Secuestro express

*Por María Moreno

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Un caso célebre de plagio fue cuando Giovanni Papini ganó el concurso de cuentos del diario La Nación con una obra escrita en castellano –vía la tarea de Daniel Omar Azetti- (parece un chiste de Borges). Azetti más que plagiario era un traductor pésimo: a lo largo de su frase más citada como prueba en su contra en lugar de “imposible mañana de invierno” traduce “brumosa” y en lugar de “estación bien conocida”, aclara que la estación es de ferrocarril. Sin embargo, Azetti dijo la verdad elípticamente. Su seudónimo El Zahir quiere decir “lo aparente”. El título del cuento plagiado es “El espejo que huye”, lo cual equivalía a perder la vergüenza y el título sustituto (“La ilusión que se escurre”) era un presagio sincero: lo que huirían eran los diez mil dólares. Otro caso de plagio fue Bolivia Construcciones, de Sergio Di Nucci, que contenía algunas páginas de Nada de Carmen Laforet. El pesquisa que “detuvo” a Daniel Omar Azetti fue Jorge Martín, el de Di Nucci, Agustín Viola. Los dos escandaletes pusieron sobre el tapete algunos problemas en torno a lo que la doxa considera “ser culto” – y se supone que un jurado lo es -, los límites de la propiedad literaria y su legitimidad.

Tanto Martín como Viola hicieron un ademán por el que confundían la constelación de lecturas coleccionadas desde el deseo, el capricho y la mitología personal – el museo privado de todo escritor y en esto no se diferencia del lector- con El libro gordo de Petete que debería poseer un jurado. Borges se jactaba de no haber leído a la mayoría de sus contemporáneos y, de haber sido jurado de un concurso, bien podrían haberle vendido a José Arreola por García Márquez aunque hubiera votado en contra. Y si su biblioteca se visualizaba como infinita no era porque a menudo se nutría de obras tan heterogéneas y vastas que la mayoría desconocía sino porque precisamente eran producto de elecciones ancladas en su libertad, en su capricho y en su desprecio por la moda. Roland Barthes se negaba a que su condición de crítico literario lo obligara a una lectura displacentera, por lo tanto se permitía ignorancias escandalosas respecto de sus pares y habría bostezado hasta hacer volar la cabellera a lo Calculín de comisarios como Jorge Martín o Agustín Viola. La lectura, tanto para los “profesionales” como para los amateurs, debería hacerse siempre lejos de la mentalidad de un multicoleccionista en nombre de una biblioteca universal que ya el mismo Borges llenó de caprichos y entrañables tesoros personales. Los jurados del Premio La Nación, los de Sudamericana bien podrían ignorar a Papini y a Laforet, o de recordarlos, e incluso amarlos, no estar sujetos a una memoria que siempre en todos los casos, es recortada, reinventada y parcial y no semejante a las de las recitadoras del siglo XIX que podían arruinar una tertulia repitiendo al pie de la letra un poema de Moratín. De acuerdo a los vaivenes de la moda literaria, al plagio se lo ha llamado glosa, cita o apropiación. Los mexicanos llaman plagio al secuestro. Yo llamo secuestro al plagio. No vacilo en plagiar, sobre todo cuando tengo que ganar unos renglones para terminar rápidamente un artículo. Y- nobleza obliga y los párrafos anteriores lo prueban- para plagiar empiezo por casa. Eso sí: como plagiaria soy fetichista. Codicio menudencias y las atesoro como talismanes. Por ejemplo, las frases de Colette (bellezas de garaje o las criaron bien). A esta pagana la admiré hasta el plagio – esta misma frase es un plagio, pero Dios me libre de hablar de paráfrasis- y la plagié hasta terminar admirándome a mí.

Evidentemente, el plagio es un secuestro porque rara vez vuelvo a encontrar lo plagiado en el lugar de donde lo plagié. Hay en el plagio una misión pedagógica. Quien planea detectarlo se ve obligado a leer cosas que a lo mejor nunca hubiera leído, a practicar la crítica literaria, ya que toda acusación de plagio implica una teoría sobre la escritura y – si el pesquisa es un abogado- a mostrar que la propiedad intelectual tiene un precio, algo que el mercado no siempre está dispuesto a reconocer. Casi todos mis textos han sido expropiados a los medios en que fueron escritos: El porteño, Sur, Babel y Página/12. En ocasiones conservan los títulos elegidos por los editores de turno. Espero que ellos no se consideren plagiados, a menos que la vanidad les haga creer en la propiedad intelectual de un título que apareció como anónimo. En el número 4/5 de la revista Literal plagié una frase de Bataille y un verso de Alejandra Pizarnik; es más: sobre la estructura de una crónica de Lezama Lima dedicada a las almendras, monté otra sobre orquídeas de Maeterlink. En mi libro El petiso orejudo metí frases de Larvas de Elías Castelnuovo: es que ¡las deseaba tanto! que de no haberlas plagiado me habrían salido un antojo en forma de larva en alguna parte del cuerpo. No se asusten mis editores: plagio frases chiquitas, adjetivos, una nimiedad, no por ser discreta sino porque el fetiche suele caber en una mano. Yo no me quejo del plagio – dado lo que acabo de contar, si lo hiciera, no tendría vergüenza -, me quejo de que ya el plagio no cumpla su función educadora al provocar la investigación y la lectura bajo sospecha: basta guglear al tun tun. Me quejo de que algunos de mis críticos, para hablar bien de mis libros, plagien las cosas que yo misma digo de ellos. Y, por último, me quejo de que los plagios sean escrachadores del menor esfuerzo posible. Ya intuyo que no faltará el caradura que guiado por las pistas que doy en este artículo, pretenda haber descubierto solito mis plagios confesados. Sería un asno parecido al que una vez Irene Gruss, la autora del poema “Mientras tanto” (“Yo estuve lavando ropa/ mientras mucha gente/ desapareció/ no porque sí/ se escondió/ sufrió/ hubo golpes/ y ahora no están/ no porque sí/ y mientras pasaban/ sirenas y disparos, ruido seco/ yo estuve lavando ropa/ acunando/ cantaba,/ y las persianas a oscuras”), poema que de buena gana plagiaría si no fuera tan largo y tan conocido: estaban hablando sobre la dictadura y el tipo le dijo: “Claro, usted estaba lavando ropa”. A esto que escribí me lo plagié de varias partes para que no se diga que me achico en la praxis.

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*María Moreno nació en Buenos Aires. Periodista, narradora y crítica cultural, es considerada una de las más grandes cronistas y ensayista de habla hispana. Ha escrito la novela El affair Skefington, y los libros de no ficción El petiso orejudo, A tontas y a locas, El fin del sexo y otras mentiras, Vida de vivos, Banco a la sombra y Teoría de la noche. En 2002 obtuvo la prestigiosa beca Guggenheim. Este texto, que forma parte del libro Subrayados, editado por Mardulce (2013), es publicado en #ND con expresa autorización de la autora. Agradecemos su gentileza.

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