador lacónico. Una mirada revela algo que otra mirada tiene vedado. Y viceversa. En Nadie nada nunca ninguna percepción es totalizadora, algo siempre permanece en la oscuridad. Una mirada hecha luz sobre lo que la primera no podía ver. Entonces, la superposición de las distintas percepciones da cuenta de la trama de la novela, del tono en que se desenvuelve. Los hechos se disgregan en versiones porque la percepción no es inocente sino que construye una realidad: “…Nadie ha visto nunca un lugar vacio. Cuando uno lo mira, ya no está vacío –uno mismo es el que mira, la mirada, el lugar. Sin uno, no hay mirada ni tampoco lugar…”[1].

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La lectura de Nadie nada nunca no puede ser apresurada. El texto no lo permite. De hecho, tiene un ritmo narrativo sostenido por la descripción y la repetición. No en vano el tiempo es el presente “…que es tan ancho como largo es el tiempo entero…”[2]. En consecuencia, el tiempo parece estar negado a moverse, se mantiene en el instante que pierde fugacidad para expandirse. Sin dudas, leer la novela es un ejercicio; leerla esperando una “historia”, casi imposible. Aun así, la prosa de Saer, a la vez limpia y austera, impulsa a seguirla por sus oraciones largas sólo para ver qué pasa, quién es el asesino de caballos, y, al final, si simplemente pasa algo. La intriga propia del genero policial que el texto construye y que también está en la La pesquisa es en Nadie nada nunca más difusa. Incluso podemos arriesgar que lo-más-interesante en Nadie nada nunca aparece de manera oblicua: la investigación, la presencia de guerrilleros, la tortura, la muerte del último caballo en plena ciudad.

Nadie nada nunca no es una novela de certezas. Nada más alejado, hasta parece escrita solo para dinamitar continuamente verdades, quitarles todo tipo de autoridad (discursiva, política) y mostrar su aspecto relativo. Dependerá de nuestra lectura superponer los planos de luz, aun cuando esta misma operación resulte en una versión caprichosa y algo, sin saberlo, se conserve en el lado oscuro del texto.

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*Rodrigo Goy

Nació en diciembre de 1986 en Caleta Olivia, Santa Cruz. Estudió Química y Letras en la Universidad Nacional de la Patagonia. Es guitarrista y cantante en “Los Tanner”.


[1] Saer, Juan José: Nadie nada nunca. Seix Barral. Buenos Aires. 2013 (pág. 209,210)

[2] Op. Cit. (pág. 90)

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