La otra vida de las telas

Por Celina Salvatierra*

Clima seco comodorense. Más de 30 grados. Es martes. Pero podría ser jueves o cualquier otro día de semana, tranquilamente. En un taller de calle Urquiza un grupo de mujeres avanza en la tarea. Desde fuera no se logra entrar en detalles: una mesa, gente, máquinas. Pero todo ocurre dentro. Allí, la misión del grupo es aprender a medir, cortar a la perfección -o acercándosele- coser, combinar formas y colores, pensar en un diseño en el que predominarán las formas geométricas. Técnicas y estrategias del mundo patchwork. Aquello que llaman “un camino de ida”, o quizá la otra vida de las telas. De cerca, esa práctica que es una de las posibilidades para pasar el tiempo en una tarde de calor comodorense, tiene otras aristas, otros ángulos, otras variantes.

Mientras tanto, allá afuera, hay una vuelta, un volver a las técnicas de otro tiempo: ocurre con el patchwork, que ya produce a escala de diseño muebles que resultan inconfundibles, pero también le pasa al crochet que, en otros países, es tanto tendencia en decoración como forma de expresión de arte urbano o incluso de protesta, contra el lugar que se asigna a las mujeres y al sentido más básico de los quehaceres manuales.

Si bien en el local-taller, Punto Zig Zag, de Urquiza 727, el principal interés es dar las herramientas básicas e iniciales y después acompañamiento en la búsqueda de nuevos sentidos para estas prácticas, lo que queda claro es que, nadie se quedará sin frutos de su trabajo, aunque haya que descoser más o menos puntadas.

Tamara Grigera, es la responsable de Punto Zig Zag, y su socia, Gabriela Rodríguez, es la profesora de patchwork. Lo que puede leerse como el inicio de la amistad es una escena que se repite cada vez, con otras personas que llegan al local, y que pareciera ser una de las principales herramientas de difusión de este tipo de espacios. El contacto cara a cara, la curiosidad que despierta esa otra vida de las telas. Gabriela, quien ya cosía, se acercó al local para hacer una compra y vio una pieza de patchwork. Llena de curiosidad, entonces, preguntó.

G- Para mí la tela es algo de toda la vida. Yo hacía costura y confección de mayas deportivas. Vine buscando una máquina para hacer mejor la terminación de mis trabajos y vi que había unas pequeñas muestritas de patchwork, y me dice Tamara: “lo de patchwork todavía no podemos dar”, pero yo le dije que sabía (hacer) y me saltó a la yugular. Me dice ¿de verdad?. Desde entonces somos socias, amigas, nos llevamos muy bien. Tenemos esta pasión en común. Yo hago esto desde siempre como hobbie, por gusto.

Gabriela Rodríguez dice además que aprendió hace unos años, y explica que a la vuelta de su casa había una modista que a su vez tenía una amiga, -una señora mayor que hacía patchwork- y que ella le enseñó algunas técnicas básicas.

G-Después estaba la colección Cómo hacer, (hace mil años) y yo tengo uno de los libros que se llama “Trabajos con recortes de tela”. Después ya con Internet fue otra cosa, claro, pero desde entonces, yo me interesaba.

T- Yo en cambio, cuando tenía 10 años recibí de regalo una revista sobre patchwork y quedé enamorada. Era una revista Europea, me acuerdo.

Ambas explicaron que Internet es fundamental como herramienta de exploración: pueden encontrarse datos para saber lo indispensable pero también información sobre técnicas no tan desarrolladas. Mientras las socias de Punto Zig Zag dialogan con DOM, el grupo de mujeres hace bromas, escucha las preguntas y las responde. De fondo se escuchan frases en complicidad. En las paredes, están colgados trabajos iniciales y otros más complejos y premiados, (las piezas de patchwork se suelen encontrar como patchwork quilts).

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Si lo veo, lo quiero

Lo que le pasó a Gabriela es, de acuerdo a los testimonios de las mujeres reunidas esa tarde, lo que le pasa a muchas: el taller desde hace cinco años vende máquinas y accesorios para coser, diseñar y bordar, entre otras cosas. Quienes suelen ir, en busca de elementos para coser-bordar-tejer, ven algún trabajo y se tientan. Entonces, preguntan. En virtud de esa demanda, hace tres años se pusieron en funcionamiento los cursos de patchwork. Gabriela enseña en dos tipos de cursos: inicial y libre, y Tamara asiste técnicamente a quienes concurren para que puedan sacar todo el jugo y dominar al máximo las máquinas de coser.

T-En el patchwork no hay limitaciones. Podés hacer agarraderas, bolsas, fundas para almohadas, centros de mesa, tapices. Sirve para vestir de un modo distinto nuestra casa, para estar acorde a una época, todo. Si bien hay que decir que cuando se empieza hay que empezar con algo pequeño, claro. Por ejemplo, el técnico del taller se hizo una corbata y la utilizó para el casamiento de su hijo.

(El técnico es Eduardo Grigera, papá de Tamara, quien invitó a DOM a ver las corbatas que pide que le confeccionen: son con hilos multicolor, se salen claramente de lo convencional).

G- El patchwork, como la mayoría de las cosas del ser humano, nace de una necesidad. Que lo que se haga sea bello, que esté lindo, que quede bien. En este caso hablamos de la necesidad de cubrirse y reparar. Con esta técnica se arreglan los tapizados, pero también lo que se hace es remendar una prenda. Y si queda bien, mejor.

Citando a Gabriela, el patchwork es “pura geometría”. Se apoya en cuadrados, rectángulos, triángulos, círculos. Según relata, hubo primero en Europa y luego en EEUU -donde se desarrolló más- con la ida de los colonos. De acuerdo a lo que ha investigado, en Estados Unidos hay museos que exhiben colchas de la Guerra Civil y que están hechos con estas técnicas. Como se puede suponer, las primeras mantas fueron rudimentarias y con el paso del tiempo y la irrupción de las máquinas de coser, las técnicas se multiplicaron, acortaron las horas de trabajo y muchas veces lo simplificaron.

Con esa misma mediación tecnológica, las formas de expresión también cambiaron y se extendieron: ahora el arte textil, que no es tan utilitario, incorporó telas, también sumó hilados (como en la corbata de Eduardo), lana, otras texturas. Así fue cómo, con esta última variante artística, que Tamara Grigera y Gabriela Rodríguez ganaron el primero y segundo premios del festival nacional Buenos Aires Patch&Quilt que se realizó en capital.

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Premiadas en el festival

Todo empezó con una figura. El hexágono. Seis lados y seis vértices. A Tamara se le ocurrió que podía hacer una obra con pequeños hexágonos de papel forrados en tela. No obstante, -según cuenta- en ese momento, no visualizó el final del proceso, que finalmente duró un año. Para ese diseño, dedicado a su hermana Penélope, hizo dos mil hexágonos forrados en tela teñida a mano. Si, Ud leyó bien. Dos mil.

T- Tuve que viajar con mi hermana por cuestiones de salud y estuve tres meses en Buenos Aires. Entonces se me ocurrieron los hexágonos de papel forrados que luego se unian a mano. Eso es porque por ahí se arranca con una idea, pero no se sabe cómo va a terminar. Debo decir que, no se usaron los 2 mil hexágonos: elegí cuáles iba a utilizar para lograr degradé. Igualmente, no me dediqué un año entero todos los días sino que en varios meses lo dejé, mientras me concentraba en cómo generar colores.

Silencio. La misma Tamara dirá en otro momento de la charla, que la tenacidad y el arte del patchwork japonés sobre seda, es admirable. Pero al ver el paisaje de cielos azules y campos en degradé, pareciera que en Argentina tampoco tendríamos tanto que envidiarles.

El segundo premio del festival fue la obra de Gabriela. Es el rostro y la estampa de Elvis Presley, en el que los tiempos de elaboración fueron otros, porque al parecer, lo que más ocupó el tiempo de su realizadora fue la idea en sí misma en conjunción con la selección de una técnica.

G- Elvis llevó un mes y medio y está hecho de apliques de tela hechos a máquina (teniendo en cuenta que el patchwork demanda siempre tres capas, una de arriba, una de relleno y una de fondo). Lo artístico nace desde siempre, el color, el dibujo, la expresión, es desde siempre. En esto se juntan ambas pasiones, lo artístico con la técnica, color y tela. Que a veces es, básicamente, explorar.

Entre ambos trabajos hubo sólo una diferencia de cuatro votos, ya que el público era el que elegía entre 15 piezas en competencia. Entre las concursantes hubo instructoras reconocidas incluso de fama internacional. No obstante, los patchwork quilts no tenían el nombre de quienes los habían realizado. Los premios fueron: una máquina de coser, telas, herramientas, elementos afines para seguir haciendo otros trabajos en el momento de ser elegidos. Lo mejor de todo: la distinción de dos piezas del sur. Aunque, como señalan las concursantes ganadoras, el desafío es que el festival (que se hizo por primera vez en 2012 y por segunda en noviembre de 2014) siga profesionalizándose.

G- En Chile, Brasil y Uruguay también hay competencia y se hace una vez al año. Pero nuestro concurso no tenía condiciones, era libre. No obstante, hay otros que proponen técnicas o temas, y que tienen jurados que son expertos.

En sus dos ediciones, la competencia estuvo organizada por Mercedes Nolla, una referente del área, ya como una iniciativa personal, teniendo como objeto reunir a personas que hacen esta actividad en Argentina.

G- Ella organizó todo y tuvo la participación de las maquineras más importantes de Argentina que son Brother, Janome y Bernina. Marcas-fábricas. Dentro de las máquinas hay líneas específicas que tienen ciertas características que ayudan. También hubo personas que montaron stands, herramientas, productos, telas. Esto es nuevo. En dos días fueron 800 personas que estaban muy interesadas.

***

Supongamos entonces, que usted se contagia. Que al googlear “patchwork” lee que es “una técnica decorativa que consiste en unir pequeños retales de tela de diferentes colores y tamaños para componer un dibujo” y que después de ver algunas imágenes que abundan en la red, esto le despierta la misma curiosidad que a otras personas. O digamos que quizá, su acercamiento es otro, que asistió a la expo de Punto Zig Zag, a mediados de diciembre en el Centro Cultural, o que estuvo en el local de calle Urquiza, y que vivió la misma interpelación que hicieron a otros visitantes las obras terminadas. Especulemos con que, por alguno de estos motivos, usted quedó bajo el embrujo. Lo que queda entonces es animarse. Porque las piezas comercializadas por lo general se consiguen a cambio de precios considerables y porque lo hecho a mano, o hecho de manera personalizada tiene aura, el sabor de lo único e irrepetible. Le toca entonces dar los primeros pasos. En este punto, según se dijo, radica la importancia de hacer contacto con personas que puedan asistirlo. Además, la guía de una profesora es igual a contar con “una opinión sincera”, que ayuda sustancialmente a mejorar el producto. Luego, ya en el ruedo, el problema que podría surgir podría ser el de conseguir telas estampadas 100 por ciento algodón, que son las más utilizadas, de acuerdo a lo que se explicó en el taller, debido a la situación de Argentina y las conocidas dificultades para lograr diversidad de importaciones. En ese sentido, Punto Zig Zag recibe algunas telas que permiten confeccionar con más variedad, como también los demás materiales que se necesitan: planchas de corte, cúters, máquinas. Pero, a pesar de la importancia de todo lo detallado antes, el clima de trabajo y camaradería del taller también es, sin duda, un estímulo clave.

G- En patchwork se usan telas de algodón estampado. Lo único de algodón que se produce en Argentina es lienzo brin, que es liso. Nosotras usamos americanas, (tenemos alguien que nos trae) y Brasil tiene producción de telas, pero son más caras que traerlas desde EEUU.

A pesar de esa dificultad, estos trabajos manuales se ponen de moda (en Internet brillan diseños con telas lisas también, aunque el estampado se vincula más al patchwork tradicional). En consecuencia, y ante este auge, en el taller se busca además volverse un centro en el que se puedan desarrollar más actividades sin depender de Buenos Aires.

G- Comodoro está en Patagonia central y nosotros queremos hacer red con otros que hacen pachword en Ushuaia, Río Gallegos, etcétera. Inclusive hay un facebook que se llama “Cosemos juntas”, donde se suben tutoriales, con seguimiento, para la que no puede acceder a un lugar como éste. Lo que sí, es cierto que si una se da idea puede hacer algo, pero los cursos permiten aprender a trabajar con pulgadas, a manejar el cuter, a hacer los cortes.

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La maquinaria del coser

Tamara Grigera, es técnica electrónica, emprendedora, y a la vez hacedora de patchwork, ya premiada. Esa combinación le permite desarrollar dos lados de una misma moneda. Ante esto su labor es asesorar a las asistentes en relación con las posibilidades que dan las máquinas de coser actuales. No obstante, asegura, “se puede hacer confección con cualquier tipo de máquina”. Según Tamara, alcanza con manejar “una costura recta y un zig zag”.

T- Hablo de la parte de arriba. Lo que tienen las máquinas como estas es que tienen más arrastre para unir tela elaborada, guata (filamentos de algodón de relleno) y otra tela de abajo. Las máquinas electrónicas permiten hacer más motivos y dibujos, no tienen pedal, tienen doble arrastre y se puede hacer un sándwich y no se deforma la parte de abajo. Siempre hablamos de tres capas, en el patchwork.

Además de enseñar a utilizar las máquinas y de asistir a las asistentes, Tamara propone el uso de accesorios y de acuerdo a lo que explica, su “rubro” tiene que ver con conocer todo nuevo mecanismo que aparezca en el mercado y poder transmitir sus ventajas o desventajas. Su oficio, que, es vital, si se piensa en términos de la Wikipedia, que afirma que toda máquina de coser ha sido “muy útil para el desarrollo humano”, viene de la infancia, porque ella recuerda haber estado entre máquinas industriales, junto a su familia. Ese contacto grupal, con “rectas” y “overlock”, dejaron huella , y años después, le ofrecieron ser representante de marcas.

T- Si bien nosotros ponemos a disposición las máquinas, nunca decimos que dejen de usar las más viejas. Pero por ejemplo, para coser una colcha hay que tomar una decisión de usar también una máquina de éstas que nos permiten por ejemplo, escribir letras. Lo que permite lo digital, por ejemplo, es que la máquina no tiene un pedal. Y sólo hay que dirigir la tela con las manos. La máquina puede tomar una letra como puntada y no tiene nada que ver con un sistema electrónico pesado. Además, la máquina clásica tiene un ancho de 5 milímetros y estas máquinas de 7, lo que permite que la puntada se luzca más.

Generalmente, para empezar, se recomienda tener una máquina aunque sea prestada y se puede sacar un turno en el taller para aprender a usarla. Enhebrado, accesorios, y manejo. Por otro lado, quienes la compran, obtienen un curso gratis y mantenimiento básico.

¿Porqué vienen?

Durante el año se hacen dos talleres de nivel inicial, de marzo a junio, y de agosto a noviembre. También se ofrece un taller libre, pensado para quienes ya pasaron por el nivel inicial. Este último, es para aquellas personas que ya se lanzan a hacer diseños propios u otros que les gusten. En la semana, se hacen cinco encuentros, con un promedio de ocho personas cada uno.

DOM pasó por el taller entre la ida de un grupo (libre) y la llegada de otro (inicial). En una tarde de calor, se refugiaron en las charlas y las labores de patchwork Cecilia Reynoso, Sonia Birkhofer, Aida de Ordey, Natalia Brandón y Norma Ariet. Se sumaron después, Elena Hernández, Mabel Zúniga e Isnelda Barría.

G- Lo primero que se aprende es la técnica del corte. Se utiliza un cúter circular que corta la tela a la perfección. También usamos una regla desarrollada en pulgadas. Una pulgada son 2.54 centimetros. Lo bueno: el primer día ya se llevan su primer bloque terminado. Porque aprender a cortar lleva tiempo. Acá en el taller aprendemos más de técnica precisa. Se corta de abajo hacia arriba, con escuadra. Se enseña cómo, y después las chicas practican en sus casas. Esto es porque en el patchwork, hay una cuestión de exactitud y precisión indispensable. El prensatela tiene un cuarto de pulgada. Yo puedo cortar de a un cuadrado, de a cuatro, cinco o diez. Se puede cortar con tela apilada, en capas, si el cúter lo permite. Y después, ya hay técnicas de costura. También se pueden hacer círculos, con técnicas de costura curva, con molde y sin molde, con regla y sin regla.

Como se indicó, para trabajar mayormente la tela se prefiere algodón. Esto tiene que ver con que otras texturas pueden deformarse al plancharlas, o modificarse. No obstante, una vez que hay cierta experticia, “todo se puede hacer”, de acuerdo a lo que afirma Gabriela. Mientras la profesora detalla el procedimiento, Tamara escucha atenta y agrega que, en el nivel inicial se busca trabajar con piezas más pequeñas, de ahí que se estructura un acolchado de 12 bloques que se logra en 4 meses, siempre y cuando la asistencia se cumpla una vez por semana.

T- Se aprende, corte, confección, armado de cada bloque, cada técnica. Lo que se llama el acolchado en línea recta, un bies en forma casera. Pero también puede reducirse, a tapiz, a centro de mesa. Al cabo de un mes, pueden salir cosiendo y cortando, el tiempo da precisión, más técnicas, y la misma práctica, permite abrir las posibilidades para no quedarse sólo con lo básico.

DOM. -¿Y qué es lo que más llama la atención en la pieza terminada?

T- El color. El dibujo. La experiencia visual.

A continuación, Sonia Birkhofer, alumna del taller “libre”, muestra su propio trabajo: escribió una frase que es el gran atractivo de un tapiz en el que se lee: “La vida es corta, rompe reglas. Perdona rápido, besa lento, ama de verdad, ríete sin control y nunca dejes de sonreir por más raro que sea el motivo. Puede que la vida no sea la fiesta que esperábamos, pero mientras estemos aquí. Bailemos!”.

Luego, la misma alumna comenta: “esto es terapéutico y más barato que el psicólogo. Te hacés de un grupo de amigas, compañeras y la pasás bien”.

DOM ¿Y cómo es la relación profesora-alumna?

S- Al principio la odiás, te hace combinar los ángulos y vértices. Y ella te dice: ¿porqué no desarmás un poquito este? A mi me pasó con una estrella, yo dije, ¡no la hago nunca más! y después me pasó que ya pude hacer todo un acolchado con esa estrella.

Otra asistente escucha desde el otro lado de la mesa. Entonces interviene: “a mi me revisó un trabajo y me dijo: No tiene 12 y medio. No tiene, en algo le erramos, en el corte o costura… a ver? Hay que ser exacta”.

Entonces Gabriela se defiende.

G- Esto no es una tortura. Como clase se estructura una figura. Hay que estructurar para que ellas se aproximen y manejen técnicas. Todo para que el trabajo salga bien. La expresión artística tiene que tener una técnica detrás que sea precisa.

S- Tiene la salvedad de que lo deja a tu criterio, claro, y si una que tiene un poquito de amor propio, lo hace de nuevo. (Risas de todas)

G-Si soy honesta conmigo misma, yo tengo que decir lo que pienso. Si les falta algo, se los digo.

Luego llega Isnelda, la amante del color. Escucha la conversación e interviene:

I- con el tiempo, son cosas que dan satisfacción. Empezás a llenar a toda la familia con cosas. Hacés para todo. Alguna que otra para vender y comprar más telas. Porque, como dicen, es un camino de ida. Te volvés adicta a las telas.

Entre todas, cuentan que el problema de la llegada de lienzos estampados de importación también tiene otra posible solución: se pueden reciclar. Entonces, a las telas, se les puede dar una segunda vida. Porque al parecer el arte del pachtwork implica siempre estar dispuesta a armar y desarmar, a descoser para reparar. Y el secreto, como se comparte, es empezar por algo viable, preferentemente de tamaño acotado para después buscar otros desafíos. Quizá de ahí, lo terapéutico del caso.

G-“Para que no genere frustración, porque si se va a arrancar como algo como lo que hizo Tamara, es complicado”. (Risas).

S- Y si sos buena alumna llevás la carpetita a todos lados…

Mientras se produce la conversación, se escuchan otras.

-Está gruesa la capa, sacale un pelín de guata- dice la profesora.

-Ah ok- le responden.

DOM- Entonces, ¿llegamos a un acuerdo?. ¿Lo que llama la atención en el patchwork es la técnica que posibilita el contraste de color?.

G-Pero también el gusto. Si a vos te gusta, te encanta, está bien. Hay teoría del color, claro, pero también de ahí a que el gusto indique que hay que respetarlo, es otra cosa. Hay gente como Nelda que nos va a mostrar su trabajo, porque al color a ella la invade.

Nelda (apodo) despliega su colcha con rojo, verde, amarillo y negro para deslumbre de todas, sobre la mesa.

G-Mirá, hablando del color! No se puede creer, Nelda es color. Y eso se respeta absolutamente. Nosotros hacemos una propuesta y cada una trae su historia. Entonces cada trabajo aunque se parte de una misma idea es diferente. Este es Nelda.

N-Estos son mis primeros trabajos. El ejercicio hecho a mi estilo. Cada una se expresa, hay dos cosas, técnica y gusto… Yo creí que no lo iba a lograr, siempre cosí pero nunca hice esos trabajos de armar y desarmar. Y pensé que no iba a llegar a terminar el ciclo, ahora estoy enganchada y vendré el año que viene. Si bien yo siempre cosí, para venir lo pensé bastante, no creía que fueran a salirme los trabajos.

Se explica que, por lo general quienes dejan de ir al taller sufren alguna circunstancia familiar, laboral o no pueden seguir viniendo por cuestiones de distancias, aunque hubo y hay alumnas que llegan, cada vez, desde Las Grutas (para ellas se pueden organizar talleres intensivos de un mes), otras desde El Hoyo, Pico Truncado, de Las Heras, Caleta Olivia, siendo Río Grande el único lugar más al sur donde se enseña, pero en un ámbito más “casero”.

Finalmente, la labor sigue y se transmite una idea: patchwork es planificar, cortar, coser. Mientras más preciso sea el corte es mejor. Mientras más exacta sea la costura, todavía mejor. Porque, como se dijo, la costura recta es algo muy necesario que hay que dominar, de lo contrario, tocará asumir que habrá que descoser más seguido. Hacer y volver a hacer con dedicación. Lo ideal: ir de a poco, pero sin dejar de considerar que nada es imposible.

*Para la revista DOM

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