Narrar la infancia

Por Silvia Araújo *

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Según una creencia muy difundida los borrachos y los niños siempre dicen la verdad. Y si bien la verdad no es una prerrogativa de la ficción, la verosimilitud sí lo es. Tal vez por eso la literatura recurre frecuentemente a los niños a la hora de narrar. Si bien este tipo de focalización tiene sus riesgos (la dificultad de mantener el registro de la voz y la percepción infantil, el tropiezo en el golpe bajo, etc.) bien sorteados producen la “ilusión” de la veracidad de la narración, la edificante sensación de estar frente a un relato autobiográfico con el cual fácilmente nos identificamos, ya que todos hemos sido niños alguna vez. Sin embargo, este artificio narrativo requiere de un alto grado de cooperación en la decodificación de la historia para reponer la información faltante, los indicios desperdigados  a lo largo del relato, porque si bien los niños no mienten tampoco lo saben todo o comprenden cabalmente lo que sucede a su alrededor.

Dos de las novelas que se publicaron en el 2013 participan de este tipo de disposición narrativa: Siempre será después de la uruguaya Marisa Silva Schultze (Alfaguara) ganadora del Primer Premio de narrativa inédita del M.E.C. y Una muchacha muy bella del escritor argentino Julián López (Eterna Cadencia). En ambas, se narra la experiencia de un niño ante la violencia: la de género, en el caso de la novela Silva Schultze, y la violencia de estado, en la obra de Julián López.

Siempre será después es la historia de un femicidio visto a través de los ojos de Álvaro quien aparece primero como un niño en la primera parte de la novela y luego como un adulto que repite una y otra vez el mismo ritual. Como empleado de una inmobiliaria durante el día muestra los departamentos a los que regresará por la noche a sentarse en la oscuridad de las habitaciones vacías a recordar  las escenas de violencia a las que su padre los sometía por no poder aceptar el divorcio. El dato del homicidio de la madre se adivina ya en las primeras líneas de la narración. Sin embargo, como en una tragedia, en la que se preludia un desenlace sangriento y fatal no podemos deponer la lectura que se despeña indefectiblemente hacia lo irremediable y atroz.

Silva Shulttze ha transitado por diversos géneros con éxito: la narrativa, La limpieza es una mentira provisoria (1997, primer premio compartido de narrativa inédita de la Intendencia de Montevideo y mención del concurso narrativa inédita del Ministerio de Educación y Cultura del Uruguay). Qué hacer con lo no dicho (1999), y Apenas diez  (2006); el ensayo histórico Aquellos comunistas (2009, ternado para el premio Bartolomé Hidalgo) y la poesía, en los comienzos de su carrera, Taller de juguetes (1987) y Las casas son una ilusión necesaria (1994). Esa incursión por el terreno de lo lírico se advierte en el tono de muchas de sus descripciones y en la creación de ambientes agobiantes por los que transita el niño protagonista de la historia. Sin embargo, es la iteración el recurso narrativo que sostiene el andamiaje y la tensión del relato. Repetidas veces a lo largo del texto se reitera la misma escena:

“Álvaro y su madre están cenando. Suena el teléfono. Una y otra vez. Se corta solo. Empieza de nuevo. Una y otra vez. Álvaro y su madre siguen cenando. No hablan. El televisor está prendido y los dos aparentan mirar la pantalla. El timbre del teléfono interrumpe las palabras que intentan salir del televisor pero que quedan adheridas a la pantalla antes de llegar a ellos dos. Saben que no puede ser, pero cada vez que empieza de nuevo a sonar, los dos creen que el maldito sonido ha subido de tono, que es más fuerte más agudo, más prolongado, que entra  más adentro de sus oídos, en las bocas cerradas que ya no se abren ni para dejar entrar la comida. La madre se levanta, camina cuatro o cinco pasos hacia el teléfono. Álvaro le mira la espalda, le ve el temblor en los brazos. Tiene diez años y mira a su madre. Cree que va a contestar. Pero se equivoca (…) Álvaro mira a su madre, la sigue sin perder el más mínimo movimiento, le conoce los gestos, le adivina el temblor de la mano derecha que en vez de llevar el teléfono hasta la oreja lo deja en la mesa, corta, el teléfono sobre la mesita, las palabras que no dijo, el ruido, que al fin termina. Sin embargo, él no siente el silencio, solo oye el ruido que, sobre el living, hace tanto silencio.

La mamá de Álvaro vuelve a la mesa. Pero no lo mira. Ni a él ni al televisor ni a las milanesas que han quedado en la fuente. Álvaro ya sabe qué hace su madre en estos casos levanta los platos, recoge todo lo que hay en la mesa, no olvida ninguna miga, ningún resto de comida, lleva a la cocina los platos y los cubiertos y la fuente de milanesas que han quedado sin probar (…) Sabe que es mejor no ir hasta la cocina, sabe que es mejor no hablar ahora del compás que necesita llevar a la escuela mañana, sabe que en unos minutos su madre volverá al living y no hablará del teléfono ni de los timbres ni de lo que no dijo ni nada. Llegará con la bolsa de agua caliente en la mano y le dirá que ya es hora de dormir y buscará dentro de ella una sonrisa imposible, una sonrisa que, aunque Álvaro tiene diez años, ya sabe que es una mueca, un principio de llanto, un esfuerzo vano que la madre le dedica noche tras noche.

Pero nada de esto sucede. Justo cuando su madre empieza a recoger los platos suena el timbre de la puerta. Infinito. Menos agudo que el del teléfono, parecido más a un alarido que a un llamado. No hay interrupciones. Suena como si se hubiera descompuesto, como si en vez de ser sonido fuera una escultura esculpida en el aire. Vamos a dormir, le dice su madre. Los platos, esta vez, quedan en la mesa, inconclusos, con ese gesto de orfandad que tienen los objetos cuando terminan siendo inútiles (…) El timbre se interrumpe solo por unos segundos como si del otro lado de la puerta empezara a dibujarse una promesa de alivio o un paréntesis o un hasta mañana. Pero son solo unos segundos. Enseguida el timbre vuelve a sonar”

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Como un leit motiv, una y otra vez el lector tropieza con esta escena intercalada a lo largo de la narración. Sin embargo, la repetición nunca es igual en la iteración de sí misma, ya que a medida que el relato avanza nos provee de nuevos datos que resignifican la escena en cuestión. Con este sencillo recurso, Silva Shutze logra  que la repetición engendre la diferencia, colocando al lector en el lugar de ese hijo y esa madre, ante el agobio de cada nueva llamada, el temor ante el timbre sonando, el pavor ante la interrupción siniestra que deja la cena intocada en la mesa. Repetición y diferencia, redundancia y divergencia son las claves para leer esta novela, que como esas llaves que lleva Álvaro ya de adulto siempre consigo, le permiten ingresar en los departamentos vacíos para volver al pasado. Única sustancia de la que dispone para pensarse a sí mismo, ya que el presente está hecho de lo efímero y transitorio y el porvenir, tiene los contornos imprecisos de lo aplazado e inasible, de lo que “Siempre será después”.

 

***

 

“No hablo sino de mí. No puedo hablar de ella, decir lo que ella era, hacer un retrato estremecedor” anota Roland Barthes en una de las entradas de su Diario del duelo escrito tras la muerte de su madre. A diferencia del pensador francés, el escritor argentino Julián López sí logra trazar un retrato estremecedor de una madre soltera y militante durante los años setenta en su primera novela, Una muchacha muy bella, publicada en 2013 por Eterna Cadencia. La novela se estructura en dos momentos: al principio, el narrador es un niño de siete años que reconstruye con mirada amorosa y solícita el vínculo con su madre hasta su secuestro. Mientras que en la segunda lo encontramos ya adulto intentando reunir los fragmentos de su vida para dotarlos de algo parecido a un sentido  alrededor de la pregunta: “¿Quién fue esa muchacha bella?”

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A fuerza de imágenes potentes y minuciosas descripciones cotidianas, López logra recrear en muy pocas páginas los consumos y  las costumbres propias de una década (Titanes en el ring, Pobre diabla, el Pineral,  los 43/70, las polleras de tweed, el Brylcreem, el Cynar, los Topolino, el Billiken, los Milkybar,) para ofrecer el retrato  de una generación atravesada por la militancia y el compromiso político hasta en los gestos menos elocuentes. Ésos que un niño percibe de manera oblicua y sesgada a través de una puerta entre abierta, una conversación de grandes a “media voz”, o los fragmentos de un diálogo telefónico entre su madre y un interlocutor desconocido que la llama siempre a lo de Elvira, la vecina atenta que  le presta el teléfono y que cuida al niño durante las esporádicas ausencias de la madre:

“Esa tarde mi tío no me trajo nada; cuando lo escuché entrar corrí desde mi cuarto hasta el living para saludarlo y lo encontré con la cara seria, me saludó bastante apurado, la miró a mi madre y le dijo con una furia seca que hacía rato que estaba enfrente de casa pero que la persiana estaba baja. Mi madre pareció despertarse de golpe, se levantó del sillón de un salto y me dijo que me quedara en mi habitación, que ella le iba a hacer unos mates al tío y que necesitaba tener una charla de grandes.

Me quedé en mi habitación tratando de desentrañar de qué podía hablarse en una charla de grandes, qué cosas no podía escuchar un chico, yo ya había visto un choike despanzurrado por el filo de un cuchillo, una comunidad de serpientes ciegas que se morían de a poco fuera de su hogar en las entrañas de un ñandú, había soñado  con las hienas y con las masas prohibidas de la Casa Suiza,(…) ya sabía que los niños del mundo se morían con la panza gorda de hambre, que no debía preguntar por mi papá, que el Niño Jesús era un miserable mentiroso por el que se robaba y se mataba. ¿Cuál será la temática impropia de un niño de mi edad?

Pocos minutos después escuché que mi tío Rodolfo se iba y mi madre entraba al baño y con la puerta abierta se lavaba la cara con agua fría y se ponía una gomita en el pelo para hacerse una cola de caballo. Súper apurada se ponía el saco de botones dorados y me decía que tenía que salir, que iba a ver si estaba Elvira para que me viniese a cuidar durante el rato en que ella estuviese fuera. Elvira no contestó la puerta, ni el timbre ni los golpes ansiosos de mi madre, que volvió, lanzó un sollozo delante de mí y me dijo:

–       No te puedo llevar- En un santiamén se enjugó las lágrimas, solo dos, me sentó en su sillón, me arropó con el poncho, me dijo que la esperara ahí, viendo los dibujitos, que no saliera de ahí por nada y que si sonaba el timbre no contestara y no le abriera la puerta a nadie. Ni siquiera a Elvira. Vació la lata en la que guardábamos los ahorros, me dio un beso en la frente, salió y echó dos vueltas de llaves a las dos cerraduras que tenía la puerta.

Mi madre nunca cerraba tanto.

Era casi de noche cuando me quedé solo, ¿qué dibujitos iba a ver? Los programas de esa hora eran para grandes y a mí los noticieros me asustaban (…) Mi madre no tardó en volver. Mucho antes de lo que pensaba abrió, cerró y apoyó su espalda sobre la puerta, tenía los ojos hinchados (…) ¿Qué te parece si vamos a la cocina y preparamos unas salchichas con puré?”

Si la ausencia es el rasgo que marca la primera mitad de la novela, durante la infancia del narrador (ausencia absoluta del padre y ausencias esporádicas de la madre), la orfandad y el desamparo son los signos que permean en la segunda parte durante la adultez del protagonista, en la que memoria individual y la memoria colectiva intentan vanamente confluir en una misma voz para contar la historia. No la Historia con mayúscula que se escribe en letra de molde con héroes y vencedores, sino la otra. La de la ficción hecha de retazos mínimos y de recuerdos fugaces, de madres militantes y niños devotos que dan testimonio de una época y una generación:

No hay ningún hombre nuevo volviendo de entre los muertos. Ni entonces ni hace dos mil años. Hay una muchacha muy bella perdida para siempre en el espanto y un quebrado que se ahoga y no puede distinguir cuál es su recuerdo”.

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*Profesora en Letras, especializada en Letras Latinoamericanas  -Universidad Federal de Integración Latinoamericana (UNILA). Es coeditora de #ND.

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