Un recuerdo del futuro: la tablet@ mesopotámica

Por Romeo César

Si les presentara esta fotografía, ¿qué dirían que es?, ¿qué sería para ustedes lo que está allí fotografiado?

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Fig 1

Salvo que fueran historiadores o estudiantes de la carrera de historia, es probable que no sepan qué decir. Al menos con precisión y seguridad. Sin embargo, además de un No sé. No tengo ni idea, siempre es posible decir algo más, aunque sean vaguedades.  

Por ejemplo, podríamos dar una respuesta que sonara más o menos así ateniéndonos a nuestra percepción sensible y remitiéndonos a objetos que nos son familiares: Parece una tablita llena de muescas. O, con un poco más de detalle: Es una especie de tableta rectangular con incisiones que parecen rayitas grabadas en dirección horizontal. O cualquier otra respuesta por el estilo…

Quienes hayan estudiado la historia de la Mesopotamia, la Mesopotamia que se encuentra entre el Tigris y el Éufrates en el Oriente Medio, podrán reconocer una tablilla o tableta de arcilla, endurecida a fuerza de cocción, donde se han inscripto una serie de signos que llamamos “cuneiformes”, porque cuando lo vemos con una lupa, o lo transcribimos en una “apografía” (la trascripción con lápiz o bolígrafo de esas incisiones en un papel), veremos que la tableta está plagada de trazos que se asemejan a pequeños conos o cuñas; de allí que esos signos o lo que fueran se llamaran cuneiformes, o sea con forma de cuñas cónicas (algunas semejan clavos).

Una vez en clase, una alumna ante otra tableta de este tipo, no ésta, arriesgó una observación aguda de cierta audacia descriptiva: Parece una mala imitación de las puntadas de un tejido. Parece un tejido algo desprolijo, no bien hecho. Otro estudiante insinuó una superficie rugosa donde las marcas siguen una dirección lineal, como en renglones. Ya ven, se pueden aventurar muy distintos juicios sobre esto cuando no sabemos exactamente qué es.

Para ahorrarles tiempo – la enseñanza, lo saben, en parte consiste en ahorrarle tiempo a las nuevas generaciones para que no tengan que descubrir la rueda o la pólvora cada vez y puedan entonces ocuparse en mejorarlas o en inventar otras cosas – para ahorrarles tiempo, decía, les adelanté que se trataba de una tableta de arcilla endurecida con fuego muy usada en la Mesopotamia, en territorio que hoy es de Irak, tableta en la que, hace ya más de 4000 años, se inscribieron en ella signos cuneiformes.

Con la nueva información, ¿qué más podrían decir ahora de esas tabletas? ¿qué de nuevo?

Siempre me ha complacido “molestar” a mis alumnos con ejemplos de los que, en un primer momento, no puedan decir mucho – les recuerdo que me hice famoso por usar el ejemplo de H2O entre estudiantes de la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales, nada menos –, que no puedan decir mucho, decía, sea porque están demasiado familiarizados, y entonces sólo dicen lo convencional y trillado, o sea porque no están en absoluto familiarizados y entonces se quedan mudos, sin poder dar una opinión (algo, eso de dar un opinión, que, acoto de paso y en tono confidente, tanto nos gusta a quienes estamos inmersos en las cosas que se cuentan o que se idean o que son imaginadas entre los creyentes, que pululan, en distintos discursos de las ciencias sociales). Y en cualquiera de los dos casos, sea porque se trataría de un ejemplo que consideramos banal, demasiado doméstico, o sea porque sería un ejemplo del que no sabemos prácticamente nada, nuestra reacción es con frecuencia de desdén, algo despreciativo. Este vestigio del pasado, pensamos, no nos atañe.

LA ESCRITURA FONÉTICA Y LA ACADEMIA

Para el caso de la tableta que les he presentado, sin embargo, ese desdén en alguien dado a las humanidades y a las ciencias sociales es llamativo. Porque ese tipo de tabletas con incisiones extrañas, repetitivas, lineales, parecidas a clavos, son consideradas el comienzo de la escritura fonética: la escritura que en sus trazos representaría sonidos. En esas tabletas se habría comenzado, pues, a consignar sonidos del habla, sonidos discretos, sonidos silábicos como an (cielo) o din-gir (dios) en sumerio que traducidos a la lengua acadia se convertían en sha-mu (cielo) e i-lu (dios). Forma, pues, de escritura que luego terminaría, a través del ugarítico y del fenicio, en escritura alfabética de los griegos y de los romanos con la incorporación de las vocales que nos resultan familiares. O sea, que la escritura de nuestras “letras” a, b, c, d, e… tuvo su origen en tabletas como las que, miles de años después, estamos viendo.

De manera que esa arcilla cocida, repleta de conitos y rayitas, terminaría influyéndonos para que llamáramos a un Departamento de la Facultad el Departamento de Letras, y no de Pictogramas o Ideogramas. Departamento que tiene a su cargo la llamada carrera de Letras, que otorga para emoción de los estudiantes, sus familiares y amigos, en ceremonias solemnes, juramentadas, unos cartones que llamamos “títulos” universitarios donde se consigna que el receptor se ha convertido, para la sociedad, en Profesor o Licenciado o Doctor en Letras, nada menos. Cartones esos, dicho sea de paso, que dan sentido y valor a cuanto hacemos y se hace entre las paredes de estos recintos que llevan el nombre rimbombante de Universidad (¿será acaso la unidad un verso?).

No sé por qué hemos de desdeñar esas humildes tabletas de barro cocido, todo rayadas, punzadas, arañadas, a veces buriladas, heridas por la punta de una caña o un punzón, creyendo que no nos atañen, cuando han tenido semejante incidencia entre nosotros.

Esas tablillas de signos tan raros, suelen ser además presentadas – un tanto abusivamente – como una línea divisoria entre la Prehistoria y la Historia. Por tanto, tales gadgets, tales dispositivos manuales, “tablets” o “palms” de la antigüedad, han incidido en que en la Facultad haya un Departamento de Historia que tiene a su cargo la llamada carrera de Historia que otorga diplomas…Creo que no necesito repetir la misma “historia” que secuencié con el Departamento de Letras. Pero ahora podemos agregar, susurrando en voz baja, que esas benditas tabletas constituyeron también un eslabón en la Historia de la Escritura. Historia esta, la de la escritura, en que han hecho su carrera no pocos historia-dores del hemisferio norte.

Pero recuerden que cuando Pizarro se encontró con Atahualpa en Cajamarca los funcionarios del séquito del Inca quedaron estupefactos, según ciertas tradiciones, al ver que esos personajes extraños, “de otro mundo” eran capaces de comunicarse sin hablar haciendo dibujitos en un papel. Y cuando el Padre Valverde le presentó a Atahualpa la Biblia, diciéndole que en ella hablaba Dios – siempre según esas tradiciones que se representan todavía teatralmente –, el Inca se llevó el libro al oído. Como no oyó nada, arrojó despectivamente la Biblia al suelo. Tal desprecio fue una señal, según se cuenta, para su captura… Con ella comenzó la conquista del Tahuantinsuyo, la organización estatal más grande de Sudamérica, que sucumbió como estado hasta hoy (no como cultura). Las consecuencias formidables que tuvo para Europa la invención sumeria no son, entonces, para desinteresarse con desdén entre universitarios conocedores de sus alcances planetarios para bien de unos, para extrañeza, o para desgracia o aniquilación de otros.

Vuelvo entonces a preguntar: ¿qué más podemos decir?

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TIC

Una tableta, que se ha endurecido al ser horneada para que resista la voracidad destructora del tiempo, y que sirve de “soporte” para que puedan imprimirse en ella signos de escritura… Hum… ¿No les suena eso familiar a quienes hablan inglés? Utensillo, aparato, instrumento, se dice en inglés “ware” y duro “hard”. De manera que podemos ver a esas tabletas mesopotámicas como un hardware de hace unos miles de años en las que se consignaban datos contables, mensajes cifrados, información útil, poesías amorosas, leyes, mitos, y hasta imágenes pictóricas estilizadas, algunas muy abstractas… Las tabletas fueron pues la NTIC, la Nueva Tecnología de la Información y Comunicación de aquellos tiempos lejanos, como lo son hoy las computadoras unidas por la red satelital de señales electromagnéticas en la world wide web. Cambiaron la historia, como la web lo está haciendo pero, claro, la web lo hace a una velocidad inimaginable – ¿y quizás indeseable? – para los sumerios y los acadios…

Pero, ¿qué significa la transcripción de fonemas de una lengua hablada a grafemas de una lengua escrita en un soporte resistente, hasta donde fuere posible, al paso del tiempo, al paso de su fluir obstinado, ruinoso, minuciosamente aniquilante y en definitiva vencedor? Por lo pronto, dos cosas.

PERENNIDAD Y ARCHIVO 

Por un lado, la transcripción retiene el tiempo lábil, fugitivo, evanescente del sonido hablado (a las palabras se las lleva el viento) convirtiéndolo en un fenómeno de percepción visual contenido y sostenido en el pequeño espacio de un material duro, material este también perceptible al tacto. Contención, pues, que retiene a su vez el “contenido significativo” que se quiere conservar para su transmisión y comunicación a otros.

El signo escrito se hace así sema, “tumba” del sonido y del sentido a la espera de la “resurrección” lectora, a la espera del intérprete que recupere su vida semántica y, en lo posible, acústica (y si bien su sonoridad no es absolutamente imprescindible, sin embargo cuando faltan vocales o según el tono con que se pronuncia habría cambios de significado en un fonema, dicha sonoridad es muy conveniente para eliminar ambigüedades y malos entendidos).

Por otro lado, la transcripción a un soporte resistente al tiempo, y dirigido a la visión y no a la audición, la transcripción de un sonido (que el tiempo articula y lleva consigo desplegándolo en una secuencia necesaria de un antes y un después) a un garabato grabado hecho espacio, ya sin tiempo, cumple una función permanente e invariable fijada por convención: la de dar perdurabilidad y estabilidad significante a un sistema de signos en el que puedan ser vertidos el decir sagrado, el decir el judicial, el decir poético, el decir mercantil de la vida cotidiana, etc.. “Decires” todos ellos que requieren de esa fijeza para resguardar el propósito comunicativo y comunitario buscado.

Y así, con su “perennidad”, digamos, aparece una nueva función de las tabletas. El soporte de barro endurecido hace posible ponerlas a resguardo y conservar esa información valiosa en un lugar especial destinado a tal fin: un archivo. En la Mesopotamia nació la archivística occidental y con ellas, sugeriría, las bibliotecas…

UN ARTE-FACTO

La tableta, pues, es un arte-facto. Un producto de varias artes: del arte del fuego, del arte de la inscripción significativa, del arte de la gestión administrativo-contable, del arte de la configuración lingüística espacialmente articulada. Muestra en ella el ingenio “industrioso” de la tekhné, del saber hacer propio de la habilidad técnica de los humanos. Es un artefacto hecho modelando un material plástico, la arcilla, que se encuentra en el entorno natural, y dándole solidez con calor. De esa manera el “barro” cocido sirve de soporte para grabar en él un sistema articulado, artificial también él, de incisiones que signifiquen algo a quien posea el código de su desciframiento.

Bajo esta perspectiva, la tableta marca una nueva línea divisoria. La división entre las transformaciones “naturales”, o sea aquellas transformaciones materiales que se dan en la “naturaleza” – por azar, o por procesos regulados genéticamente, o por propósitos de supervivencia específica inmediata – y las transformaciones “culturales” hechas por la especie humana, no transmitidas genéticamente sino por aprendizaje social: a) basadas en el dominio del fuego, b) en la posibilidad combinatoria ilimitada de elementos finitos creados ex profeso para un fin concreto, c) siguiendo convenciones o códigos de producción, abstracción, articulación, significación, manejo y valor, d) dentro de los límites o fronteras de grupos étnicos determinados, e) posponiendo urgencias biológicas inmediatas (en función de asegurar un futuro menos apremiante de tales necesidades), f) y, en ciertos casos más allá de la nuda supervivencia física, por mero “lujo” estético, o de entretenimiento, o de enseñanza sapiencial, o culto ritual…

Permítanme un comentario al pasar. C. Geertz, en The Interpretation of Cultures, ve la cultura no tanto como complejo de pautas de comportamientos concretos sino como un conjunto de mecanismos de control – reglas, instrucciones, recetas, planes (lo que los ingenieros de sistemas llaman “programas”) – para el control de las conductas o modos de proceder. Una idea unida a esto es la que el hombre es el animal más desesperadamente necesitado de tales mecanismos de control extra-genéticos, de tales programas culturales, externos a su piel, para ordenar su comportamiento. R. Rosaldo, en Culture and Truth, echa en cara a este enfoque que el énfasis puesto en los mecanismos de control hace perder de vista componentes culturales dados a la risa, la farsa, las creaciones espontáneas, las relaciones efímeras. Bien, sigamos…

TABLETA: FICCIÓN, GRABADO Y ESCRITURA 

A tales procesos de transformación cultural, la tableta agrega para nuestra reflexión algunos elementos novedosos. El arte de la inscripción por incisiones – no otra cosa es “escribir” en su raíz etimológica – pertenece también al arte de la impresión, al arte de la imprenta. Por supuesto, no es la de tipos móviles del “imprentero” Gutenberg pero implica una técnica en la que se ejerce presión en un simple soporte para que quede en él impreso de manera perdurable un texto. O sea que la tableta está hecha de puntadas que configuran un tejido, como lo puso la estudiante que cité al comienzo de esta charla, sin plena conciencia, creo, de lo que expresaba con esa figura.

Otra dimensión de la tableta por tener en cuenta es su conexión con el campo de la actividad humana en que se modelaba materiales blandos, moldeables, como la arcilla. En ese campo surgió una raíz lingüística indoeuropea (no sumeria ni semítica), reconstruida como *dheigh-, que significó “modelar, moldear manualmente un material plástico”, que dio palabras en griego, latín, antiguo alemán e inglés, palabras que han perdurado hasta hoy en el centro de la cultura. De esa raíz provienen, por mediación del latín, nuestros vocablos castellanos ficción, efigie, figaza, figón, fingir, junto con figura y toda su familia (figurar, figuración, configuración, desfiguración, etc.)… Tenemos, pues, en ese resto arqueológico de la Mesopotamia tres clases de modelado o ficciones: la con-figuración de la tableta, la con-figuración de las incisiones escriturarias o gráficas, la con-figuración de un relato (sea de cuentas, de códigos legales, de narraciones poético-mitológicas, de textos conmemorativos de construcciones edilicias,1 etc.).

Decir que en la tableta se ha inscripto información, aquella que es posible en esa clase de “formato”, implica que pertenece al arte del grabado o, si se prefiere, al arte de los registros grabados. Confirmarían este enfoque las etimologías indoeuropeas de escribir y de grabar – sugeridas por los estudiosos de esa lengua reconstruida –: *ker-/*sker- para el scrivere latino, (que derivó en el castellano escribir), y *gerebh-/*grebh para el griego graphein, (origen de nuestros grafía, grafismo, gráfico, gramática, diagrama, etc.), palabra griega emparentada en su raíz con el grabar. Ambas raíces vendrían del campo del cortar, del hacer incisiones, del arañar, del tallar, del grabar que dio por siglos para el arte “grabados” memorables como La Melancolía o El Caballero, la Muerte y el Diablo de Durero.

En la tablilla mesopotámica se ha grabado algo para que quede registrado y se guarde para su recuerdo. Algo, pues, memorable, que merece ser recordado. Un memorándum para muy distintos propósitos: un registro contable, una norma o ley (como el Código de Hammurabi), una plaqueta fundacional, un plano arquitectónico, la narración de un acontecimiento (p. ej., el Diluvio), o los relatos en que se vertieron la teogonía, las hierogamias divinas, la cosmogonía, la antropogonía o las gestas y epopeyas de los héroes ancestrales.

Medio en que se ha grabado algo para su registro y memoria, el escrito en una tableta constituye la versión de ese “algo” grabado: en ella se ha vertido ese “algo” en un nuevo modo de ser que lo retiene para que resista el paso del tiempo. La “tablet” de los sumerios y acadios ponía pues a resguardo un verso, un puro verso. Guardaba y resguardaba letras.

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Apografía del Código de Hammurabi

Era por eso mismo el reaseguro del valor inestimable de la palabra escrita, la “letra” de los documentos: la de la poesía amorosa, la de las narraciones sagradas, la de las fórmulas rituales, la de los pactos internacionales, la de las normas de convivencia, la de los cantos de los hechizos y encantamientos. Su valor inestimable entonces radicaba en poder consignar de manera perdurable y fija el recuerdo de la divinidad y de las gestas humanas, la eficacia de los rituales, la vigencia de un código legal y de los pactos, el cálculo de lo producido, el del intercambio y el de los botines de guerra, etc..

TABLETA: CONSIGNACIÓN Y GESTIÓN

Entre los múltiples significados de consignar se encuentra, según el diccionario de la RAE, asentar por escrito, a menudo con formalidad jurídica y de modo solemne, datos, opiniones, votos, doctrinas hechos, circunstancias. Una tableta mesopotámica, según esta acepción de la palabra, era una consignación: un conjunto de signos en los que se hacía constar el valor de lo inscripto allí. Asimismo, con esa tablilla de barro se consignaba, esto es se entregaba en consignación bienes para el pago de una deuda, o de alguna obligación contraída, o para atender determinados gastos y servicios…

En latín, uno de los verbos para consignar era regerere. Un verbo que tiene en su raíz la palabra que dio en castellano gestión, palabreja de ascendencia empresaria y de la que tanto se habla hoy, de la que en nuestro país hacen gala ciertos gobernantes de colores ideológicos muy distintos y que exigen a otros. De esa palabra latina derivó registro pues hace a la buena gestión de la casa (oeconomia) o de la convivencia en común y la cosa pública (res publica) llevar los registros geográficos, historiográficos, legales, senatoriales, edilicios, contables, oraculares, mitológicos, épicos, sapienciales. Por gestión de gobierno no se entendía solamente el buen manejo, ¡y probo, no corrupto!, del erario público, una adecuada asignación presupuestaria para el bienestar de todos de la vida en común, y el registro puntilloso de su contabilidad (como una mirada exclusivamente empresarial o gerencial tiende a imponer en estos días). Tampoco se entendía el mero tomar decisiones gubernamentales en el momento oportuno y sin hesitación, especialmente en épocas de crisis, incertidumbres o turbulencias – fueran ellas riesgosas o no –.

La gestión era para los antiguos una cuestión más compleja, bastante más compleja, y en casos extremos de vida o muerte. Como lo puso Aristóteles, el político no ha de buscar, con cortedad de miras, sólo la ventaja en la coyuntura política inmediata en mera puja por el nudo poder. O para imponer obcecadamente, a cualquier precio, valores y preferencias de una ideología (las principales en la Grecia de su tiempo eran las distintas figuras de los regímenes basados en la democracia y en la oligarquía). El político ha de buscar sobre todo lo conveniente y motivo de celebración para el buen vivir del conjunto de los habitantes en el largo plazo y de ser posible para toda la vida. Así lo expuso en la Ética a Nicómaco.

EL POEMA DEL MUY SABIO 

Quiero ahora presentar una tablilla mesopotámica distinta a la anterior.

Me servirá para añadir algún comentario nuevo sobre la significación cultural de esa creación revolucionaria de la escritura fonética, equivalente a la digitalización actual de los soportes electromagnéticos de la tecnología de la información y comunicación.

La tablilla muestra una caligrafía muy cuidada muy pareja y, aunque nos parezca mentira, a juicio de los expertos en escritura acadia, es muy fácil de leer. Son los restos de una tableta del Poema de Atrahasîs, el Muy Sabio, que hoy posee el Museo Británico. En una nota al final del Poema, en el denominado “colofón”, se indica que fue copiado por el joven escriba Kasap-Aya (o Nur-Aya, pues el primer signo cuneiforme no es unívoco) en el año XII del reinado de Ammi-sadûqa (1646-1626), cuarto sucesor de Hammurabi en Babilonia. No es una traducción de un texto sumerio. Se trata de una obra, en acadio, paleo-babilónica, probablemente del siglo anterior. Bien, hasta aquí ciertos datos mínimos sobre esta tableta que contiene el relato babilónico del Diluvio. Datos todos estos eruditos, que quizás a ninguno de ustedes les interese un rábano. Pero, en fin, son cosas que se dicen o se pueden decir de esas tablillas, de la que los legos podemos decir tan poco.

 

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Poema de Atrahasis (Apografía en Fig. 4 bis)

 

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Fig 4 bis

 

CULTURA FRAGMENTARIA 

Me interesa señalar a su respecto que esta tableta es un fragmento (que además oculta un reverso, también él escrito). El carácter fragmentario de la tablilla remite a lo que falta en ella, a lo ausente. Bien, toda realidad o fenómeno, toda traza o marca cultural, de hecho es un Jano de dos caras: remite por un lado a lo que ha seleccionado contar o dar cuenta y, por otro, a lo que ha dejado de lado o desechado (en casos extremos lo que ha ocultado ex profeso o hecho desaparecer). Por completo que parezca lo que se considera un logro cultural perfecto y acabado, especialmente cuando son textos literarios o sapienciales, o cuando son textos del saber más confiable y valorado, siempre habrá algo que falta en ellos. En realidad, falta prácticamente todo.

Pero esto no es de lamentar. Al contrario. Lo que falta no tiene sólo signo negativo.

Porque aquello que falta en las construcciones de la cultura irremediablemente fragmentarias, siendo un límite, puede ser simultáneamente una posibilidad: puede abrir el horizonte de lo nuevo, de lo distinto, de lo mejor, de lo corregible, de una riqueza y complejidad mayor. En el caso de la tableta que estoy analizando, llevó a buscar las tabletas con las que estaba relacionada, también fragmentarias, y armar con ellas una parte del rompecabezas (como es visible en la figura anterior) de un relato mucho mayor.

Pero, además, cuando se trata de la memoria, su carácter fragmentario, con sus irremediables supresiones, ausencias, silencios, borraduras y lagunas, es una de las condiciones que hacen posible las identificaciones étnicas e histórico-políticas. Los procesos de identificación comportan necesariamente instancias de negación, rechazo, descarte, olvido, desconsideración, indiferencia, ignorancia… Recordemos a Ireneo Funes, el memorioso, que por poseer una memoria total capaz de fundir duración e instante, era capaz de reconstruir un día entero, pero, en el relato de Borges, cada reconstrucción le llevaba a Funes un día entero. Con un inconveniente: siendo incapaz de filtrar, era incapaz de pensar conceptualmente, pues hacerlo implica la capacidad de abstraer, escoger y descartar, la capacidad de filtrar, ignorar y olvidar. Pero no sólo hay que saber olvidar, suspender, jerarquizar, seleccionar para poder pensar, actuar, e incluso vivir. También lo es para identificarse con la figura deseable y étnicamente exigida, o con la figura histórico-política impuesta para la pertenencia plena a una nacionalidad, a una asociación, a una institución social, etc..

Ahora bien, si toda cultura (y, añado, toda identificación) es fragmentaria, también por eso mismo es, en cierto sentido, rudimentaria. Y lo seguirá siendo aunque aunemos en ella todos los aspectos más perfectos, sofisticados y ultra-elaborados del último esplendor de las culturas que fuera posible integrar en un paradigma coherente.

Baste por hoy…

Poema de Gilgamesh
Poema de Gilgamesh

 

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*Romeo César es Doctor en Antropología por la Universidad de Sevilla y Licenciado en Filosofía. Ejerció la docencia universitaria (en Buenos Aires, UBA y Universidad del Salvador), en los Estados Unidos (Washington State, como Profesor Visitante en dos oportunidades) y en la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco.

Fue becario de la Fundación Tinker para realizar estudios de especialización en temas educativos en Nueva York, y Fellow Resident de la Fundación Rockefeller de Estudios y Conferencias (Italia). En dicho Centro investigó cuestiones relativas al carnaval italiano, en especial, máscaras del norte de ese país.

Es autor de numerosos libros y publicaciones.  

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