Literatura infantil y juvenil: Tres historias para soñar

*Por Paula Agüero

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Los adultos, los que escriben, seleccionan y definen lo que circula en el mundo de los niños, se creen con todas las armas para hablar libremente de la literatura infantil, son todos expertos en el tema: todo el mundo sabe de eso. Entonces, escriben a granel textos sosos; ya que, de acuerdo a la visión del adulto este infante siempre carece: “es menos; menos experimentado, menos entendido, menos sensato, menos responsable, menos capaz, afirma Nodelman. Al desestimar la infancia, es lógico pensar que se desestime la literatura destinada para ellos.

La literatura infantil y juvenil, esa gran incógnita que rodea al mundo de los adultos aunque hagan alarde de conocerla muy bien, por simple, por breve, por ser para niños, esos pequeños desconocedores del mundo “real”, del mundo de los “grandes”; es la que está puesta en el tapete, es la que se calcula conocer y por ello ha tomado tantos rumbos como visiones adultas hay: algunos libros se encargan de dar sermones para enseñar a comportarse; otros tratan de preservar la infancia como circunstancia vital, inocente e incontaminada; ora intentando lograr la comunicación con ellos a través de la literatura; otrora como un negocio fructífero, al que los padres y mediadores acceden sin poner en juego su capacidad de selección, sostiene Colomer.

Podríamos ampliar hondamente sobre cada uno de ellos lo que convertiría este trabajo en otro más de reflexión teórica; o mostrar, detenernos y abrir las puertas al mundo de la literatura infantil, la que existe y no debe dejar de circular entre niños, jóvenes y adultos, ya que cuando el texto tiene textura literaria, lo disfrutamos todos.

 

 

Los tres mejores regalos para brindarle a un niño

 

La Caperucita Roja de Charles Perrault (Revisitada por Leicia Gotlibowski)

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Hace algún tiempo me leyeron una historia, un cuento de un tiempo pasado; y como dice mi abuelo que “todo tiempo pasado fue mejor” éste, calculo que ha serlo en su mundo de libros.

Siempre me llama la atención cuando me leen historias si el libro tiene dibujos, trato de husmear sin que me reten; y este los tenía, ¡de los más bellos que se puedan imaginar!

La nena la de siempre, una tontona, despistada, que va sin mirar por donde y siempre le terminan pasando las cosas que ella no quiere que le sucedan; pero no me adelanto, todavía no. Esta nena, llamada Caperucita Roja, se va a ver a su abuelita atravesando un bosque… ¿A quién se le ocurre? ¡Un bosque! Si todos sabemos que en los bosques hay duendes; pero en éste había alguien más peludo, había un lobo, uno que quería acompañarla a ver a la abuelita. Las imágenes lo indicaban, el lobo señalaba y ella no veía porque estaba concentrada en ir a la otra página, en la que se encontró con una cocinera, o algo así, una boutique (¡quién sabe qué es eso!) y el bazar. Unos señores jugaban a las cartas mientras el lobo llegaba a la casa de la viejita. Golpea: toc, toc. -¿Quién está allí?… y se me puso la piel de gallina. Yo gritaba: -¡No abras, es el lobo!, pero ella no me escuchó… y el lobo se la comió. Sin darme un respiro llegó Caperucita, y el fatídico lobo ya estaba acostado en la cama de la abuela, yo temblaba de miedo pero no podía dejar de escuchar, quería saber qué le iba a pasar, quería tratar de impedirlo. En ese momento, pensé que si dejaba de escuchar nada malo pasaría, pero no, su destino ya estaba escrito y yo tenía que conocerlo.

Toc, toc. – golpeó la puerta. ¿Quién está allí?

Era ella, y sin miedo se metió en la cama sin saber que era el lobo el que la llamaba, ¡pero yo lo sabía! Y qué terror, no podía hacer nada para ayudarla. La imagen de un espejo llamó poderosamente mi atención, era una señora con los brazos abiertos y frente a esa imagen un libro, un libro salvador, el que cambie la historia… pero esta no, esta no terminaba ahí.

Fotos, fotos y más fotos de una niña asustada, de un lobo devorador de niñas asustadas. De un lobo, como cualquier otro lobo, pero ahí la abuela me dijo no todos los lobos son iguales, que “los hay de un trato elegante, sin bullicio, sin saña y que prudentes, mansos, dulzones y complacientes, rondan a las jóvenes señoritas hasta en las casas, hasta en las camarillas; ¡Pero ay! Quién no sabe que estos lobos empalagosos, de todos los lobos son los más peligrosos”

Me quedé pensando, me quedé en silencio hasta que le dije: -Abuelita, ¿me lees otra de lobos?

 

Boca de lobo de Fabián Negrín

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Yo soy un lobo, algunos dirían que uno más que vive en el bosque, un lobo como cualquier otro. Pero algo me distingue, algo me define, algo me hace ser yo y no otro entre todos los lobos de todos los bosques: ese algo es que me llamo, soy Adolfo.

Fijo los ojos en el horizonte, allá lejos a la distancia, una pequeña gota roja, ahora es una mancha; más cerca la cosa más bella que jamás vi en mi vida. Lo desconocido es hermoso pero no hay lenguaje, no; no hay palabras para alcanzar a describir la belleza, todavía nadie pudo articularlas.

Nosotros, los otros, somos así; nada pude hacer sino camuflarme en el paisaje para poder admirarla, cegado por el asombro de lo desconocido, lo que no podía describir. Como el hombre con cara de toro, cuya casa laberíntica servía de redención para los que se adentraban en su territorio; yo no sabía, no conocía su destino, pero le olfateaba el olor a muerte. Verla, conocerla y admirarla, para luego poder liberarla de todo mal.

Nuestro encuentro fue funesto, pero en eso momento ni yo lo sabía. Al decirme su nombre se hizo presente y ahí marcó su destino: niña. Era una niña. Corté camino por donde solo yo sabía, yo, que escribo la historia, salto de página en página dando coletazos trágicos.

Fijos los ojos en la distancia y llego a la morada del bosque. Solo puedo devorar a la niña vieja para borrar su imagen patética, para evitarle la desdicha de recordar la tersura de su piel y su olor a juventud perdido, hace ya mucho tiempo. Su sabor amargo y su cuero duro se me asemejaron a carroña. La vejez es la carroña humana, despojos podridos y malolientes de una época de oro… siempre añorada.      

Fijo los ojos en la cercanía, viendo que ella, la niña, llegaba. Sellamos un pacto de amor, de asombro por lo desconocido, por ello que no podemos mencionar, yo le parecí extrañamente hermoso. Y la tragué. La niña de bigotes me liberó cual Teseo de todos mis tormentos, me libertó de los laberintos del bosque.

Mucho más no puedo nombrar, solo sé que soy Adolfo. Pude edificar toda una historia con una lengua dura, vacía de palabras, pude mostrar la belleza descubierta una tarde en el bosque. Para todo lo demás no tengo lenguaje.

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El árbol rojo de Shaun Tan

Susurros en la distancia, lo que fue y hoy de nuevo será. La magia del no saber, el miedo de esperar, la ilusión de poder. La realidad, ¿cuál? Esa que creemos que es o la que realmente se desliza frente a nuestros ojos. El sueño, ¿cuál? Solo el sueño…

“A veces el día comienza vacío de esperanzas,

y las cosas van de mal en peor” dice Shaun Tan al comienzo de “El árbol rojo”

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Añorá la vida,

dejate sentir la leve respiración de la quietud,

a veces el esperar no alcanza,

a veces no trae ventura,

siniestras contrariedades se agolpan en tu puerta

y no hay manera de ver lo maravilloso que pasa de largo.

Oscuridad, destinos, problemas…

Dejate llevar,

trepate por sus tallos llorosos de sabia,

escarbá el barro, la tierra, el abono de lo sostiene.

Besá su raíz desnuda, sembrá su semilla y dale crianza.

 

“Pero de pronto ahí está, delante de ti, rebosante de color y vida esperándote,

tal como lo imaginaste” Cierra Shaun Tan el final del libro.

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El dar, el otorgar a otro lo mejor que tenemos es la herencia que podemos dejar a niños y jóvenes. El ofrecer una mesa de literatura sabrosa, variada, rica en colores y texturas. Cecilia Bajour se pregunta ¿quiénes marcan el camino de lo que se lee?, ya venimos hablando de los adultos que ponen pautas, marcan límites y suponen sin saber. Cuando uno elige pone en juego criterios de selección, se destaca lo que a consideración de un adulto tiene que leer un niño, se deja de lado lo que no, ¿con qué criterios? Podemos comprender que es un juego muy peligroso; basado en lo subjetivo, en el propio gusto y valoración. Bajour se pregunta entonces: “qué espacio dejamos los adultos para los encuentros íntimos y azarosos que van conformando lo más personal que tiene cualquier elección[1]

Y nos seguimos preguntando ¿qué espacios dejamos?

Hay que darle espacio al silencio, a la escucha, al ruido de los pensamientos en acción, en el run-run de un texto leído. En ese niño que pide otro cuento de lobos, en ese niño que conoce la ficción, que se la inventa, que no le teme.

En ese niño que no quiere verse reflejado, porque su realidad ya es bastante cruel como para repetirla en la literatura. En el que necesita que le demos el lenguaje para nombrar, para señalar, para decir lo que siente, lo que piensa como el lobo Adolfo. El sin lenguaje, el que no puede nombrar.

Corramos cortinas como en “El árbol rojo”, aceptando que el día puede ser gris, que puede seguir peor y parecer que no tiene vuelta atrás. Pero a veces nos encontramos con ese brote, con lo que estábamos esperando, con la ilusión… con la ficción. Con un niño que pide más, que confía en que le demos alimento a su mundo, que le ampliemos el universo.

Tres textos que no se deben dejar de leer, tres textos para este niño que pide, que tiene hambre de lobo; para este niño que dice: No quiero un espejo, yo quiero una ventana.

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BIBLIOGRAFÍA:

BAJOUR, Cecilia: Abrir o cerrar mundos: la elección de un canon. Conaculta. México. 2006

COLOMER, Teresa. “La lectura infantil y juvenil”. Síntesis. Madrid. 1999.

GOTLIBOWSKI, Leicia: La Caperucita Roja. Ediciones Del Eclipse. Buenos Aires. 2007.

NEGRÍN, Fabián: Boca de lobo. Ediciones Continente. Buenos Aires. 2013.

NODELMAN, Perry. Simposio “Nuevos impulsos de la investigación en al álbum” Barcelona. 2007.

TAN, Shaun: El árbol rojo. Calibroscopio. Buenos Aires. 2013.

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*Paula Agüero nació en Coyhaique, Chile, es profesora de Letras. Participó como técnica y actriz en encuentros de teatro con un grupo de teatro independiente en la adolescencia. Dirigió grupos de teatro infantiles y juveniles. Se dedicó a la alfarería y a la confección de títeres y marionetas. Formó parte de una murga y hoy integra una cuerda de candombe. Fue promotora de lectura en el proyecto Puentes Culturales y actualmente dicta clases en el Prof. de Letras y en el Prof. de Nivel Inicial en IPESCO, en el Nivel Secundario y  en el Programa de Fortalecimiento de las Trayectorias Escolares de la Escuela Primaria N° 57, promoviendo espacios de lectura entre docentes y alumnos.

 

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4 comentarios en “Literatura infantil y juvenil: Tres historias para soñar

    1. Gracias chicos por tomarse el tiempo necesario para la lectura, por después comunicarse conmigo y darme un aporte pra que pueda continuar y crecer escribiendo. Ya se que cuento con ustedes… y eso es muy importante. Los abrazo…

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  1. Gracias Sandra, vamos a seguir recorriendo este camino que recién empieza. Abrazo enorme.

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