“A cada quien su cine”, o diario de una experiencia colectiva

Nota de la editora: este texto llevó como título original el siguiente: “A cada quien su cine…club: apuntes sobre la vida y muerte de los maratones nocturnos del Cine Martí” y se refiere a los ciclos de cine alternativo organizados durante décadas por Jorge Grajales, en ese centro cultural de la Ciudad de México. En paralelo a la historia de ese espacio cultural y su promoción de propuesta cinéfila, el texto no tiene desperdicio si consideramos los tramos de una vida dedicada a la búsqueda, subtitulación y distribución de películas en distintos espacios del Distrito Federal, movida por la pasión de Grajales por “el otro cine”.

Por Jorge Grajales

I

– Bueno, pero…¿por qué no vienen al cine?

– ¿A hacer qué?

– ¿Qué vas a hacer en un cine?

– Hoy dan 9 películas entre todos los canales de TV. Te cuento: Una de Totò, una de Orson Welles, una de Charlot. Fred Astaire “Sigamos la flota”, “Pane e amore”, Jerry Lewis, la serie “Fort Apache”, “La ventana indiscreta” de Hitchcock y otra de Totò.

– Bien, por curiosidad, ¿cuál verás?

– Ninguna.

Splendor. Ettore Scola.

Harold Loyd
Harold Loyd

   La popularización de la tecnología del video en la década de los 80 supuso un cambio en las prácticas de ver, entender y consumir películas a un grado tal que en 1996 Susan Sontag declaró la muerte del cine en un ensayo publicado en el New York Times “The Decay of Cinema”. Efectivamente, el cine dejó de pertenecer al privilegio de la memoria, de valorarse como un huidizo object d´art, de ser resultado de un registro fotoquímico para convertirse en un producto de consumo más de repetición ad nausea, caracterizado por una híper-quinética realidad alterada por el impulso electromagnético y la manipulación digital. Pero más que la muerte del cine, esta es una etapa más dentro de la evolución del mismo, una fase de radicales cambios que han cimbrado a los paradigmas y modelos teóricos que se creían ley. No es la primera vez que se declara que se ha llegado ya a los créditos finales del séptimo arte, cerrando prematuramente el telón sobre su pantalla; la llegada de la televisión en su momento se vio como una amenaza de la que el cine logro salir avante.

   Dentro del contexto anterior podemos inferir entonces que, si el cine y las aproximaciones académicas en torno a él son sujetos a repensarse y acomodarse dentro de una perspectiva pertinente del nuevo milenio, también lo son la cinefilia y las prácticas en derredor a ella; la cinefilia después de todo no ha muerto, simplemente se ha transformado. Al respecto escriben Marijke de Valck y Malte Hagener en su antología de ensayos sobre la cinefilia en este nuevo siglo titulado Cinephilia: Movies, Love and Memory:

–         “La cinefilia de hoy es descaradamente consumista (dentro del rápido crecimiento del mercado del DVD), y radicalmente anticapitalista (en sus transacciones no muy legales de películas a través de los sistemas puerto a puerto en internet)…El cinéfilo contemporáneo es por igual un cazador-recolector como un mercader-comerciante, tanto de bienes materiales como de memorias personales y colectivas, de flujos de datos reproducibles y de objetos únicos…El amante del cine de hoy día acoge y emplea la nueva tecnología al tiempo que recuerda y aprecia nostálgicamente los antiguos formatos desplazados.

   Ante esta nueva manera de cinefilia, uno de los elementos clave de su formación, el cineclub, parecería destinado a correr la misma suerte del dodo. En otros tiempos el cineclub era, entre otras cosas, el lugar en donde se tenía la oportunidad de descubrir un cine que difícilmente hubiese llegado a nuestras pantallas. Pero en esta época de internet, ¿para qué ir al cine cuando se tiene al alcance de un clic una óptima y feraz abundancia de películas que conforman una nutrida filmoteca virtual? Es entonces que se nos olvida que un cineclub cumple una función aún más importante que la de exhibir películas: Un cineclub construye un pensamiento reflexivo en torno al séptimo arte y genera lazos comunitarios entre sus asistentes, de igual manera puede ser el semillero para futuros realizadores o críticos de cine. Un cineclub es un lugar que promueve la discusión entre su público; reafirmando lo expresado anteriormente, no es solo la experiencia de ver cine, sino de apreciar cine.

   A primera vista, un cineclub dedicado a proyectar películas que no entran dentro de un canon establecido de aceptación – un cine despreciado, vilipendiado y ridiculizado por la crítica especializada – parecería no encajar con los ideales descritos anteriormente. Y si además agregamos que su formato consiste en proyectar varias películas de manera consecutiva a lo largo de toda una noche, estamos hablando ya de contravenir los principios establecidos que debería seguir un cineclub. ¿Cómo es que se puede disfrutar – ya no digamos apreciar – cine de esa manera? ¿En dónde queda el espacio para la reflexión y el debate? ¿Cómo es que un cine de baja estofa, escudado bajo su supuesta condición de ser “de culto”, puede desarrollar una formación cinematográfica con la ausencia de películas verdaderamente importantes? Sencillo. Un cineclub de esas características resulta atractivo sobremanera lo mismo para un público que podríamos inscribir dentro de la nueva cinefilia, que a un público ajeno a ella y a un cine más exquisito. Y por medio de una pertinente contextualización de lo proyectado, se va guiando al espectador a insospechados universos cinematográficos que seguramente le encaminaran a otras expresiones fílmicas más demandantes, con una mente mucho más abierta. Lo sé muy bien, porque yo estuve al frente de tal espacio: el cineclub de cine alternativo del Centro Cultural José Martí, en el centro de la ciudad de México. Un espacio singular que desde 1999 se pobló de un cine que fue el que me hizo enamorarme del séptimo arte en un principio.

Ben Turpin
Ben Turpin

II

Son gente que en el fondo lo ha tenido todo de la vida ¿no?

Todo lo que el cine le puede hacer soñar y desear ustedes ya lo tienen: mujeres, riquezas, aventura, amor.

Si lo tienen todo ¿por qué ir a verlo fingido en una película si ya lo tengo?

Splendor. Ettore Scola

Mis primeros encuentros con la pantalla más grande que la vida no fueron con Goddard ni con Bresson, ni con Hawks ni con Welles. Fueron con Bambi, el Pájaro Loco, el Hombre Araña, King Kong y Godzilla. En la pantalla chica del televisor descubrí a Harold Lloyd, Ben Turpin y al Gordo y el Flaco (Chaplin no resultaba muy de mi agrado), al igual que el cine de horror y ciencia ficción norteamericano de los años 50. Eso orientó mi gusto hacia lo fantástico, al igual que las historietas. Perdonarán ustedes mi gusto zafio, desgraciadamente mis padres nunca me llevaron de matiné a la cineteca ya fuera a ver animaciones rusas. Prefería El Ladrón de Bagdad que El Ladrón de Bicicletas. Y en lugar de leer a Rulfo, Cervantes o Steinbeck, mis primeros encuentros literarios fueron con el Gusano Serpentino de Richard Scarry o Los Cuentos del Tío Remo. A pesar de esas perniciosas influencias, desarrollé un sano gusto por la lectura y por el cine. En casa nunca faltaba el periódico, aunque éste fuera el Ovaciones, y después de leer las tiras cómicas gravitaba obligadamente hacia la cartelera de películas y sus críticas cinematográficas. Esas lecturas, así como las enciclopedias de aquéllos entonces y las películas que daban por la tele fueron la base de mi formación cinematográfica. Aterrador, ¿no es cierto? Pero con los años esa hambre cinéfila se fue alimentando no solo del calórico y sabrosón cine fantástico, sino también del cine nutritivo, “el de a de veras”, ese que incluye a Fassbinder y Kalatozov, Jancsó y Cassavetes, y que descubrí gracias a ese cine “chatarra”.

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   Pasado un tiempo era ya asiduo lector del periódico El Nacional (que por ser del estado ¡solo costaba 20 pesos! el más barato de los puestos de revistas) y de la revista DICINE en donde escribían críticos como Tomás Pérez Turrent, Nelson Carro, Leonardo García Tsao y José Xavier Návar, entre otros. Y estaban igualmente los libros de García Riera y los escritos de Ayala Blanco, y un programa televisivo de la cineteca nacional con los mencionados Turrent y García Tsao. También había logrado toparme con algunos números de la revista Cine que editó el Instituto Politécnico Nacional; especialmente el ejemplar dedicado al cine de horror publicado en 1979, mítico por destapar el hecho de la existencia de una película de El Santo plagada de desnudos, publicando las fotos que lo probaban. Y es que mi pasión por el cine fantástico no menguó – informado sobre todo por revistas como Fangoria, Gorezone y demás del extinto grupo Starlog  – sino que convivió armónicamente con el cine de arte y su afrancesada política de autores. Pero fue otro cine de arte el que me hizo expandir mis horizontes en todos los sentidos: el cine de artes marciales.

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El Santo

El cine de artes marciales siempre me pareció ramplón y pedestre, sus básicas historias de venganza no me resultaban para nada entretenidas. No entendía el porqué de la popularidad de los contados filmes de Bruce Lee. No solo lo decían los expertos que leía, sino que también lo comprobé con alguna que otra película que llegué a ver por televisión. ¡Ni de chiste pagar por rentar una película de esas, ya ni digamos ver una en el cine! Esta equívoca noción que tenía sobre este particular género cinematográfico, alimentada en parte por la crítica cinematográfica de entonces, sería sacudida cuando a principios de los 90 descubrí el mundo de los fanzines de cine: revistas no profesionales realizadas por verdaderos entusiastas de cine de horror, de explotación y en general de anomalidades fílmicas producto de lo que para la crítica especializada eran meros chambones  metteurs-en-scène; curioso que en las páginas de esos fanzines si había espacio para auteurs como Fellini o de cine avant-garde norteamericano como el de los hermanos Kuchar o Richard Kern, a lado del hasta entonces desconocido y enigmático “Coffin Joe” o Jesús Franco.

   Otro universo cinematográfico se presentaba ante mí entre las páginas, en algunos casos fotocopiadas, de estas publicaciones con títulos como Video Ooze, European Trash Cinema, Screem, Shock Cinema, Video Watchdog o Psychotronic Video Magazine. En muchas de ellas se hablaba efusivamente del cine de artes marciales de Hong Kong, de Chow Yun-fat y Jackie Chan, de Tsui Hark y de John Woo. Filmes que se antojaban imposibles, inusuales y exóticos, y que sus reseñadores encontraban en los videoclubes de los barrios chinos de su localidad, subtitulados en inglés. Cuando empezaron a sacar notas al respecto de este cine en Fangoria, supe lo que tenía qué hacer. En una consulta exhaustiva a la sección de estrenos en México que consignaba DICINE, encontré que varias de las películas de las que se hablaba en fanzines como Asian Trash Cinema o HK Film Magazine, se habían estrenado comercialmente aquí. Como ya lo esperaba, la crítica cuando no las despedazaba, las clasificaba de poco o nada recomendables. Como siempre sucede en estos casos, uno tendría que sacar sus propias conclusiones.

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Quién diría que en un estrecho videoclub instalado en un mercado de lámina, ubicado en la esquina de mi casa, sería donde encontraría dos de estas películas clave de las que en ese entonces todos hablaban maravillas y que aquí fueron recibidas sin asomo de aspaviento: A Better Tomorrow y The Killer, ambas de John Woo, pero escondidas tras los nombres en español que les habían endilgado, El Sindicato del Crimen la primera, y Contacto Brutal la segunda. No las renté, pregunté si las tenían a la venta. Siempre estuve tentado a comprar películas en video, pero su costo solo hacía viable el rentarlas. En esa ocasión no me importó el precio en la que me las vendieran, aunque todavía para regodearme de mi pleno alborozo fue el hecho de que me las dejaran en calidad de ganga. Esas películas no las querían ni en el videoclub. No lo sabía entonces, pero sería el inicio de una larga colección de películas en diferentes formatos. Y los filmes en sí, no me decepcionaron, au contraire, fue como descubrir el cine por primera vez, nuevamente. Este gozoso cine de acción hongkongués reinventaba el género de gángsters de una manera tan novedosa que se asemejaba a la manera en que Sergio Leone lo había hecho con el western. Y no solo era este llamado “Heroic Bloodshed”, pronto me di cuenta que en nuestro país (México), en formato de video, se habían editado una gran cantidad de títulos de Hong Kong. Comencé pues, a apreciar también el cine de artes marciales, realizado de una manera distinta al occidental en su montaje, en su tono y en lo estilizado de su coreografía. De la Golden Harvest al rico pasado del estudio de los Shaw Brothers. Eso me llevó a ampliar mis horizontes fílmicos y valorar desde otras perspectivas el cine popular. El conocer otras técnicas, otras maneras de pensar en imágenes en movimiento que me llevaron incluso a saber más de los países que las produjeron. Y de transmitir este conocimiento y técnicas que había aprendido. Como cliché de película de artes marciales. Sí, de aquellas ramplonas.

III

¿Por qué todo esto?

Porque no había subtítulos.

Dije, pongamos subtítulos, pongamos subtítulos.

Splendor. Ettore Scola.

   Nunca fui del tipo extrovertido. Pero allí, en Sol Negativo, el cineclub del Colegio de Ciencias y Humanidades donde cursé mi bachillerato a principios de los 90, lo parecía. Era asistente frecuente y me gustaba intervenir en los debates y charlas finales en torno a las películas presentadas, a tal grado que heredé la responsabilidad de llevarlo. Desde entonces siempre he estado involucrado en labores cineclubistas.

   La colección de películas en Beta y VHS que reuní después junto con mi amigo Víctor Dagon, sirvió para continuar esa actividad fuera ya del ámbito universitario sin el respaldo de la filmoteca de la UNAM. Títulos encontrados en bodegas de video, baratas del Blockbuster, tianguis y centros comerciales nos habían llevado a encontrar extraños ejemplos de cine popular de diferentes partes del mundo: Tailandia, Suecia, Argentina, Corea del Norte, Rusia. Cine quinqui, kaiju eiga, poliziotteschi, kriminis, heroic bloodshed, gore, luchadores. Jesús Franco, Joe D´Amato, Christian González, Lloyd Kaufman, Godfrey Ho. Éramos pepenadores del video, buscando entre la basura para encontrar rubíes en lo que la mayoría de la gente veía cuentas de vidrio.

   Llegamos al Centro Cultural José Martí en febrero de 1999. Íbamos como parte de una feria de literatura fantástica en donde teníamos un cineclub que servía de complemento a las actividades. Armamos nuestra programación correspondiente y para nuestra sorpresa se nos invitó también a hacer lo propio para un maratón nocturno de películas. El formato ya lo venía trabajando el centro cultural inspirado en lo que hacían en la Facultad de Ciencias de la UNAM, si bien más orientado a un cine de arte que me parecía no era el formato idóneo para apreciarlo; sin en cambio, sí resultaba perfecto para proyectar las más delirantes películas que habíamos podido conseguir. Y así lo hicimos.

   Meet the Feebles de Peter Jackson, Orgía Diabólica de José Larraz, En el Infierno Caníbal de Ruggero Deodato, Tokio Snuff de Toshiharu Ikeda y The Untold Story de Herman Yau fueron las elegidas de esa noche. La respuesta fue tal, que hasta me llamaron de gobernación para confirmar que lo que se proyectaría no fuera verdadero snuff y canibalismo. Esto no lo supe hasta después, cuando llegué al centro cultural a presentar el maratón y me preguntaron si había recibido telefonema de gobernación, ya que estaban un poco escandalizados por los títulos. Y es que quien me llamó nunca se identificó, pero le respondí gustoso de explicarle la historia completa de ambas películas. Cosa de forofos del cine.

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Volvimos a regresar a ese espacio en mayo del 99, nuevamente con la feria del libro fantástico. Sociedad de Mutantes de Brian Yuzna y Calles de Basura de Jim Muro fueron algunos de los títulos que proyectamos en esa ocasión. La experiencia nos parecía tan regocijante, que decidimos ir con las encargadas del lugar para solicitar ese espacio y llevar a cabo el maratón de manera mensual. Gladys Robles y Andrea Lehn, encargadas del espacio  – mujeres muy inteligentes y abiertas a todas las manifestaciones culturales, que habían logrado sacar avante ese centro cultural pese a la poca ayuda de la regencia del DF, aceptaron de buen agrado. A partir de Julio, con un programa titulado Hematófagos: Vampiros sin colmillos, los maratones se convirtieron en una cita mensual.

   Con el transcurrir de los meses se fue generando toda una comunidad en torno a este cineclub sui generis. En ese entonces no había espacio que se entregara a proyectar de manera periódica esa clase de películas y siempre me resultaba divertido ver los comentarios de Nelson Carro al respecto en la cartelera de Tiempo Libre. Gente de todo tipo se pudo conocer en ese espacio: desde verdaderos entusiastas del cine en busca de otras opciones a personas descubriendo los placeres de un cineclub. Gente de bajos recursos, en algunos casos su situación que bordea la indigencia, era un público cautivo que daba rienda suelta a su cinefilia en ese espacio. Era como un cine de arte devenido en viejo cine piojo o grindhouse. Y lo disfrutábamos. Se hacían interesantes disertaciones en torno a lo visto entre película y película al igual que se daban otros maratones de charla cinematográfica al terminar la maratónica función. Cinefilia pura.

   Supe del cine del japonés Takashi Miike a fines de los 90 por la revista argentina de cine El Amante, que me prestaba el editor de la revista “El Gallito Cómics”, Víctor del Real. Eso me llevó a buscar sus películas en un súper de productos japoneses que alguien me había recomendado. Las encontré ahí y las veía aún sin que éstas tuvieran subtítulos y sin saber nada de japonés, ayudado por las sinopsis encontradas en El Amante o en algún sitio en la red que hallaba después de buscar exhaustivamente en los resultados de Altavista. En los maratones conocí a un buen amigo, José Trejo, que resultó trabajaba de mensajero para un videoclub de la comunidad japonesa en México. Gracias a él, pronto me inscribí allí y accedí a más cine japonés. La convivencia en el cineclub sirvió para retroalimentar su programación. Gracias a ello conocí también a gente de la comunidad checa que se enteró de un maratón que hice sobre cine fantástico de su país. Y a unos coleccionistas del cine de Jan Svankmajer, que tenían todo acerca de él e incluso le habían conocido. O la fortuna de haber conocido a la nieta de Yvonne Marquis, la protagonista del corto Puce Moment de Kenneth Anger, que durante largo tiempo lo había buscado y supo que lo proyectaría en mi maratón; para nuestra fortuna youtube no se inventaría hasta mucho, mucho después.

   El advenimiento de la era digital me permitió subtitular películas. Primero digitalizadas de los VHS del videoclub japonés, posteriormente de los DVDs conseguidos muy baratos en Hong Kong y de películas en formato divx que flotaban en el emule. De esa manera, mayor gente podría acceder a ese mundo cinematográfico inédito en nuestro país. Estudié japonés y fui al incipiente barrio coreano del DF y busqué también películas de India. Con los años, el trabajo impidió a mi amigo Víctor Dagon continuar participando en los maratones de cine. Y así seguí por mi cuenta, armando los ciclos, haciendo la difusión en medios, subtitulando, presentando y en varias ocasiones hasta siendo “el cácaro” de los maratones nocturnos de cine alternativo del Martí. Pero por encima de todo ello, gozando del cine ya fueran Park Chan-wook, Kim Ki-duk, Takashi Miike, Shion Sono o Wong Kar-wai, cuyos filmes pasaron en la pantalla del Martí antes de llegar a ser más conocidos por los asiduos a cineteca y nacientes festivales de cine de la ciudad.

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IV

¿A quién le importa que un crítico de cine pase a la televisión

o que un cine cierre o no cierre?

Si el proyeccionista se queda sin empleo,

¿a quién le importa?

Splendor – Ettore Scola.

   La tarde del jueves 28 de Noviembre del 2013, un día antes de mi maratón nocturno de cine de ese mes, recibí la llamada de la directora del Centro Cultural José Martí – María Eugenia Mundo, que al igual que sus antecesoras siempre me apoyó en ese espacio. Le habían ordenado desde la secretaría de cultura del DF, no incluir más al cineclub a partir de Diciembre. El día siguiente sería el último. Era uno más de los atropellos que en contra de diferentes manifestaciones culturales venía cometiendo la nueva encargada de las riendas de la cultura en el distrito federal: Lucía García Noriega y Nieto. El Centro Cultural José Martí ya había tenido que cancelar otros espacios, como los eventos al aire libre y los talleres de lengua náhuatl, y ahora tocaba el turno al mío. ¿La razón de la cancelación? ¡Qué me condenen si es que la sé! O mejor dicho, ¡qué le condenen a ella por no saberla! Y es que al momento de escribir estas memorias del subdesarrollo del cineclub del José Martí, no se ha esgrimido una razón por su cancelación. Me hubiera gustado que la funcionara respondiera con el inicio de la película Rubber de Quentin Dupieaux, en dónde un policía que sale de la cajuela de un auto, se dirige hacia el público y nos pregunta la razón por la que los dos protagonistas de Love Story se enamoran perdidamente o el por qué es café el extraterrestre de ET: Por ninguna razón. En absoluto.

El último día del maratón, irónicamente titulado Peor Imposible, dedicado a las mejores peores películas, espero que como en Splendor de Ettore Scola, al momento de cerrar el espacio llegue la gente que colme la sala e impida su cierre ¡El Splendor dará una función más! Pero eso no sucede. Las luces se van apagando y la sala va quedando vacía. Es como la escena de Adiós Dragon Inn, la película de Tsai Ming-liang que detalla el último día de vida de un cine popular de barrio. Mientras me alejo lentamente, dejó atrás catorce años de mi vida dedicados a compartir un cine que me apasiona, esperando el haber podido contagiar a más personas de esa enfermedad llamada cine, y de que lo aquí programado les haya expandido sus posibilidades: del cine no narrativo al cine de arte a mi querido cine de género. Trato evitar derramar una lágrima al salir y despedirme del lugar diciendo: Adiós Dragon Inn. No me sorprende entonces que lo que en realidad sale de mi boca es un “Adiós José Martí”. Adiós.

 elreydelotrocine

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Texto fue escrito inicialmente para la revista Cine Toma, aunque ND publica versión completa.

Después su difusión, los maratones volvieron al Martí, este 31 de enero de la mano de su incansable promotor.

*Jorge Grajales es considerado el gurú del underground del cine en México, motivo por el que se lo ha catalogado como “El rey del otro cine” en un documental que lleva ese nombre. Si quieren saber más de él, o de la historia de los maratones recomendamos mucho esta nota de Milenio.

 

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