Historias de guerra

* Por Silvia Araújo

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Nada  le es indiferente al escritor Martín Kohan para leer la argentinidad en clave bélica: cartas, diarios, partes de guerras, canciones patrias, memorias, debates parlamentarios, obras literarias, reportajes, etc.  conforman el heterogéneo y, a la vez, original corpus de análisis, en el que incluso dedica un capítulo, “El juego de la guerra”, a examinar el clásico T.E.G. (Táctica y Estrategia de la Guerra).

“Supongamos entonces que sí, que fue así: que en el comienzo fue la guerra. Vamos a darles en esto la razón a ellos, a los otros, a los que sabemos que no tienen razón. Vamos a suponer que es verdad esa premisa tantas veces esgrimida, siempre para mal  de que la prestigiosa  empresa de la fundación de la nación le ha tocado ni más ni menos que al ejército (…) Vamos a suponer entonces que sí,  que en efecto fue así, que en el comienzo fue la guerra. Y si se trata de un mito de origen, como en efecto se trata, indagar en su verdad de hecho es menos pertinente, a la vez que menos interesante, que indagar en su eficacia” (Pág. 21) propone Kohan, como un pacto con el lector, al comienzo de su ensayo.  

De esta manera, proyecta  un arco de lecturas que van desde la invasión de los ingleses en 1806-1807 a la invasión a los ingleses, esto es la invasión a las islas Malvinas en 1982, para descomponer y hacer astillas el relato hegemónico nacional.

Ese gran relato comienza con Bartolomé Mitre, con la forma en que Mitre erigió, de una vez y para siempre, dos monumentos, dos próceres de la argentinidad: Belgrano y San Martín. Sin embargo, esa historia, monumental, integral y heroica en la que la guerra es el factor determinante, tanto en Historia de Belgrano y de la independencia argentina como Historia de San Martín y de la emancipación sudamericana, encuentran su correlato y su impugnación en Alberdi. En este sentido, Kohan afirma:

Alberdi parece haber detectado cada uno de los puntos de apoyo del relato histórico de Mitre (…)  y el nudo principal que percibe y ataca (…) es ni más ni menos que el de la guerra. “La guerra entra de tal modo en la complexión y contextura de la sociedad actual que para suprimir la guerra sería preciso refundir la actual sociedad desde los cimientos”. Y extiende esa consideración al plano de la literatura: “Toda la poesía es de guerra, toda la literatura argentina es la expresión de su historia militar”. Por lo tanto, concluye, en lo que a la literatura argentina respecta, que la poesía necesita un Cervantes de la América del Sud para purgarla, por la risa de la razón de Quijotes y de Sanchos, que lejos de crear libertad a fuerza de violencia, es decir, por la tiranía de la espada no hace más que precipitar esa parte del mundo en la barbarie” Alberdi reclama un Cervantes, Alberdi reclama parodia (Pág. 29-30)

Esta exigencia perentoria de Alberdi encontrará eco, mucho tiempo después, más de un siglo después, en el modo en que la literatura construya su propia versión de lo que fue la única, de las tantas guerras que poblaron el siglo XX, de la que Argentina formó parte: la guerra de Malvinas. Así, parodia, sátira, farsa y picaresca, serán los tonos y las modulaciones elegidas para registrar ese acontecimiento, que expondrá y opondrá, a la versión del  discurso oficial de la gesta histórica, su propia versión: la de la irrelevancia sobre la soberanía de las islas. En el capítulo “La guerra de Malvinas: contrarrelatos”, Kohan pasa revista por: “Impresiones de un natural nacionalista” de Daniel Guebel, Kelper de Raúl Vieytes, 2022. La guerra del gallo de Juan Guinot, “La causa justa” de Lamborghini, Historia argentina de Rodrigo Fresán, El desertor de Marcelo Eckhardt, “Memorándum Almazán” de Juan Forn, A sus plantas rendido un león de Osvaldo Soriano, Las islas de Carlos Gamerro, Una puta mierda de Patricio Pron, Trasfondo de Patricia Ratto (a quien le dedica un capítulo entero titulado “Un cuento de fantasma”), y, obviamente, el padre de toda la serie: Los pichiciegos de Rodolfo Fogwill. Ese monumento de la literatura que funda el principio constructivo sobre el que se apoyarán, de una u otra manera, todas las ficciones sobre Malvinas basado en la fuga, la deserción, la sustracción de la guerra, más que en el relato de la guerra misma. Ese mismo núcleo narrativo es detectado por Kohan en otro gran texto fundante de la identidad nacional, el Martín Fierro,cuyo protagonista, lejos de la ejemplaridad heroica que le adjudicó Lugones, es menos un héroe que un soldado devenido desertor, como bien observó Jorge Luis Borges en su momento:

“La negligencia en la preparación militar, la deficiencia en el suministro de armas y sostén, la crueldad indebida de los superiores del propio ejército, la verdad fehaciente de una guerra que, de esa forma y en estos términos, no va a ser posible ganar, se suman hasta justificar en el poema de José Hernández la deserción del combatiente abrumado. Pasarán más de cien años para que, a propósito de otra guerra, la de Malvinas, otros textos de la literatura argentina dispongan una trama semejante”  (Pág. 132-133)

A la imposibilidad de hacer de Malvinas una gesta heroica, no por derrota porque las capitulaciones también pueden erigir héroes, Kohan advierte un deslizamiento de esa función a otro campo: el deporte. Allí está el fútbol como una fuente inagotable  para procurarle héroes a la nación y quién si no Maradona será el que encarne de manera cabal esta disposición:

“La épica nacional ha encontrado en él lo que ninguna guerra (y menos que ninguna, concretamente la de Malvinas) parece ser capaz de proporcionar en la actualidad. Las diversas necesidades del orgullo patriótico argentino (incluso la más ambiciosa y difícil: derrotar a los ingleses) encuentran su satisfacción por medio de la épica deportiva y gracias a los héroes del deporte. La guerra, en ese rubro, ha perdido su eficacia” (Pág. 199)

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Quizás, lo más interesante de El país de la guerra no sea aquello que su autor afirma, postula o manifiesta, sino lo que se pregunta y la eficacia de sus interrogaciones para desandar la historia argentina en clave de guerra. Así, en el capítulo dedicado al Che Guevara se pregunta: “¿Cómo logran conciliarse, en definitiva, esta versión de la nación sin guerras  con la figura cristalizada en guerrillero heroico argentino?” (Pág. 200) y analiza el pasaje de los diarios de motocicleta a los diarios de guerra. O en el capítulo dedicado a Videla, texto leído en el último Congreso Nacional de Literatura Argentina y que no pocas controversias causó, partiendo del presupuesto, respecto del pasado “reciente” argentino, “que no se libra una lucha de memoria contra olvido, sino una lucha  entre diversas memorias en conflicto”, la pregunta que se impone: “Dado que lo que cuenta Videla es guerra ¿qué clase de guerra cuenta?” (Pág. 253)

Kohan lee huellas, encuentra indicios, se interroga, interpreta y, al mismo tiempo narra, cuenta una historia o cuenta muchas: la de San Martín, la del general Paz, la de Garmendia, la del Che Guevara, la de Walsh, la de Omar Carrasco, etc. sin rehuir a la teoría que se encuentra presente en los epígrafes que inauguran cada uno de los capítulos. Más de ciento setenta citas bibliográficas colocadas estratégicamente al inicio de cada texto, entre los que constan: Carl Von Clausewitz, Georges Bataille, Michel Foucault, Jacques Ranciére, Alain Badiou, Raymond Williams, Dardo Scavino, Ezequiel Martínez Estrada, Michel Serres, Norberto Bobbio, Gilles Deleuze, Felix Guattari, André Glucksman, Jean Baudrillard, Sun Tzu, Nicolás Maquiavelo, Slavoj Žižek,  Paul Virilio, Carl Schmitt, Walter Benjamin, Mao Tse Tung, Hanna Arendt, León Trotsky, Michael Hardt, Antonio Negri, Susan Sontag, entre otros, forman el aparato teórico que sostiene la estructura argumentativa del libro.  Asentados  como paratextos al inicio de cada capítulo sustentan e iluminan la narración posterior, sin agobiar al lector con referencias bibliográficas, pero sin renunciar a un posicionamiento teórico sólido.

Leer El país de la guerra es releer la historia argentina en otra clave, es leer desviado, a contrapelo, construyendo al mismo tiempo un objeto nuevo hecho de retazos de cartas, de memorias, de diarios, de poemas, de novelas, de partes de guerras, poniendo el foco en lo inusitado, en el detalle casi imperceptible para “poder extraer el jugo de lo que se lee” según la premisa de Josefina Ludmer, cuyo nombre aparece en la dedicatoria y para quien este libro es el homenaje de quien fuese, quizás, su más conspicuo discípulo.

 

Otros textos de Martín Kohan para #ND:

“Muero contento”, “Sobre el olvido” “La sinrazón”

*Silvia Araújo es Profesora de Letras en la UNPSJB y Especialista en Literatura Latinoamericana por la UNILA – Brasil. Se desempeña como docente en la cátedra Literatura Argentina II y es co-editora de #ND

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