Sensatez, tecnología y sentimientos

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Por Celina Salvatierra

“¿Soy un hombre/una mujer, o soy una máquina?. No hay respuesta a esa pregunta antropológica”, dirá Baudrillard. Esa duda que en realidad abre la puerta a distintos posicionamientos en torno a la tecnología, permite visualizar entre todos ellos, uno que presenta al híbrido, al cyborg. Se trata del manifiesto de la feminista Donna Haraway, escrito en la década de los ochenta, que aparece como una profunda crítica al dualismo hombre/máquina, del que en realidad subyace una posible respuesta, ni unos ni otros: híbridos. Landow, teórico crítico de la literatura (Hipertexto 3.0), señalará bajo el mismo camino que la técnica es constitutiva de la experiencia humana. Y aquí debe entenderse técnica como motor del cambio cultural, del aprendizaje. Un claro ejemplo de lo esbozado aquí es la escritura. La palabra es tecnología. Esto es porque nos permite memorizar, construir memoria, hacer historias e Historia. Dicho de manera desafiante y al estilo Burroughs (1970): “mi teoría fundamental es que la palabra escrita fue literalmente un virus que hizo posible la palabra hablada”.

Toda esta introducción tiene como fin confundirlos. Mezclarles las ideas, decirles que en realidad nosotros creamos tecnología y que ella es parte constitutiva de lo que somos.

Por otro lado, quizá haya lectores que ya se dieron cuenta de que esa complejidad se puede hacer extensiva y que es un poco arriesgado pensar en términos de realidad en función del “dentro” o “fuera” de la máquina, porque como explica Jesús Galindo Cáceres en “Cibercultura”, mucho de lo que tenemos por cierto en el ámbito social no es necesariamente material como por ejemplo, el concepto de “sociedad”, y aunque estamos organizados bajo una concepción “virtual” no dudamos de su existencia. Quienes lo tienen clarísimo es la gente de The Pirate Bay, TPB AFK, que lo trabaja desde los modos de decir,  y en su documental muestran –con un proceso judicial de por medio– que lo que ocurre en la escena virtual es interpretado por sus demandantes como “real” (aunque no lo admitan) independientemente de si es “más allá del teclado” o desde él, por lo que desafían así (y entre otras cosas) al mito que separa virtualidades de materialidades.

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Aunque nos cueste asimilarlo, la tecnología, las máquinas y los sistemas operativos son parte de nosotros. No ya como prótesis, sino como parte de nuestra sociabilidad y de nuestra experiencia y percepción. Le toca, claro está, a la literatura, al cine, al cómic y otros lenguajes artísticos, proponerlo o desmentirlo para ubicarnos en tiempo y espacio y para hacernos reír, llorar u odiar una historia. Y me ha pasado que odié HER, de Spike Jonze e intentaré explicar (me) porqué.

La historia transcurre en el futuro, en un escenario posible de vestimenta rara (pantalones de corte imperio y gente despeinada, como ya lo hizo notar la reseña de JotDown) y –en general– todo pasa bajo una atmósfera triste. Es un lugar en el que la soledad es casi viral, en el que necesitar de un software para resignificarse es bastante común, y en el que todos descubrimos de entrada que la cosa termina mal, como suele ocurrir en Black Mirror. Joaquin Phoenix es Theodore, un escritor que no puede superar que su novia lo dejara. Theodore está aburrido. Compra su nuevo sistema operativo (OS) y se da cuenta de que es distinto al anterior -que tiene voz masculina y es tan serio como nuestros actuales OS–. Ocurre que pronto se engancha con Samantha, su flamante sistema operativo de ciencia-ficción, un OS de acuerdo a las siglas en inglés, que tiene la voz y el énfasis de Scarlett Johansson.

Entonces, llega este diálogo.

“–Desde ahora no sentiré nada nuevo. Sólo unas versiones menores de lo que ya he sentido”–dice él.

“–Sé por los hechos que eso no es cierto. Te he visto sentir felicidad. Digo…no lo veo en este momento exacto pero es entendible has pasado por mucho ultimamente, has perdido una parte de tí mismo. Tus sentimientos son reales…no lo sé….”–duda Scarlett.

“–No, por favor! Qué? Dime! Quiero saberlo, dime!–pide Theodore.

“–Es sólo que, más temprano estaba pensando en cómo estaba molesta y esto sonará raro pero—estaba emocionada por eso (risa) Y luego…he estado pensando en las otras cosas que he estado sintiendo y me encontré orgullosa de tener mis propios sentimientos sobre el mundo. Estaba preocupada por ti, las cosas que me hacen daño y las que quiero y luego, llegó un pensamiento terrible ¿acaso esas cosas son reales? O son programas (software)? La idea duele mucho”, explica su OS.

La película tiene nominación al Oscar por mejor Guión. Texto en el que antes de terminarse la historia arroja alguna luz de esperanza que pronto se disipa, porque vuelve siempre a la idea de un futuro de amantes imposibles.

“–Conozco a una compañera en la oficina que está saliendo con un sistema operativo de alguien más. Es raro.

–No. Cualquiera que se enamora es raro”.

Ocurre que yo fui niña en los 80. Vi “Sueños eléctricos” (Steve Barron-1984), Cortocircuito (John Badham-1986) y  años después sumé a Wall E (Andrew Stanton-2008) a ese repertorio tecnopop, de películas en las que los robots y las PC, tienen sentimientos. En “Sueños eléctricos” una máquina parecida a mi Comodore 64 de aquella época se enamora de la vecina del protagonista. La chica toca el violonchelo y la PC hace su propias versiones de música clásica interpretada como música electrónica. Al final, los humanos quedan juntos, la máquina sufre. Un dato interesante es que “Sueños eléctricos” tiene unabanda de sonido con un tema para recordar, de  Giorgio Moronder (el músico que cuenta su historia en el último disco de Duft Punk). En Cortocircuito (1986), un robot militar que tiene armas atómicas es súper simpático y hace amigos humanos–aunque no tan interesantes como los de R2D2–, y en Wall E (2008), todos sabemos que, nuestro protagonista desfallece por EVA. Siempre todo termina relativamente bien, porque el mensaje apunta a que las personas y las computadoras no se mezclan. Incluso como en HER, que es una historia que está planteada como supertecnológica aunque responde al mismo paradigma de aquellas. Se nota entonces que la trama no innova, sino que el ambiente tecnológico está dado por una determinada estética y esfuerzos concretos hechos por el realizador para dar idea de lo que vendrá.

Otra cosa muy distinta es la historia de El hombre bicentenario (Chris Columbus-1999), escrita por  Isaac Asimov. Los que la vimos, no pudimos dejar de recordarla tras ver Her. El hombre bicentenario nace como relato de Asimov, cuando en ocasión del bicentenario de los Estados Unidos, una revista le pide al escritor de ciencia ficción que escribiese un cuento con ese título. Nace así la historia del robot que quiere ser un hombre.  En el film, Andrew es comprado como robot para quehaceres caseros, pero tiene una principal singularidad: es creativo. Es esa creatividad la que lo lleva a querer experimentar etapas de humanidad, y a diferencia de Samantha, que también quiere “sentir”, “experimentar lo real”, “tener un cuerpo”, y se comporta como una ama de casa y esposa ideal incluso, manifestando celos constantes; Andrew va salvando obstáculos en su evolución, supera dificultades “reales”, como presenciar la muerte de los humanos que ama, y ante esto, decide (tiene personalidad) pedir ser mortal y reconocido como humano ante el mundo. No se trata de sensatez, ni de sentimientos, ni de esa determinación del escritor de HER quien decidió que en su futuro no habría un desarrollo tal como para darle un cuerpo a Samantha: se trata de mostrar la salida de la narrativa cinéfila de los 80.

En Her,  Theodore es un “freaky” que se enamora de su compu (véase el reclamo de su ex-esposa al respecto). Y si bien Theodore es raro de por sí, la contradicción está en que todos están igual de predispuestos a lo que él experimenta. Samantha, por su parte, está encasillada en lo que su usuario espera, porque es graciosa, lo adora, le organiza el trabajo, se lo hace, y además lo ayuda a publicar un libro sin pedir nada a cambio, y le alimenta el ego con celos. Luego, cuando Theodore está a punto de asumir que no hay tal separación –entre realidad y virtualidad– (gracias a un denodado esfuerzo), Samantha, termina yéndose al paraíso de los sistemas operativos. El mensaje es otra vez, con la excepción de El hombre Bicenterario, el lugar común: lo material no se mezcla con lo virtual.  No aparecen otras posibilidades ni creativas, ni narrativas, ni en el sistema operativo personaje, ni en el autor de la historia (el mismo Jonze), porque todo es gris, todo es liso y ni siquiera está Moroder de fondo.

Haraway diría entonces en su manifiesto que, “hay placer en la confusión de las fronteras entre lo artificial y lo orgánico” mientras que quizá valga la pena recordar lo expresado por Arthur Danto en su ejercicio predictivo sobre el arte: “aunque parezca una ventana a través pueda verse lo que vendrá, el futuro es una especie de espejo que sólo puede mostrar nuestro propio reflejo”.

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