Borges y el proyecto Sur

* Por Silvia Araújo

VO

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La revista Sur nace a la vida literaria argentina el 31 de enero de 1931, cuando Victoria Ocampo cuenta con 41 años y una enorme fortuna que destina casi enteramente a la revista y a la editorial homónima que funda en 1933. Comienza siendo dirigida por su dueña y con una salida trimestral hasta que en el período de 1938 a 1961, momento más prolífero que tiene como Secretario de Redacción a José Bianco, la frecuencia de salida pasa a ser mensual. Lo sucede María Rosa Bastos desde 1961 a 1968 con una tirada bimestral de la revista, luego la reemplaza Enrique Pezzoni (1) desde 1968 a 1973 y, a partir de la década del 80 hasta 1992 que deja de salir, la publicación aparece esporádicamente.

En este sentido, la iniciativa emprendida por Victoria Ocampo representa uno de los fenómenos culturales de mayor envergadura y trascendencia dentro del campo cultural argentino. El papel Sur a lo largo de seis décadas es ya un hito insoslayable basado en dos pilares fundamentales: Difusión y traducción.

Respecto de la primera, no son pocos los autores, en una y otra orilla del Plata, que coinciden en afirmar que el papel de divulgación que tuvo la revista fue un sello distintivo que le imprimió su directora. Así lo manifiesta Juan Carlos Onetti en una entrevista realizada a Victoria Ocampo en el diario Acción de Montevideo (2):

Desde hace cerca de treinta años, Sur, que es lo mismo que decir Victoria Ocampo, se ha dedicado a cumplir los propósitos que anunciara en su primer número y que fueron recordados al cumplirse el primer cuarto de siglo de la revista y editorial. Sur se fundó para establecer un puente –son las palabras que esta mañana nos repitió Victoria Ocampo- entre las culturas de Europa y América. Más concretamente, para reducir a las proporciones realizables el ambicioso programa, Sur se propuso hacer conocer en Europa a los escritores argentinos y en la Argentina a los europeos. No sabemos qué dimensiones tuvo en la práctica el primer objetivo. En cuanto al segundo, Victoria Ocampo cumplió con creces lo prometido. Las pausas de cinco o diez años que separaban, hasta la fundación de Sur, la publicación de libros importantes en Europa –y también en Estados Unidos- de su traducción en español, fue suprimida por las ediciones de la revista. Y sus páginas han sido desde entonces un reflejo fiel de lo que sucede en las literaturas del mundo (Onetti, 1957, p.5)

En el mismo sentido, Beatriz Sarlo, en la orilla opuesta y muchos años después, manifestará:

Victoria Ocampo fue una turista que se comportó como una expedicionaria (…) tiene algo de expedicionaria en este mismo rasgo acumulativo: explora para importar, para encontrar algo que sirva en otra parte, en el lugar, Buenos Aires, al que siempre se regresa y nunca se pensó abandonar. Lleva y trae, de un lugar a otro. Se comporta siempre como un intérprete o como un viajero del siglo XIX, un comerciante o un sabio que va por el mundo para aprender o prosperar (…) Sur fue una biblioteca de literatura europea y americana en traducciones excepcionales (Sarlo, 2007, p.139 – p.145)

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Traductores y Traducciones en Sur

En cuanto a las traducciones, basta pasar lista por los índices de Sur hasta bien entrado los años sesenta, para confirmar, sin dudas, el enorme valor de los autores introducidos, tanto la revista como la editorial: Virginia Woolf, André Gide, Graham Green, T.S. Elliot, William Faulkner, Henry James, entre muchísimos otros.

Ahora bien, cabe aquí hacer una salvedad al respecto para entender cabalmente la importancia de las traducciones suristas en el ámbito de la literatura nacional. Siguiendo a Gargatagli, podemos afirmar que la traducción en sí misma no produce ningún efecto. De hecho, se podrían traducir bibliotecas enteras sin que por ello, necesariamente, se viera afectada la lengua literaria que recibe el caudal de la lengua extranjera. En este sentido, para comprender acabadamente qué hizo Sur con las traducciones o qué le hizo a la literatura argentina hay que tener en cuenta dos aspectos fundamentales. Primero, en las obras extranjeras escogidas para su divulgación hay un nuevo modo de escribir que propone rupturas que las literaturas en lengua castellana ni siquiera se habían planteado. Segundo, los mismos traductores de esos textos son, en gran parte, escritores que capitalizan positivamente la utilización de los nuevos procedimientos narrativos y poéticos en la construcción de sus obras. Al respecto, Gargatagli afirma:

La indagación –de ahí la energía simbólica que conservan las traducciones de ese período- dibujó un escenario insólito, poderosísimo: escritores que traducían los recursos formales de la gran literatura del siglo XX, que estaba escribiéndose casi al mismo tiempo que se traducía en castellano, mientras esos mismo escritores escribían la literatura argentina en una lengua que estaba buscando su propia forma. Ese programa, por tanto, no produjo un canon de virtudes pretéritas o postergables: tuvo la consistencia de un organismo vivo (Gargatagli, 2012, p.36)

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Tan sólo con repasar someramente la lista de traductores y traducidos se puede entender la importancia y la impronta que esta operación suscitó en la literatura argentina. Éste es el caso de Jorge Luis Borges, traductor de Virginia Woolf, William Faulkner, Franz Kafka, Herman Melville. Así como también de José Bianco, traductor de Henry James, Jean Genet y Samuel Beckett, de Juan Rodolfo Wilcock, traductor de Graham Green, de Silvina Ocampo, traductora de Emily Dickinson, de Alberto Girri, traductor de Wallace Stevens y de T.S. Eliot, y ya en la segunda etapa de la revista, a partir de los años cincuenta, de Alejandra Pizarnik, traductora de Antonin Artaud o de Yves Bonnefoy, de Eduardo Cozarinsky, traductor de Susan Sontag, etc. De esta manera, la doble tarea de traducir para difundir y traducir para producir engendró una literatura con un perfil tan particular e inusitado como no tuvo igual en el resto del continente.

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Borges en Sur

Si bien uno de los rasgos que constituye la conformación de una revista tiene que ver con una suerte de homogeneidad de grupo, de acuerdo tácito y colectivo en torno a un proyecto identitario más o menos común hay que decir que en el caso de Sur resulta complejo mantener esta afirmación. En este sentido, la crítica coincide en señalar que desde sus inicios convivieron, de forma asordinada, en el seno de la publicación dos bandos antagónicos, dos tendencias literarias divergentes, representadas, por un lado, por los intereses morales y espiritualista de Eduardo Mallea y, por el otro, por las preocupaciones formales de Borges (3) En la década del 30, el proyecto programático de Sur está signado por la exaltación de la figura de Mallea, a través de un género considerado decadente y exiguo y que la revista se encargará de cultivar hasta lograr imponer el esplendor que alcanzará, bajo su mediación, en las décadas posteriores: la reseña bibliográfica. Sin embargo, una serie de circunstancias hacen que la balanza se incline a favor del grupo más o menos marginal conformado por Borges y Bioy: La publicación de La invención de Morel de Adolfo Bioy Casares con un prólogo firmado por Borges en el que desarrolla una teoría de la novela que, según Gramuglio, sirve menos para la valoración de la novela que para la construcción de espacios de alianzas para la propia escritura, cuando ella cuestiona la norma y propone un nuevo valor” (Gramuglio, 2004, p.329). Asimismo, la caída en desgracia de Mallea ante la negativa recepción que recibió con La bahía del silencio, por parte de sus mismos compañeros, al tiempo que Borges pierde el Premio Nacional de Literatura con “El jardín de los senderos que se bifurcan”, lo cual produce la publicación de un desagravio masivo por parte de gran cantidad de los colaboradores de la revista, (4) hace que la báscula se vuelque a favor del escritor de Ficciones. Cuando, finalmente, llegue la consagración nacional e internacional de Borges, a partir de las traducciones de su obra al francés por la editorial Gallimard, la revista de Victoria Ocampo capitalizará en su haber la publicación de la mitad de los relatos de Ficciones y más de la mitad de los de El Aleph. Sur tenía, entonces, entre sus filas al escritor argentino del momento y su hegemonía en el campo cultural argentino se volverá insoslayable. En este sentido Martín Prieto sostiene:

Eso quiere decir que el imperio de Mallea en Sur en los años treinta no estuvo sólo relacionado con la importancia de su obra –afín a los gustos de quienes hacían la publicación-, sino, sobre todo, con la puesta en valor de esa obra a partir del ejercicio de la crítica, desarrollada básicamente mediante la reseña bibliográfica. Será esta forma (…) la utilizada, unos años después, por quienes hasta entonces conformaban un grupo marginal dentro de la revista y quienes, en una suerte de golpe palaciego, reemplazaron el canon malleísta por uno nuevo que, en contra de la representación realista y de la introspección psicológica y a favor de la invención y de la perfección de las tramas, encontró en Borges no sólo a su máximo propagandista, sino también su más brillante ejecutor (Prieto, 2006, p.281)

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Si bien la revista siguió saliendo con cierta regularidad hasta los años setenta (luego lo hará esporádicamente) ya en la década del cincuenta Sur ha perdido la supremacía en el campo de la literatura argentina. Las razones son varias: por un lado, los profundos cambios políticos y culturales de la segunda mitad del siglo XX y, por otro, la aparición de nuevas corrientes críticas (marxismo, existencialismo, psicoanálisis) sobre todo impulsadas por un grupo de jóvenes reunidos alrededor de la revista Contorno.

En este sentido Jorge Panesi sostiene:

Sur no formó una corriente crítica que proyectada en los márgenes de la cultura argentina pensase el modo de existencia y de posibilidad de la literatura nacional, y esta carencia no se debe por cierto al innegable eurocentrismo de sus gustos, ni siquiera a la pretendida falta de compromiso con lo argentino. A Sur le faltó reflexión crítica específica sobre la dificultosa y mudable especificidad de lo literario, que confundió con el arte del buen decir y del decoro estilístico (Panesi, 2000, p.61)

Y será justamente esa vacancia en el campo cultural la que cubrirán los jóvenes “parricidas” de Contorno, quienes escribirán un nuevo capítulo en el ámbito de las revistas culturales en el Río de la Plata.

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Notas:

  1. Algunos de los trabajos de Pezzoni en la revista fueron luego publicados en El texto y sus voces en 1986 (Actualmente reeditado por la editorial Eterna Cadencia)
  2. Según Pablo Rocca, el texto va sin firma, pero en una fotografía se ve a Victoria Ocampo y a su entrevistador, Juan Carlos Onetti, cuyo rostro se recorta en el recuadro, con lentes gruesos, y la mano derecha que sobresale con un lápiz con el que toma las notas.
  3. Las referencias sobre esta disputa pueden ampliarse en Podlubne, Judith (2011) Escritores de Sur: Los inicios literarios de José Bianco y Silvina Ocampo. Rosario: Beatriz Viterbo.
  4. Número 94 de Sur, en julio de 1942

Bibliografía:

  • Gargatagli, A. (2012) Escenas de la traducción en Argentina. En G. Adamo (comp.) La traducción literaria en América Latina. Buenos Aires: Paidós
  • Gramuglio, M.T. (2004) Posiciones de Sur en el espacio literario. Una política de la cultura. En N. Jitrik (dir.) Historia crítica de la literatura argentina. Buenos Aires: Emecé
  • Panesi, J. (2000) Críticas. Buenos Aires: Norma
  • Prieto, M. (2006) Breve Historia de la literatura argentina. Buenos Aires: Taurus
  • Sarlo, B. (2007) Escritos sobre literatura argentina. Buenos Aires: Siglo XXI

*Silvia Araújo es Profesora en Letras en la U.N.P.S.J.B. Especialista en Literatura Latinoamericana por la UNILA (Brasil) Es docente de la cátedra Literatura Argentina II y co-editora de #ND

 

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