César Antillanca: caminante de la lucha colectiva

Por Celina Salvatierra

Se sienta a la mesa y lee. Es posible verlo desde fuera, porque la puerta de su casa está abierta, no así la reja que separa el patio de la calle. Sale a recibirme, saluda amablemente. En el interior todo está limpio, ordenado, impecable. Pone la pava. Dice que le gusta leer. Que la novela latinoamericana es de lo mejor que ha leído. Esas historias “que hacen que uno se sienta dentro de ellas”. Realismo mágico, quizá –especulo–aunque en seguida dice que solía leer a sus hijos un texto de “filosofía tolteca o azteca”. Para él, el diccionario es una herramienta, indispensable. Cuenta, –se ríe– que alguna vez regaló uno a su mujer. También me muestra otro libro. Leo “Atilio Borón”. “América latina en la geopolítica del imperialismo”. Tiene una dedicatoria que empieza con un “A César”.

César Rolando Antillanca, 49 años, ya piensa en la tesis que va a hacer para terminar el Diplomado en Seguridad Pública Democrática, una especialización en políticas criminales, que cursó en la sede Trelew de la UNPSJB. Este trabajo final va a ser sobre represión policial, confirma. Va organizarlo y presentarla junto a Pablo Blanco, un compañero de Historia, con el que van a hacer equipo para encarar este último tramo.

–¿Qué ven en el diplomado?

–Los profesores –que vienen de Buenos Aires, dos veces al mes–dan ejemplos de procedimientos, de políticas de seguridad y nosotros les preguntamos. Muchas veces discutimos: ¿Qué entienden por seguridad? Porque seguridad es una palabra de la que hay que sospechar.

César explica que cuando haya terminado su capacitación estará habilitado para gestionar políticas de seguridad ciudadana, aunque para él el término es de por sí conflictivo: estamos en este presente signado por una maquinaria institucional que paga con palo y violencia a los que menos tienen. Siempre porque sí. Maquinarias, si las hay, de engranajes cada vez más aceitados. Poniéndose a la altura de las circunstancias, César hizo entonces un recorrido también minucioso: entender problemas y lógicas para ampliar los frentes de lucha. Con esa premisa, este año va a estudiar Geopolítica Latinoamericana, en la sede comodorense de la UNPSJB.

–Varias veces he estado con la gente que organiza. Ya se firmó un acuerdo, tengo que ir a inscribirme. Yo creo que la única solución es haciendo política y estudiar, para entender más.

–¿Y qué se puede hacer desde ese lugar?

–Transformar el Congreso Nacional. Lo que hay que hacer en las provincias es trabajar para llevar al Congreso compañeros que cambien la ideología, hay que desarmar lo que está y crear algo nuevo, con base fundamentalmente social. Para esto, hay que prepararse. Yo estoy en desventaja con compañeros militantes que son más jóvenes.

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César Antillanca. Foto gentileza: Trelew contra la impunidad http://is.gd/PX9VwN

A pesar de lo que señala, César Antillanca logró salvar el tiempo perdido y el año pasado fue segundo candidato a Diputado Nacional, detrás de Susana Muñoz (MST) por el Frente Unidad Sur. Una leyenda lo describe en el blog de campaña como “obrero y militante por los derechos humanos, incansable luchador de los derechos sociales y denunciante de la violencia institucional”. Cuando le ofrecieron la candidatura, hacía sólo dos meses que estaba en el partido, y cada vez que pudo se encargó de remarcar, la necesidad de esa renovación de referentes en el Congreso, pero también en la Legislatura provincial. “Ocurre que se apoderan y administran al Estado como si fuera una empresa privada”, dijo en el marco de la campaña por las elecciones primarias.

 –Pasa que yo tengo militancia social anterior a lo de Julián. Tengo militancia en cooperadoras, comisiones deportivas, comisiones infantiles. Entonces, no cuesta mucho hacerse entender, más si trabajás con chicos, para que se entienda lo que uno quiere decir. Ofrecieron la candidatura y nos pusimos a trabajar con Susana (Muñoz) y el crecimiento de la primera elección (agosto) a la segunda (octubre) fue del 40% (en dos meses). La idea es seguir trabajando.

Para Antillanca, ese cambio de referentes nacionales y provinciales es lo que el pueblo se debe a sí mismo. También aclara, a lo largo de su charla con ND, que lo que le tocó vivir impide que él pueda medir lo que vendrá en términos de esperanza. Más bien, –explica—hay que sumarse y sumar a otros, caminar en pos de la lucha colectiva, entender que la lucha se da paso a paso.

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Foto: Comisión contra la impunidad

La violencia institucional en Chubut sumó este verano dos casos más a los hechos de represión ejercida contra jóvenes, muchas veces menores y de los barrios. Iñaki Vera Basso, activista de Trelew, 17 años, fue brutalmente golpeado y detenido durante cuatro horas en la madrugada del sábado 11 de enero por policías de la comisaría cuarta de Trelew. A ese hecho se sumó, 48 horas después, el de Luciana Carabajal, novia de Iñaki, que fue amenazada por un agente en la vía pública después de que se presentara un habeas corpus colectivo desde la Comisión contra la Impunidad y la Represión Policial, por la violencia ejercida. Para la gente de las organizaciones que acompaña las denuncias, no es coincidencia que golpearan a un chico que es activista de derechos humanos y contra la megaminería. Según publicaron los medios locales, en la denuncia que Luciana hizo consta que le dijeron: ´A ver si te dejás de romper las pelotas pendeja porque vas a terminar peor o igual que tu noviecito´. Cuando se enteró de lo que pasaba en Trelew, César Antillanca viajó y acompañó las presentaciones. Ya sobre fin de mes, desde Comodoro Rivadavia, ciudad en la que vive, difundió el carácter de la marcha que se hizo en Trelew, para “resaltar la impunidad y también lo discrecional de los hechos”. Iñaki, estuvo detenido en la Seccional Cuarta, donde ocurrió lo de Julián, no obstante, Antillanca destaca que fue en otro sector de la ciudad donde la policía amenazó a la novia del chico.

–O sea que no es que todo está circunscripto a un lugar –analiza– sino que el problema es estructural.

La marcha del 31 de enero, en Trelew, tuvo como propósito apropiarse de los espacios, visibilizar, para no olvidar lo ocurrido. Además hubo un acto en la Plaza Alfredo García, mismo lugar en el que detuvieron a Iñaki, y por el que pasaban unos 40 chicos a la salida de una fiesta.

–Era de día porque eran las 5.30 de la mañana, y no hubo agresión. Lo que señalan los medios fue la versión policial donde se dijo que hubo conflicto y no lo hubo, la policía llegó y pegó. Independientemente que el móvil habría sido que hubo llamada porque aparentemente los chicos estaban cantando. ¿Y? ¿Si los chicos no pueden cantar en una plaza pública, qué es lo que tienen que hacer? Hubo tres chicos presos y nadie analiza nada. Porque los hechos se sucedieron así, pero todo podría haber terminado de otra manera. Ese es el riesgo.

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Julián Antillanca apareció muerto el domingo 5 de septiembre del 2010 en el barrio UPCN de Trelew. Su padre estaba en Comodoro Rivadavia guardando reposo porque hacía días había tenido un accidente cuando estaba trabajando en un techo de una construcción en Rada Tilly. “Me caí”, recuerda bien Antillanca, quien siempre se ganó la vida como carpintero, pintor, trabajando por cuenta propia.

–Yo iba cada dos semanas a ver a mis hijos y esa vez como no iba a poder ir y como les llegó la noticia de que había tenido un accidente, se asustaron. Les dije que se vengan y Julián no vino, se quedó allá y esa noche fue que sucedió.

César habla en plural en relación a sus hijos, se refiere a Julián Gonzalo y Ayelén. Hay quienes cuentan que cuando supo que le había pasado “algo” a su hijo, César se levantó como pudo para poder llegar a Trelew. La noche anterior, –del sábado 4–, Julián había ido a bailar con sus amigos. Horas después, el chico de 19 años, fue golpeado hasta morir en una rotonda y trasladado hasta otro punto de la ciudad en un patrullero donde se encontraron rastros de sangre. Fue Daniel Corach, perito del Cuerpo Médico Forense de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, el encargado de hacer ese análisis de ADN, y quien estableció que había “linaje Antillanca” en el auto policial, de acuerdo a lo que publicaron los medios en su momento. No obstante, en el marco del proceso judicial, el tribunal integrado por Ana Laura Servent, Ivana María González y Alejandro Gustavo Defranco- descalificó pruebas y desestimó testimonios, y  absolvió, en marzo de 2012, a todos los acusados: los policías Martín Solis, Jorge Abraham, Laura Córdoba y Pablo Morales por considerar que no estaba del todo probada su participación en el hecho. El año pasado, el Superior Tribunal de Justicia provincial revocó el fallo y determinó que los policías deberán ser juzgados en otra instancia, por otros jueces. A la vez, los mismos agresores habían sido condenados por una golpiza que dieron sin motivos –aquella misma noche del 5 de septiembre– a Sergio y Denis Aballay. Si bien las penas no hicieron que los acusados fuesen a prisión, sí recayó sobre ellos una inhabilitación para trabajar. No obstante, Antillanca denuncia que los policías siguen en la fuerza.

—Rey, Solís, Abraham que fueron todos condenados, están todos trabajando— dice.

–¿Qué pasó después de la absolución?

–El 14 de marzo 2012, absuelven a todos los policías. Nosotros presentamos un recurso extraordinario en el Superior Tribunal. Pasó un año, y se expide el STJ convalidando el recurso, que era por arbitrariedad. Lo que se dice es que en el fallo el tribunal había sido arbitrario al evaluar las pruebas. Al convalidar, se tiene que hacer un nuevo juicio. Luego de esto la defensa presenta su recurso rechazando el fallo, y el STJ confirma lo que había dicho y entonces la defensa va en queja a la corte. Y lo que se hizo, en el segundo semestre del 2013, son las notificaciones y sobre el fin de la feria judicial, el STJ reenvía la causa a la jurisdicción de Trelew. Pasa por oficina judicial, que conforma un nuevo tribunal e informa la fecha. Estimo que el juicio será en el segundo semestre de este año.

Es como la descripción de las vueltas por un laberinto. Cuando se le pregunta si confía en un segundo juicio, Antillanca preferirá hablar en términos de lucha, sobre su instinto de supervivencia y lo difícil que resultó soportar en carne viva aquel fallo de absolución. Dice entonces que el “porrazo” es muy duro. Que se siente como si a su hijo lo volviesen a matar frente a sus ojos. César se emociona. Hace una pausa. Y asegura que su obligación no termina cuando culmina una instancia judicial.

–En aquel momento, la Coordinadora contra la represión policial e institucional (CORREPI) y el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) fueron veedores. ¿Qué más implicó el juicio?

–Yo iba una vez por mes a Buenos Aires para golpear puertas y reclamar. Todo ese trabajo empezó a dar cuerpo al caso porque si uno no replica nadie se entera. Cuando se hizo el peritaje de un patrullero en Rawson, yo fui, yo dije qué producto quería que usen, investigaba, y hablaba con el procurador que me hablaba de lo que costaban al gobierno los peritajes. Yo exigía. En un momento me dijeron que un peritaje iba a ser un día que yo no podía estar, y pedí que lo cambiaran. Ellos en su soberbia no entienden que mataron a lo que vos más querés, que se lo llevaron. Cuando uno sabe qué hicieron y quién lo hizo.

–¿Y qué es lo que cambia con eso que se sabe?

–Es que hay planteos que uno debe hacerse para reclamar. Sólo así entiende que uno debe exigir, que tiene derechos. Es así, lamentablemente, después de que te arrancaron los derechos que tenías.

Antillanca recuerda que en el marco del proceso judicial le dijeron que los resultados de aquel peritaje en el patrullero tardarían 40 días.

–Pasaron 4 meses. Yo iba con el procurador, con los jueces no, porque no corresponde. Pregunté: ¿Y donde están los resultados? “En la Facultad de Farmacología”, me dijeron. ¿Y por quién hay que preguntar? “Por Corach”. Voy a Buenos Aires, golpeo. Me atiende.

“Quiero saber cuándo van a estar los resultados”, le digo. “Están acá hace dos meses y no los vienen a buscar”, me contesta. Y al día siguiente apareció un funcionario de Chubut a buscarlos.

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César es meticuloso, manso, parece intuir algunas preguntas, y responde claramente. De ese modo explica, mientras anochece, entre mate y mate, cómo se produjo un cambio interno en alguien que, como él, se ve inmerso en una tragedia, en un hecho que no tiene forma de reparación posible.

–Mi compromiso es de por vida. Yo no puedo ver que las cosas sigan pasando sin hacer nada. Yo nunca reclamo al que no hace nada, pero a veces uno lamenta que los demás no sean analíticos, por lo menos. Si no hubiese sido crítico y analítico, no hubiese podido tomar también esto ni dar un vuelco de 180 grados. Una vez que tomás este camino, no hay retorno.

–¿Y quienes dieron acompañamiento después de lo de Julián?

— Las organizaciones son las que te contienen. Yo no hubiese podido hacer nada sin las organizaciones. Algunos compañeros que seguían el juicio me decían: Se están preparando para la impunidad, porque ellos leen todo desde afuera sin ser víctimas directas, son militantes sociales, populares, obreros y me mandaron un mail y después me junté con ellos y me dijeron: ´se están preparando para la impunidad”. Ahora, yo cuando hablo con familiares de víctimas, les digo: Hay que ir despacio y estar preparado para el porrazo. Si no, te lo vuelven a matar al pibe.

César detalla: fueron las organizaciones de base de Trelew, compañeros de la UNPSJB; cooperativas, partidos de izquierda, entre otros, quienes lo apoyaron. Ya siendo militante y referente de la lucha de Derechos Humanos en la provincia, Antillanca viaja cada tanto a Trelew para seguir trabajando en la Comisión contra la Impunidad y por la Justicia de Chubut. Después del caso de Iñaki –quien ya la integraba—se busca que sean las víctimas de abuso policial y familiares quienes la impulsen.

–Lo que hace el trabajo de la comisión es denunciar y evidenciar que no es la policía una institución autárquica, que no es autogestiva, sino que hay responsabilidades políticas terribles en el Ejecutivo, y en el Judicial, porque con todas las razones jurídicas y técnicas para condenar nunca se hace, y el poder legislativo provincial, y nacional son iguales, desoyen y no quieren ver. Para ellos, que muera un niño es una estadística, pero la gente no tiene una dimensión real del daño que producen.

–Y las estadísticas crecen…

–El Gobierno con sus tres poderes es el que mata, y si la justicia falla, lo vuelve a matar. Por eso, violaron a Almonacid, mataron a Bruno (Bruno Rodriguez Monsalve, 22 años) y a César (César Monsalve, 13 años). Es un mecanismo sistemático. Lo que necesitamos es que condenen. Que condenen en Iván Torres. A mí me da pena que la madre de Marita Verón, Susana Trimarco, se haya juntado con el Gobierno. No podés sentarte con el que desapareció a tu hija. Cómo hacés con todos los compañeros que vienen militando atrás tuyo y te preguntan: ¿Qué hacés con esta gente?

–Después de pasar por lo que pasaste, todo cambia.

— Yo a veces me pongo a conversar con mi mujer, o mis compañeros, cómo puedo llevar esto. Capaz porque siempre viví en un estado marginal, pocos años de empleado. Capaz que por eso tengo un modo de desenvolverme, cuando trabajás como yo tenés que estar despierto todos los días si no te come el diablo. Todo esto me hizo estar más atento. Cuando pasó lo de Julián quedé paralizado. Pero no estaba sin pensar, estaba pensando. De eso me di cuenta después. Como a los cuatro meses. A los cuatro meses de que pasó lo de Julián, fue la primera vez que pude llorar. Lloré en una conferencia en Trelew: habían pasado meses y estaba reventando, no podía más.

–Y después de eso, se encaran las cosas de otra manera.

–Pasa que si uno no hace el análisis sobre quién tiene la culpa, le echa la culpa al policía y el día que lo encuentres en la calle lo vas a querer matar, pero eso es pérdida de energía y de tiempo, y una pérdida para la lucha colectiva. Hay víctimas todos los días. En Neuquén, al chico Salas le dieron un disparo en la espalda y un compañero no quería declarar porque dijo “me van a matar”. Y declaró y al otro día lo mataron. El mecanismo de impunidad está funcionando. Además se refuerza. Todas las cúpulas políticas y judiciales van en tándem. El Poder Ejecutivo designa a su ministro coordinador y su ministro al jefe de la policía.

-¿Cuáles son las próximas luchas?

— Estamos empezando a trabajar con el tema de Luciano Arruga, tenemos contacto con todas las multisectoriales y los organismos de derechos humanos y hay mucho trabajo. Uno lo hace como compromiso elemental, porque después de que te pasan estas cosas es obligación.

El 31 de enero pasado, se cumplieron cinco años desde la noche en la que Luciano Arruga, de 16 años salió de su casa de Lomas del Mirador, partido de La Matanza, y desapareció después de ser detenido por la Policía Bonaerense.

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Dice Martín Caparrós en una de sus crónicas, que existe la superstición de que no hay nada que ver en lo que uno ve todo el tiempo. ¿Es posible normalizar la violencia?

–Sí. Por ejemplo, Trelew es más dinámica que Comodoro Rivadavia. Quizá por su propia historia de militancia, quizá por otros motivos. Comodoro está afectada por su dinámica económica, por eso la gente se moviliza menos. No porque no haya problemas –aclara–. Las comunidades que son extractivas tienen todo potenciado: tráfico de drogas, prostitución, corrupción. La vorágine económica atomiza. Desvincula. Yo tengo que tener cerrado el portón, por ejemplo. Puede que no pase nada. Pero como la dinámica del pueblo me indica que puede pasar algo, tengo que cerrar, cuando yo nunca cerré con llave mi casa.  Y en todos los niveles es igual. Vas al banco y ves que se perdió alguien, en los palos de luz, una chica de 16 años, y nadie le da importancia a esas cosas. Cuando eso no puede, no debería suceder más.

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Sobre el final del año pasado, la Coordinadora contra la represión policial e institucional (CORREPI), que integran distintas organizaciones, entre ellas AGARRE (Acción Grupal Antirrepresiva) de Comodoro Rivadavia, difundió el Archivo de casos de personas asesinadas por el aparato represivo entre 1983 y 2013 (tres décadas de democracia). La lista que corresponde a Chubut, tiene unos 54 casos. El informe detalla que el archivo “no es un pulido y perfecto trabajo estadístico por muchos motivos”.

La causa principal –de acuerdo al texto citado– es una creciente invisibilización de los episodios represivos, especialmente los que afectan a los sectores sociales más vulnerables, y esto hace que no se contabilice “infinidad de casos”. Siguiendo esa lógica, muchos hechos no llegan a conocerse por temor de los familiares o testigos, o se presentan bajo otras carátulas, a lo que se suma que no siempre se conocen las instancias en las que deben efectuarse las denuncias. Por ejemplo, hay provincias enteras de las que sólo se cuenta, como fuente para la recolección de datos, los artículos de medios de comunicación a los que llega a acceder la CORREPI. Dada la aclaración anterior, que en el informe está explicitada detalladamente, se describe una escena nacional: en noviembre de 2012, se registraban 3.773 personas asesinadas por alguna fuerza en el país (incluyendo todo caso que implique la aplicación de política represiva estatal y la utilización de los recursos del aparato estatal, cuyo resultado sea la muerte de la víctima), y un año después, hubo 4.011. La cifra se incrementó en 217 casos en 12 meses. Sobre el total general, un 47% corresponde a personas de entre 15 y 25 años, muertos en mayoría bajo situaciones de detención o custodia policial o por gatillo fácil.

–Las estadísticas siempre son estimativas. El gatillo fácil se cobró miles de jóvenes desde que se instauró la democracia. Jóvenes asesinados por alguna fuerza de seguridad. No hay de mujeres desaparecidas porque se entrecruzan los problemas sociales, la “trata” por ejemplo, se entrecruza con algún tipo de violencia intrafamiliar. No se puede diferenciar fácil. Como el Gobierno no tiene un trabajo de previsibilidad no hay programas con metodología para contar porque ellos son quienes generan el problema. Ellos matan, ellos desaparecen.

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Foto: gentileza Paola Cuevas

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En una oportunidad le tocó viajar con María Millacura (madre de Iván Torres) hasta Trelew. Los llevaba la abogada Verónica Heredia, que tenía que llegar a Puerto Madryn y tenía poco tiempo. Así, recuerda que Heredia los dejó en la entrada de ingreso, y continuó camino, y ellos organizaron cómo trasladarse por su cuenta desde ese punto al lugar al que iban. César cuenta que, la madre de Iván Torres, propuso que se tomaran un remís, y que él contestó: “No María, si yo viajo en remís, no me alcanza para militar todo el mes” y que María accedió a ir en colectivo. Cuando iban los dos en el vehículo, ella le comentó: ¿Sabés los años que hace que no ando en colectivo? Entonces él le dijo: “Hay que salir, María, porque la vida sigue”. César se acuerda de esa anécdota con María Millacura porque dice haber aprendido que después de lo que le pasó, el desafío consiste en hacer cosas pequeñas que le permitan sentir que está vivo, a pesar de que, la vida nunca podrá ser como era.

De regreso, César me acompaña a tomar el colectivo. Charla, dice que prefiere tomar trabajos que lo ayuden a salir a la calle. No obstante, no descarta que quizá “cuando sea viejo” se comprará un “banco” (algo así como una herramienta necesaria para hacer muebles) y que trabajará en su casa del barrio San Cayetano. Me acompaña, y espera a que me vaya en medio de un inesperado frío de verano. La vuelta está signada por un pensamiento fijo: esta historia es parte de la historia general, de una tragedia. Porque en la tragedia, el relato de la compensación por el daño recibido se vuelve imposible. Sobre aquello que queda, Walsh lo dijo: “cuando más hondo se mira y más callado se escucha, más se empieza a percibir el sufrimiento de la gente, la miseria, la injusticia, la crueldad de los verdugos. Entonces ya no basta con mirar, ya no basta con escuchar, ya no alcanza con escribir”.

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